Historia de todas las cosas

Novela

(En exclusiva para OtroLunes)

Marco Tulio Aguilera Garramuño

2. Un puñado de polvo a los ojos del lector.

Los baruches, ibrahímes, emires, sultanes, califas y demás latrocínicos, no habiendo conseguido que el gobierno municipal pavimentara la Calle del Comercio donde tenían instaladas sus tiendas, carpas y changarros, sacaban el agua cristalina de los arroyos originales con un bastón a cuyo extremo amarraban un tarro y lo lanzaban a guisa de regadera sobre el polvo rojo para aplacarlo, y quizás, si estaban en vena, daban una peseta al simple de Californio, siempre con música en el cuerpo y una sonrisa en los labios, o al apestoso de Alexis, dizque príncipe de Mónaco, para que los sustituyera en tan bajo oficio. Los narizones sentían que se les encabritaban las más internas bilis del alma al respirar el omnipotente polvo rojo que se aposentaba sobre los paños nacionales y las zarazas y sufrían inmensamente al pensar que otros gozaban de calles impolutas, cubiertas como paisajes de alucinación por una capa brillante que se les antojaba territorio de esencias prometidas.

El hermoso cuadrante que rodeaba el parque, pavimentado en su totalidad desde los tiempos de la llegada de don Eutifrón ya estaba ocupado por oportunistas que o habían llegado antes y previeron el futuro, o construyeron casualmente por donde pasaría la capa de asfalto más tarde. Enmarcados como figuras de santos por las puertas de sus tiendas daban golpes de cabeza al recuerdo y comentaban a gritos que sólo la suerte y por qué negarlo un poco de habilidad y un mucho de picardía, habían enriquecido a Denario Treviño, un triste gentil, quien en un principio compró a precio de catástrofe un lote insólitamente enmarañado lleno de alimañas y basura, cortó aquí, desmalezó allá, destripó sin compasión, quemó todo y terminó rodeado de telas y baratijas, sentado en un escabel, con las manos llenas de anillos coronando las crasas rodillas, gritando que como él no había un solo comerciante en todo el universo que diera tantas y tan buenas cosas a tales precios. Y después, como si eso fuera poco, llegó al presunto pueblo un cura de apellido Soto, quien alborotó a la pandilla de las beatas (que las había ya desde esos tiempos, a pesar de cuantos arguyan lo contrario y digan que sólo hembras leves florecieron en nuestros jardines radiantes), concertó ferias, organizó rifas, pidió contribuciones y sin más dilate construyó una especie de templo al cual llamó gótico (vaya su merced a saber por qué), recubierto enteramente por latas de manteca de cuarenta litros de tal manera que desde el Cerro de la Muerte, a más de cien kilómetros, se lo veía resplandecer como una estrella caída entre el yermo y tres o cuatro casitas de estiércol de vaca y paja. Y gótico se quedó porque las gentes de entonces no conocían más arquitecturas y obras que las del leproso y fresco adobe mezclado con boñigas de altos perfumes. Así fue y así decían de puerta en puerta. Y luego, para terminar de ilustrar el dicho según el cual cuando el diablo está cagando del cielo le llueve mierda, sin que nadie lo llamara, llegó de San José, presume la gente, un monigote con una serie de bártulos complicados y anduvo trasegando, caminando de aquí para allá en torno al gótico templo, tomando medidas a través de un periscopio, trazó un cuadrante con estacas y piolas y así fue como apareció el parque central de San Isidro de El General. No del General, sino de El General, sutileza lingüística aparentemente incomprensible aunque del todo evidente para quienes vivimos conocedores de la muy íntima magnificencia y noble prosapia de este pueblo, también llamado en tiempos prehistóricos Quebrada de los Chanchos y Ureña. Y como hongos sobre la boñiga tierna se lanzó contra un espejo la primera botella en el Bar Rojo, y el primer grito indecente en el Bar Tico y el primer gemido de gozo en Casa de Clementina La Más Fina. Y entonces sí fue verdad que los sanisidrogeneraleños pudieron llamar a su caserío, pueblo, o más que pueblo ciudad, aunque nunca se le había ocurrido a nadie llamar a San Isidro pueblo, villa, campamento, villorrio u otra cosa, sino ciudad a secas, sin pudor de ninguna clase, como le consta a este modesto testigo de lo que si no vio por lo menos pudo preguntar o, forzando un poco las cosas, imaginar, que la historia no es otra cosa más que un invento pasado por las aguas turbias de la memoria de algún ocioso, tergiversado por unos cuantos embaucadores y oportunistas. Digo.

