Historia de todas las cosas

Novela

(En exclusiva para OtroLunes)

Marco Tulio Aguilera Garramuño

3.- De Pindárica Orquestal de Quebrada de Los Chanchos a Orquesta Sibundoy. Sebas Bach frente a Benny Moré. El apócrifo Benito Chúber y su amor secreto.

La pretensión de Rey David al reunir en torno suyo a chavalos interesados en la música era al inicio fundar en un futuro no muy lejano una especie de filarmónica, es decir, algo serio, trascendente, pedagógico y metafísico, como lo que tienen las grandes ciudades, algo que elevara el espíritu y permitiera respirar aires empíreos por encima del polvo rojo del escenario generaleño, pero la inconstancia de los aprendices, la falta de instrumentos adecuados, las dificultades económicas y por último las necesidades de la naciente sociedad bailadora fueron haciendo variar los ritmos. Y los autores interpretados, los valses, mazurcas, sonatas al claro de luna, serenatas de Schubert y bombardinas de Kleinkerstron y otras finezas, terminaron por convertirse en cumbias, porros, boleros, tambitos, currulaos, guarachas y cocarrauchas, y el pomposo y grandilocuente nombre de Pindárica Orquestal de Quebrada de Los Chanchos quedó reducido al de Orquesta Sibundoy, con no más de treinta piezas en el repertorio, todas de moda, y un órgano, un saxofón, dos trompetas. Una de ellas, de calidad extraordinaria, se perdió el mismo día del debut y debemos decir desde este mismo momento que llegó a ser casi la Trompeta del Juicio de San Isidro. Dos tumbadoras, una guitarra eléctrica, un güiro y una batería marca Yamaha que Californilo el Simple, alias Tribilín, llegó a tocar muy a pesar de su padre.

Ese fue uno de los tantos proyectos monumentales que fracasaron en San Isidro de El General. Algunos de los muchachos, sin embargo, entre ellos James Po, no Yeims sino James, ya recuperado de la muerte por traumatismo encefálico de su madre, la fenomenal Marilú, se negaron a servir de guaracheros y siguieron asistiendo al traspatio de la alcaldía todos los jueves a las siete de la noche, y de tanto soplar, resoplar, percutir, batallar, tararear y sufrir, sin dirección ni concierto de ninguna clase, guiándose solamente por los discos que escuchaban en la rokola de la Terraza Bailable, equívoco lugar al lado del Cine María de los Ángeles de la Medalla Milagrosa, llegaron a hacer sonar algo lejanamente similar a La Leyenda del beso y La Marcha de Aída, y cuando, con uniforme nuevo y kepis donados por el municipio, estrenaron la banda en una rotonda construida especialmente para el suceso, Rey David no pudo ocultar su contrariedad, pero se consoló descubriendo con su oído de tísico irremediable la multitud de errores en que incurrían los muchachos y se alejó meditando la mejor forma de resarcirse: tenía otro proyecto, más monumental, de mucho efecto y estilo: la construcción de un gran Teatro Municipal, donde se dieran cita la flor, fruto y quintaesencia de cuanto concertista, quinteto y orquesta sinfónica existiera en la Tierra. Y, claro, él se reservaría la modesta labor de maestro de ceremonias y allá, muy en lo oculto de su mente, esperaba que llegando a los setenta, se le permitiera estrenar unas cuantas partituras y sonatas y hasta un magno concierto de su original y propio artificio. Ya se veía rodeado de fraques, escoltado por estatuas de Apolos y Venus carolingias, nereidas, musas y cornamusas, adornado por arquitrabes, frisos, columnas, próstilos y antipróstilos, aderezado por querubines meones cubiertos por placas de oro, cobijado por murales simbióticos y coronado por arañas de vidrio bohemio, reproducido por miles de espejos, sentado en salones Luis XV y acogido por la admiración de mujeres preciosas y ridículas pero encantadoras, todas bienvestidas y con peinados de Babel.

