El último día del estornino

Fragmento de la novela homónima

Gerardo Fernández Fe

El último día del estornino

(Fragmento)

 

El padre de Mariana había nacido en 1950, una fecha que a ella le parecía más que remota, inimaginable. Para 1967 era un joven de cutis y carácter irritado, de pantalón ceñido y piernas como patas de un caballo estevado, al que constantemente le llamaban la atención en la imprenta donde trabajaba por su tendencia a llevar la melena más abajo de la nuca y por sus palabras las más de las veces desmedidas. Era aquella época —que hasta el último día en que lo viera en el aeropuerto de La Habana su padre no se cansaba de evocar— la de sus tertulias vespertinas en el cafetín de la terraza izquierda del Hotel Capri los sábados o los días de la semana en que en la imprenta de la calle Infanta la producción de pancartas se detenía o se sobrecumplía al exceso y a los empleados los liberaban antes de la hora indicada; el mismo lugar donde Porfirio, un dependiente con aires de donjuán de película mexicana, escuchaba paciente las disertaciones de Espino, aspirante a baterista, a pintor y a tantas otras cosas más, o las que sobre ajedrez ejecutaba, vehemente, el maestro Benjamín Ferrera entre sorbo y sorbo de cualquier licor; encuentros que terminaban redondeándose, ya avanzada la noche, en el parquecito triangular que quedaba enfrente de la funeraria de Calzada y K. Allí se reunía lo más díscolo de la ciudad, los escritores, los diletantes, los merodeadores, los aburridos de la grisura, los indiferentes a la cumbancha, al carnaval que discurría a apenas unas cuadras, los actores de teatro no muy bien vistos por causa de sus aires poco masculinos, poco cercanos al modelo de hombre virtuoso, y otros que, como el padre de Mariana, sin pretender legar a la humanidad una obra certera, laboraban de día —todavía no habían devorado las uñas de sus manos, todavía atajaban a tiempo los vellos de sus fosas nasales, todavía no comían apoltronados en el marco de una ventana observando un pedazo de mar—, y de noche vivían de cierta ilusión.

En el Parque de La Funeraria, como quedó acuñado por la voz del pueblo letrado, el padre de Mariana cayó por primera vez entre los tentáculos siempre sinuosos de una redada. A estas alturas de la vida solo recuerda que conversaba de algo sin importancia con Sakuntala, Ponciano y Manolito Profundo, los cuatro en un mismo banco, cuando la policía irrumpió, los condujo sin mucha discreción al sótano del edificio de la funeraria de donde de día salían los cortejos en dirección al Cementerio de Colón, y después de haber sido empujados y debidamente cacheados fueron introducidos, cierto es, sin tanta violencia, pues ninguno de ellos era hombre de acción, en un camión de un gris indiferente que, remarcaron de golpe, llevaba más de una hora estacionado en la cuadra siguiente.

Atando cabos sueltos, repensando lo aparentemente insignificante, unos años más tarde el padre de Mariana, entonces aburrido como un perro en una de las barracas del campamento Verdún, al oeste de La Habana, cayó en la cuenta de que todo había comenzado, o que más bien había tomado cuerpo, cuando en agosto del 68 algunos de ellos se atrevieron a marchar en silencio por tres o cuatro calles del Vedado, dirección a la embajada checoeslovaca, como gesto de rechazo a la invasión que los ejércitos del Pacto de Varsovia acababan de perpetrar en la ciudad de Praga. Al hombre que todavía no era aquella ciudad le resultaba tan horriblemente lejana como atrayente, la veía como una variante light de la fastuosidad de París (¿acaso Mozart no había dicho que Praga tenía ritmo, según la afirmación de uno de los tantos diletantes anónimos que frecuentaban el parque?), ciudades ambas que en su fuero no tan interno —incluso desde su barraca mal iluminada en Verdún, en lucha perenne con los mosquitos y con la memoria— todavía pretendía poner bajo sus pies.