Los recién llegados siempre preguntaban que por qué un nombre tan rebuscado para un pueblo infame tan lejos de todo, pudiendo haberse conformado con algún patronímico ilustre o con el apelativo de un santo humilde sin pretensiones castrenses. Los lugareños, después de explicar al ignorante primate que San Isidro de El General —no del General— no era pueblo sino ciudad, confesaban su inefable ausencia de pasado. Y si contaban algo, todo resultaba tan contradictorio como la maraña de raíces contra la que luchó Denario Treviño en el lote de esquina del mundo en el que fincó su fortuna.

Los primeros hombres ya estaban viejos o se habían trasladado al Barrio de Arriba, que en realidad era el Barrio de Abajo, y quienes ahora vivían, hijos, nietos o biznietos de nadie, ostentaban una hidalguía lejana que chocaba contra la afectación de los primates, quienes, en bajándose de la Musoc —de la Musoc mecánica, pues también había y hay una de carne y hueso, quien dedica su tiempo a la mercenaria colección de humores relegados, es decir a la meretricia— y ante tales devaneos, se preguntaban por qué tales ínfulas y altanerías si habitaban el puro desaguadero del mundo, pues que el redicho valle, pueblo, ciudad o lo que fuera había sido en sus inicios lugar de confinamiento para criminales congénitos y perniciosos y como prueba de ello señalaban las greñas salvajes y las facciones cinceladas y las frentes estrechas de los generaleños, ejemplo acabado de los cuales era Robustiano, sargento apodado Sacatripas de la Olorosa Alcantarilla, y ya se dirá por qué. Y añadían las dificultades que aún hoy, con los progresos de los medios de comunicación y los posibles o fingidos viajes a la Luna, se presentaban para entrar o salir del municipio, que eran tantos y tan sin duda, que si algún nombre le cabía y cabe al sitio era y es Aquítequedas. Es cierto que veinte años atrás cruzar el Cerro de la Muerte era considerado una hazaña digna de un cantar de gesta sin precedentes para los señoritos de centro. Sin embargo los vendedores de cerdos y los primeros judíos lo hacían como quienes hilan en la rueca familiar: los primeros porque era propio de su naturaleza trashumante y porcina —reza la sabiduría latina: humanum trajinum portium similaribus cacasenum est— y los segundos porque gracias a sus narices (probóscides magnificatum) internacionalmente famosas olieron a través de los siglos las posibilidades de San Isidro y allá, es decir, acá, cayeron. Cayeron como bajados de los cielos con sus cintas métricas y sus olanes. Lograron pronto el reconocimiento de los grandes comedores de polvo rojo y fueron levantando la cosecha del vil metal, que para ellos no es tal sino el fundamentum inconsumptus veritatis de Jehová, sus sinagogas, monasterios, falansterios, ministerios y sus miles de profetas. Y así fue como los judíos trajeron el progreso, decían unos. Claro que no todos eran jodidos, argüían los más iletrados, pues que había árabes, turcos, sirios, libaneses, albánicos, albinos, españoles, gallegos y demás latrocínicos, pero como todos le pegaban al comercio y hablaban de forma semejante, es decir, diferente, judíos se quedaron, y con respecto a que ellos trajeron el progreso el asunto no era así de elemental, porque Fermín Fano, Don Ateo, y Ponciano Po, Don Tuercas y Tornillos, y Sebastián Pereira, político de grande envergadura, también habían aportado su piedra de cimiento. Pero sobre todo y con especial énfasis Denario Treviño, sí señor, quién lo duda, a pesar de que no tenía la nariz ni pizca acelerada ni los ojos rodeados por ojeras tunecinas, había sacado, por arte de birlibirloque, como de un sombrero de muy alta copa, un edificio de dos pisos y medio a partir de aquel muladar y chiquero que tenía en la esquina de un parque todavía en pañales y no lo construyó con el cielo raso tan bajo como el de la tienda del carroño de Baruch, donde los altos de la ciudad (Rey David, el violinista; Robustiano Sacatripas, el Sansón de los Prostíbulos), tenían que cultivar joroba, sino que lo edificó caprichosamente elevado, tal vez como anuncio de otra construcción monumental que ya comienza a levantarse en mi lengua historiadora, con unas vitrinas que habían de ser medidas por leguas. Vitrinas y vitrales que serían envidia del bíblico, santo y lujurioso Salomón y que siempre estaban relucientes aunque sufrieran los oprobios del polvo bermejo que aportaban primero los cerdos en manada, luego las bestias y después y hasta ahora los buses de la Musoc, raudos mastodontes que entraban estremeciendo el mundo con sus trompetas de barcos de grueso calado y tren expreso. Y como si el construir ese canto al ingenio y a la ambición humana, esa mínima Torre de Babel, no le bastara, Denario Treviño, desde el día de la reinauguración, elevó de pelaje lo que desde ese momento comenzaría a llamarse La Magnificencia, y trajo, desde quién sabe qué lejanías arábicas u orientales, artículos y artefactos tan lujosos que se hubieran fosilizado en las vitrinas si no las pudieran comprar tales cuales singulares ciudadanos o los primates ingenuos que se creyeron el cuento de las cuotas breves y las eternidades cortas, o los maestros, desventurada plaga que como las langostas aparecía por épocas. Los pobres, después de permanecer en medio de las selvas y montañas antediluvianas olvidadas por Dios y por el diablo, alimentándose con hierbas y frijol enmantecado durante seis meses, cuando la misericordia o el remordimiento del Ministerio de Educación los alcanzaba, llegaban a San Isidro con los bolsillos repletos de billetes, como bárbaros atilas del consumo, a saquear el comercio y a vaciar los rencores atrasados en las bandadas de furcias lindas que ya alborotaban las calles y las conciencias desde el tiempo de los primeros chanchos. Pues viéndose con tanto dinero entre manos, seis meses de sueldo juntos, y habiendo perdido el sentido del costo y la mesura, no hallaban otra cosa que hacer sino comprar chécheres inútiles y quemar las últimas naves entre los muslos golosos de las niñas de Clementina La Más Fina, de las hembras aguerridas del Bar Rojo, de las descalabradas del Bar Tico, o las muy encomiables seudodoncellas rubias naturales certificadas por notario de Los Pollitos, misericordiosas científicas del comercio que consume menos materia prima y da más altas ganancias, además de