Y cuando Rey David llegaba a este extremo de su fantasía al mismo tiempo que al inicio de la Cuesta Pedregosa, la máquina de su cerebro se resistía a seguir avanzando, se preguntaba de qué ocultos palacios iban a salir las bienvestidas y nobles y ridículas damas y doncellas si en San Isidro con dificultad se encontrarían seis o siete de belleza apenas pasable y de nobleza bastante en entredicho: la fenomenal Marilú, esa podía entrar sin fruncir el entrecoño del brazo de cualquier conde o príncipe italiano en la Scala de Milán; las cuatro Fernández, Sol, Cielo, Estrella y Lucero, que tenían un porte, garbo, tronío y majestad dignos  de mejor destino que estar en la taquilla del Cine María de los Ángeles de la Medalla Milagrosa o encerradas en la casa prisión, guardadas por un rottweiller histérico. También habría que tomar en cuenta a Melpómene, la mal llamada Rabo de Puerca, a la cual se incluiría a pesar del epíteto: primero por ser hija de Benito Chúber, segundo, por su nombre, tan efectista y clásico, y tercero, porque se lo merecía: era una mulata a la cual nadie sabía de dónde le había salido la tinta, pero que resultó pareja y bien distribuida de carnes, con una fineza de marfil oscuro y unos aires de Mesalina que hacía perder el aliento al pueblo entero de lujuriosos y particularmente a los habitantes de nuestra benemérita institución carcelaria. Y a más de ellas, cuál otra. Ninguna, disolutamente ninguna: San Isidro era un desierto de amor y un marmuerto de poesía.

Y no instante Rey David tenía palabreados a los importantes y había recibido solemnemente juramento de Óscar Pedernera, quien donaría el lote frente al parque, a un costado de la catedral; de Fermín Fano, que se comprometió a pagar dos albañiles por el tiempo que duraran los trabajos; de Ponciano Po, que haría gratis todo el trabajo de fontanería y regalaría cuanto fierro se necesitase; de Denario Treviño, quien traería las costosas y bordadas cortinas desde Florencia, Caquetá; de Baruch e Ibrahím, que escépticos, habían jurado comprar toda la boletería el día de la inauguración con el muy loable propósito de repartirla en el Barrio de Arriba, pues decían los muy cismáticos que si algún día llegaba el verdadero arte a San Isidro, tenía que entrar por la puerta de los pobres. Con respecto a las estatuas de Venus, Apolo, musas, cornamusas, nereidas y saúdes, Rey David no había encontrado mecenas disponible. (Nota marginal del honorable HL: “saúdes”: término acuñado para designar a seres hechos exclusivamente para el amor). El alcalde, por su parte, había prometido viajar a San José para desgranar una parrafada con su amigo de infancia, Pepe Tacones Felgueres: su idea era fundar la primera escuela de ópera macrobiótica. Nadie sabía qué diablos era eso, pero sonaba bien y era suficiente. En suma, el proyecto de Rey David era cosa hecha y ello bastaba a la digestión que se producía camino a su casa por la Cuesta Pedregosa.

Pero como resulta que esta es historia de hechos y no de fantasías dieciochescas, Mateo Albán se ve obligado a abandonar a Rey David camino a su casa y retomar el hilo de lo que históricamente sucedió. Por eso siguen sus folios diciendo que hacía poco se había abierto el aeropuerto, un potrero como de tres kilómetros de largo, con dos o tres baches intrascendentes, que se extendía hacia el oeste siguiendo la calle que partiendo del parque remataba en el matadero. Y cada lunes a las siete de la mañana los sanisidrogeneraleños veían llegar la avioneta que piloteaba un maldecido bromista que terminaría estrellándose contra el edificio de dos pisos y medio muchos años más tarde, cuando hizo su presentación pública, o sea su prestitución imperdonable (eso lo confesaría otra vez muchos años más tarde con sincero arrepentimiento Rey David), la Orquesta Sibundoy. Gustó tanto, que Óscar Pedernera Dedo Mocho, en un rapto de divina inspiración financiera, decidió construir una enramada en torno a lo que antes era un guayabal florido y después una cancha de básquet, instalar mesas, sillas y expendio de bebidas, cobrar una módica cuota de dos centavos para que el músico se luciera con su combo los domingos y los generaleños se divirtieran bailando sanamente (andando el tiempo en el traspatio del metedero las sirvientillas mal pagadas y alguna putita sin oficio lograrían en la cola de las noches de los viernes alcanzar sus polvitos de consolación con los niños bien entre las frondas de los guayabales o cerca del río, lo que no haría sino favorecer los aires de sana convivencia social con las clases más desmerecidas).

Eso fue lo que comenzó a llamarse Prado Bar, al lado del antiguo Motel El Prado, próximo al futuro Prado Sport Club y pariente directo del que probablemente será, con la llegada de la ALCOA y la RRR, el Garito del Prado.

