"El espejo multiplicador" y "Gato escondido"

Dos cuentos

En exclusiva

José Lorenzo Fuentes

El espejo multiplicador

 

Diosdado Paredes viajaba en un vagón de tercera clase rumbo a La Habana cuando se quedó dormido y  tuvo una pesadilla tan real que era como si las imágenes de una buena parte de su vida anterior desfilaran otra vez delante de sus ojos. Sin embargo, existía una gran diferencia  entre la pesadilla y lo visto en un tiempo remoto, puesto que en la pesadilla y no en la vida real, las cosas se reflejaban, a un tiempo, dos veces en el mismo espejo, es decir cada Diosdado tenía dos rostros y cada rostro dos bocas y cada dos ojos, cuatro ojos.

Dentro de la pesadilla él conservaba la certeza de que eso no podía ser cierto. Apoyó la espalda en su asiento dentro del tren, hizo un esfuerzo para aflojar los músculos, todos, y  de un modo especial los del tórax que se le trenzaban alrededor del corazón hasta provocarle dolor, y tras un largo suspiro se doblegó a la idea salvadora de que todas las crispaciones de su cuerpo se derretían y caían sin hacer ruido al piso del vagón. Mientras uno de los dos rostros persistía en el espejo, afeitándose, con la espuma del jabón en las partes aún no rasuradas de las mejillas, el otro rostro, asediado por un rival que intentaba matarlo se echó a reír para simular que no se había acobardado.

Era un jueves l3 de abril, dos y media de la tarde, también la misma fecha y hora, pero cuatro años antes, la memorable fecha en  que llevó a la cama a la mujer de su mejor amigo. Nunca había pretendido enamorarla, ya se sabe por qué, acaso por el temor a las consecuencias que acarrea un adulterio, y eso que ella le gustaba hasta la desesperación, cómo no. Pero se dio cuenta que  no hubiera tenido la necesidad de enamorarla cuando en un descuido los dos se besaron casi sin saber que se besaban, y aturdidos por el hallazgo de tanta pasión reprimida durante largos años, abandonaron la penumbra de la sala de cine, adonde habían acudido juntos para ver una película con gritos de karate o de judo, ni él ni ella le  encontraban alguna  diferencia, si es que a ciencia cierta la había, y sin pensarlo dos veces salieron a la calle en busca de un lugar donde pudieran extinguir las urgencias desatadas de pronto en sus cuerpos respectivos. Habían entrado al cine con la inocencia a flor de piel, como dos buenos amigos, ignorando que una pasión que no ocupaba espacio antes en sus vidas se abría paso, sin previo aviso, para urdir otra variante en la trama prevista.

El otro 13 de abril, cuatro años más tarde, el esposo burlado lo estaba esperando  para darle muerte. Había necesitado de todo ese tiempo hasta enterarse, de modo que la exasperante longitud del engaño computado en meses, semanas, días y horas durante los cuales nadie, salvo él, ninguno de sus amigos y convecinos lo ignoraba, ahora, de repente se posesionaba de su rabia desesperada para comunicarle que Raquel y Diosdado habían estado desde cuándo multiplicando nalgas y vientres en el espejo que, para incrementar la lujuria, cubría casi todo el techo de una habitación en la posada de otras tantas veces.

Terminó de afeitarse en el otro espejo, el de la pesadilla, y calculó que el otro  Diosdado iba a morir antes de que él acudiera a prevenirlo, algo que tampoco lamentaba. Sintió el placer insano de no haberlo alertado, pues mientras se afeitaba mirándose directo a los ojos en el espejo reconoció que él había estado amando a Raquel desde mucho atrás, sin que el Diosdado que la había seducido alcanzara a sospecharlo. Cuando vio que Esteban Lozano, el marido iracundo, depositaba una pistola en el bolsillo trasero de su pantalón en lugar de espanto experimentó la sucia idea de que, gracias a la furia del otro, iba a deshacerse de su rival. En consecuencia, lo dejó actuar. Lo dejó tomar todas las providencias para hacer cada vez más creíble la coartada, lo dejó abordar un autobús, descender en la tercera ocasión en la que el vehículo se detuvo para deshacerse de algunos pasajeros, lo dejó encender un cigarrillo de pie en la acera, lo dejó fumar ávidamente todo el tiempo que duró el cigarrillo, lo dejó caminar varias cuadras ociosas y finalmente diluirse en un pasillo casi en penumbras con la pistola en el bolsillo trasero del pantalón, lo dejó extraerla cuando sintió los pasos de Diosdado que se aproximaba ajeno a lo que iba a suceder y no sucedió porque el otro Diosdado, el que se afeitaba en el espejo, creyó oír dentro de su sueño el chirrido de las ruedas de una locomotora tratando de frenar, y despertó sobresaltado. Ya en el vagón los pasajeros se ponían de pie, miraban por las ventanillas para saber si alguien había acudido a recibirlos y recogían sus bártulos porque el viaje había concluido y el tren acababa de ingresar en la estación ferroviaria de La Habana.