Lo cierto es que aquel día de finales de agosto, cuando corrió el rumor de que desde diferentes puntos de la ciudad, sin el dictado de nadie en lo alto de las oficinas que regían la vida del país, sin organización alguna, un manojo de jóvenes y de no tan jóvenes se plantaría ante la sede diplomática checoeslovaca en signo de apoyo a un gobierno hermano, el padre de Mariana se vio junto a otros tantos con una expresión de ira en la mirada y unas ganas enormes de luchar por algo. Solo que la marcha que nunca llegó a ser marcha, al menos el segmento de ciudad caminada, el ramal fervoroso que pretendía desembocar en una concentración de apoyo y repudio a la vez duró apenas unos minutos, algo menos de seis manzanas, antes de verse diluida nadie sabe cómo, difuminada de modo subrepticio, apagada como se apaga una mecha de algodón a la que, desde abajo del farol, con el movimiento a la redonda de dos dedos de una misma mano, alguien ha retirado el alimento de amarillo keroseno.

Cuando su padre —que todavía no lo era— regresó de su retiro campestre y no voluntario en el Verdún, retornó también al Parque de La Funeraria, al único café humeante posible en las madrugadas de aquella ciudad a la que Mariana no pretende volver, y se encontró con las mismas caras de Armando López, Nicolás Lara, Esteban Luis, Arenas, Salas, Ariza y Victoria, el sastre Cachimba, Mariela, Pablo Pozo el taxista, Magallanes, que había sido marinero, que caminaba aún como tirado por el bamboleo de la marea… Unos habían estado en el intento de manifestación contra la invasión a Praga, otros no, unos venían de su reeducación en los campamentos cañeros de Camagüey, otros, por puro miedo, no habían salido de sus casas durante mucho tiempo, a no ser que fuera de noche, a no ser que se dirigieran al Parque de La Funeraria. También había caras nuevas, curiosas, indagadoras.

Luego vino la estampida: todos se fueron, unos hacia fuera, otros hacia dentro, pero se fueron. El parque volvió a ser lo que originalmente había sido: un sitio aireado, cerca del mar, donde los dolientes de la funeraria inhalaban durante unos minutos el humo de sus cigarrillos, antes de regresar a sus penas.

Mariana acababa de obtener la mayoría de edad cuando tuvo conocimiento de que dos años antes de su nacimiento su madre había querido marcharse del país el día en que el puerto del Mariel se abrió para todos, pero su padre, relegado desde mucho antes a tareas insignificantes en la imprenta (poco contacto con la tinta —dice él mismo que ordenó una voz vigorosa desde la oficina de arriba), sin su melena habitual, con la voz cascada, los vellos de la nariz empezando a despuntar, perdiendo su coloratura y anclado ya en ese nacionalismo furibundo que todavía lo posee, insistía en seguir viviendo en Cuba, en donde, cambiaran o no cambiaran las cosas, tenía uno la obligación de permanecer.

No hubieras nacido tú —le espetaba categórico—. Quién sabe si allá arriba tu madre y yo habríamos seguido juntos. Tal vez ella se hubiera casado con un agente inmobiliario de barriga prominente y yo hubiera decidido continuar solo el resto de mi vida. Lo más seguro es que no hubieras venido al mundo. Incluso de seguir juntos y de tener un hijo, otro, nacido en el Norte, ese no hubieras sido tú. Tú eres hija de tu momento. —Y al caer en la cuenta del tono filosófico que empezaban a tomar sus palabras, cambiaba de aire, movía la mano como si espantara una mosca borriquera y zanjaba la discusión—. Además, no somos nosotros precisamente quienes tenemos que irnos de este país.