Es obvio que los escarceos populacheros de Rey David no le hicieron olvidar su dignidad de músico de conservatorio: una cosa era que él se viera en la obligación de interpretar Quiéreme Mucho al estilo de Ray Coniff o La Negra Celina según Los Graduados por aquello de la situación económica y otra que se dejara avasallar por la vulgaridad de los ritmos afroantillanos, que sí apasionaban a su hijo Califormio el Simple, alias Tribilín o Mocolevá. Muy por el contrario, a su padre esas guacharacas le molían el hígado. Por eso y para salvar su alma de genio incomprendido Rey David continuó haciendo sus endiabladas prácticas de violín con que se decía asesinaba a todos los pájaros de los alrededores, al amparo de los caprichos de Bela Bartok, Henri Wieniawski y Wilhem Ernst, que interpretaba al derecho y al revés, haciéndolos más lentos o acelerándolos hasta extremos francamente escalofriantes. Esas prácticas que había iniciado desde muy joven, desde antes de los tiempos del Restaurante de Pascual, natural de Villanuelas, cuando peinaba su arquetípica cabellera generaleña con grasa de cerdo y comenzó a pensar seriamente en la composición encerrado durante sus ratos libres en la casona que no hacía mucho le había construido su amigo, aquel arquitecto extranjero con quien simpatizó desde el primer día y que todavía no había adoptado (la casona, no el arquitecto) el aspecto sombrío y el infame prestigio que le atribuyeron los vecinos.

Por lo menos seis veces al día los que circunvivían en torno a la casa del músico lo veían subir tarareando algún airecillo clásico, recto como un poste del alumbrado, con el violín bajo el brazo y su hijo Californio corriendo tras él.

—Padre, quiero una burrita —le decía—, no tengo nadie con quien hablar —tratando de no empolvarse los mocasines, jadeando como un maratonista en desuso mientras su padre devoraba metros, espantaba piedras, levantaba polvo cuesta arriba, sin que pareciera agotarse, a pesar de que la Cuesta Pedregosa que conducía al Barrio del Cementerio era bastante pronunciada. Rey David decía que era un magnífico ejercicio subir por allí y no dar la vuelta por el Liceo UNESCO ya que el trayecto, el mismo de los entierros y las procesiones del Calvario, se hacía con una inclinación de la espina dorsal de más de 45 grados y sostenía la teoría de que por esa razón los habitantes del Barrio de Arriba tenían un promedio de vida más alto. La otra razón era que los del Cementerio o Barrio de Arriba antes de bajar a la ciudad tenían que pensarlo mucho pues subir de noche era prácticamente imposible debido al acecho de los puercos salvajes, y los taxis corrían peligro de volcarse con tanta grava suelta y peralte mal peraltado y venirse rodando cuesta abajo hasta estacionar poco ortodoxamente contra los árboles del parque. Y por eso los taxistas se negaban empecinadamente a emprender la odisea peñas arriba y preferían tomar la que sería años más tarde la Carretera Panamericana hacia el Liceo UNESCO, doblar hacia el oeste (todas las direcciones en San Isidro por alguna extraña razón sin táctica doblaban hacia el oeste) y llegar sin tropiezos al Barrio de Los Acostados, lo que constituía un largo viaje que costaba un ojo de la cara y dos magullones, algo así como veinte centavos, cinco más que una buena muñeca de Clementina La Más Fina, con servicio completo y meditación trascendental en los bajos fondos, precio exorbitante que los que habitan cerca del cielo no podían pagar. Pero todo esto importaba poco a Rey David, que con sus dos metros diez y su constitución robusta, hallaba en el ejercicio un placer casi maniático, sólo comparable al que sentía cuando con la mejilla izquierda pegada con poco donaire a la almohadilla de su violín, desgarraba notas que le deformaban el rostro de pura y legítima pasión. Lo curioso del músico era precisamente aquella paradójica condición: un cuerpo que parecía escapar de su control y una sensibilidad de geisha que lo hacía sufrir y gozar con cada arpegio, con cada trino, pizzicato, doble cuerda, triple cuerda, glisando y estacato, cuando atacaba las endemoniadas complicaciones del buen Paganini, que en sus manos parecía un niño de pecho. Y fluían lágrimas de sus vecinos adictos y Californio se estremecía hasta la epilepsia ante la total indiferencia del gigantón. Tenía sus consuelos Californio y los hallaba en la masticación de pasto, pétalos de rosa y laurel, hierba santa y epazote. Costumbres que convertiría andando el tiempo en arte.