CARNAL ALIVIO Y ESPIRITUAL CONSUELO

propaganda impresa en tarjetas de cortesía repartidas por los Supervisores Cuervos, dos altos personajes, fúnebres en público y desbocados en privado, en el edificio del Ministerio, aquí al lado de nuestra poco digna residencia.

Y así volaban las palomas de papel moneda y cambiaban de nido y cuando los pedagogos trasmontanos rascaban sus bolsillos en busca del fundamentum inconsumptus veritatis, seguramente se acordaban que de los seis sueldos recibidos debían siete a los mismos latrocínicos comehonras. Pero esa era su vida y no hay que meterse al río si sabemos que no hay truchas, además allá ellos con sus radios de veinte bandas cortas y largas, sus cadenas de oro de ciento mil kilates, sus colonias y perfumes franceses, sus polvos fenomenales que ocasionaban desastres incontables y sus poco comunes deudas. De todos modos, y a eso íbamos, no se entendía cómo un almacén de la talla de La Magnificencia, que deterioraba a más de doce empleadas doce horas diarias incluyendo fines de semana y festivos mayores, podía mantenerse a flote. Se rumoraba de puerta a puerta que los negocios de Denario Treviño, apodado El Siete Manos eran otros más productivos y menos morales y que el monumento de la esquina con sus dos pisos y medio no era más que la fachada. Pero quién iba a saber. Claro que el tiempo, un Sherlock Holmes sumo y del todo indiferente a los destinos de sus clientes, se encargaría de descubrir el artificio y mierdas tanto el hombre de los diez anillos y los ciento cincuenta kilos de peso gozaba de un prestigio que con el paso de los días lo elevó a la dignidad de Capitán del Cuerpo de Bomberos Voluntarios y le proporcionó un escaño en el Congreso de Notables del Municipio y le dio acceso a las mejores camas, dícese que incluso a la sagrada de Clementina, donde fueron concebidos, hipotéticamente y a falta de mejor información, Bogar y una doncella a la que sólo se conocerá como La de los Pesados Senos porque así conviene a la tramoya de este ranador.

Del Autor

Marco Tulio Aguilera Garramuño
(Bogotá, 1949) Publicó su primera novela en Buenos Aires cuando tenía 24 años. La obra Breve historia de todas las cosas fue presentada con gran estruendo publicitario por Ediciones La Flor, diciendo que era mejor que Cien años de soledad y que Marco Tulio era un escritor mejor que García Márquez pero sin bigote. La crítica se ensañó con el novato. Mediando el año 2002 Marco Tulio ha publicado más de veinte libros, ha recibido decenas de premios literarios, entre nacionales e internacionales; ha sido aclamado por críticos y lectores de muchos países. Entre sus títulos memorables están Cuentos para después de hacer el amor, Mujeres amadas y Los placeres perdidos. A principios del 2002 aparecieron en México las novelas La hermosa vida y La pequeña maestra de violín, pertenecientes a la tetralogía "El libro de la vida", cuyo primer volumen, ya publicado, se llama Buenabestia / Las noches de Ventura. Es investigador de la Dirección Editorial de la Universidad Veracruzana, en México; durante cinco años ha mantenido el máximo nivel de productividad académica de dicha universidad; ha sido galardonado con los títulos de Creador Artístico y Creador con Trayectoria del Estado de Veracruz; ha sido becario residente del Centro Banff para las Artes de Canadá, y ha dictado conferencias en universidades de varios países.