Salir de Cuba para siempre, consideraba el padre de Mariana, representaba perder el Centro, eso que le da razón a la vida de cada cual. Echar raíces en otro país, en cualquiera que fuera, aunque se tuviera éxito, incluso en el mejor de los escenarios —el padre de Mariana utilizaba obviamente otras palabras—, nunca llegaría a suplantar ese Centro que uno solo podía experimentar en su país de origen, fuera cual fuera su idea de la política, su entusiasmo o su desilusión. El Centro, insistía su padre, esa simple sensación —sí, porque el Centro no era más que una sensación, a Mariana no le cabía duda—, no podía ser suplantado, por mucho glamour o mucho brillo o mucho afán por olvidar lo antes vivido. En África, él, que había atravesado el Atlántico como tantos otros en la bodega de un barco mercante cargado de explosivos, en África había experimentado esa falta de Centro, algo así como el tormento o la incertidumbre que suele sentirse cuando la tierra tiembla bajo nuestros pies, cuando un terremoto pone en duda todo lo que somos y todo lo que hemos ido construyendo. En África, primero en Angola, luego en Etiopía, convencido como estaba del sinsentido de aquella expedición militar, Rogelio, el padre de Mariana, había notado por primera vez la ausencia inhumana de eso que desde entonces empezó a llamar el Centro y que nada tenía que ver con política ni con los dictados de un partido rojo, verde o azul al que nunca ha pertenecido.

Tener la obligación de permanecer en ese Centro al que se refería constantemente su padre era una de las ideas que más taladraban la mente de Mariana con apenas dieciséis años. Ya entonces no concebía que una simple idea anclara tantas voluntades y que una especie de ceguera pública impidiera a tanta gente descubrir que el Centro se pudría, se resquebrajaba, hacía aguas como un barco mercante subrepticiamente cargado de soldados y de explosivos que ha sido torpedeado por fuerzas enemigas, solo que aquí los torpedos destructivos los lanzaba la vida misma —Mariana también suele ponerse filosófica como su padre—, el devenir irremediable e indetenible de las cosas.

Otra lectura a la que se atrevía Mariana era que no había necesidad de un real Centro, que centros podían ser muchos, diversos, en varios lugares a la vez, y ni siquiera eso, que todos podíamos vivir sin tan preciada sensación. Y en esto —repite Forlán—, en lo de la sensación, era en lo único en lo que Mariana coincidía con su padre.

Entre la estampida de los amigos de su padre en 1980 y este único y último viaje de Mariana al extranjero, habían pasado mil nubes sobre los techos de La Habana. Su padre mismo —vuelve Forlán sobre lo ya dicho— había viajado también, solo que no muy convencido de lo que hacía, unos diez años antes del nacimiento de su hija, cuando tras una maniobra militar en Pinar del Río las tropas habían sido desplazadas a lo largo de la autopista oeste, formadas a como diera lugar, con la marcialidad difusa que sucede a las caminatas, a los pies hinchados y a las malas noches de invierno, y de golpe, tras unas palabras del alto mando que Rogelio apenas llegó a escuchar, había quedado definido el destino de cientos de soldados. Igual que se corta una barra de pan, con la determinación de quien coloca el cuchillo unos milímetros más, unos milímetros menos a cada lado, la orden de los superiores había determinado que quienes quedaban a la derecha del ordenante regresarían en unas horas a sus hogares, dando por concluido su mes de maniobras, y que quienes se encontraban a la izquierda, los casi dos mil soldados traídos de todas partes del país, partirían, esa misma noche también, con destino al África necesitada. No había opción, no había modo de pasarse al lado opuesto, al grupo de los suertudos, ni siquiera habiendo encontrado del lado de allá un conocido que, como tantos hubo, se lamentaba de su mala estrella al no haber caído en el bando de los nuevos gladiadores, de los herederos de Mambrú, de los que partían a la guerra.

Esa misma madrugada el padre de Mariana entró en la bodega de un barco mercante y empezó a experimentar la sensación de pérdida del Centro, algo que Mariana ni ha sentido ni puede comprender.