Ya se perfilaba Rey David como un genio en cierne, cuando para vencer la explosión de sus cerdas hirsutas y verticales peinaba con grasa de cerdo, y comenzó a cultivar una barba de rabino alopécico.

Ya faltaban sólo veinte metros para llegar a su casa, cuando Rey David se detuvo, inclinó la cabeza como tratando de auscultar con su gran oreja el cielo, acaso intentando captar en las nubes el leitmotiv que sirviera de base a una composición que lo hiciera inmortal, y en el instante preciso en que ante sus ojos se iban acomodando las golondrinas como las notas sobre los cables que repartían el fluido eléctrico, Californio el Simple, jadeante, lo alcanzó y tomándolo de la cola de pingüino, le hizo perder el equilibrio. Sin una maldición, sin una palabra, miró a su hijo, único macho que podía presentar en sociedad, y fue como si al pobre le hubiera caído un cielo hecho de vidrio convertido en piedra, pedazo a pedazo, sobre la cabeza. Rey David se resignó, no sin cierta culpable satisfacción, a dejar que la melodía sublime se alejara. Californio sostenía una hoja de laurel sobre los labios y soplaba una nota delgada como un hilo de araña e inquietante como un beso de amor.

Lo que extrañaba a los generaleños era que, con todas sus actividades, coros en la iglesia y el colegio de monjas, clases particulares a algunos atorrantes hijos de ricos, composiciones mercenarias para bodas y bautizos, rudimentos de laudería a señoritas curiosas, Rey David no mostrara prosperidad alguna, puesto que incluso la casa, que en un principio pareció de un refinamiento versallesco, con el paso de los años fue llenándose de polvo y los vidrios fueron sustituidos por plástico y periódicos de la segunda guerra mundial y el alero del frente, una vez devorada su columna central por las termitas, se hundió en el centro, de modo que el techado adquirió el aspecto de ceño fruncido, y la Orquesta Sibundoy, aunque había quedado reducida a una vulgar agrupación guapachosa y chunchaquera, debía dejar algún dinero, lo mismo que las clases que dictaba en el Colegio de las Julianitas, y sin embargo, Rey David seguía luciendo sus botines pasados de moda, su levita de pingüino de solapas anchísmas y sus inmarcesibles greñas de generaleño auténtico. Nada en él hablaba de prosperidad. Y si alguien se lo reprochaba él respondía simplemente que su reino no era de este mundo sino de un mentado Topos Uranos que nadie sabe dónde diablos estaba y que ni siquiera se podía encontrar en los mapas.

Ibrahím y el resto del sanedrín le hacían trompas y morisquetas a Denario y preferían, no por envidia sino por elemental estrategia y cautela, seguir el ejemplo de Baruch Geldsteinberg Hohensolen, luz y brújula de cuanto comerciante feliz y próspero brotara en la tierra, vendiendo nada más lo indispensable, cosas de primera necesidad como calzoncillos de manta, pantalones de dril piedra y camisas de mezclilla invulnerable. Los seguidores de Maimónides no cesaban de admirar el genio financiero que se hacía evidente en los cachetes rubicundos y las ojeras aceitunadas de Baruch, saludaban a la alelada de Aviva, su esposa, una pirruña de mujer. Pasaban  al frente a su almacén y salivaban disimuladamente aquella selva de cortes nacionales y extranjeros, aquel mosaico scherezadesco de primores en medio del cual los incautos podían extraviar un día completo. Además esa tienda era atractiva según contares porque se llamaba El Embajador de la Elegancia y exhibía una democrática pintura en técnica de brocha semigorda en la cual un jornalero de pelos parados y frente estrecha, típicas características de los primeros chancheros que fundaron el pueblo, le atizaba hachazos con enjundia muy generaleña a un árbol más alto que el cielo que ya no existía en cien kilómetros a la redonda. Y si con todo y lo anterior algún pasante se resistía a entrar, Baruch azuzaba a su corte de vírgenes impúberes para atraerlo como las sirenas un barco hacia las rocas.

Del Autor

Marco Tulio Aguilera Garramuño
(Bogotá, 1949) Publicó su primera novela en Buenos Aires cuando tenía 24 años. La obra Breve historia de todas las cosas fue presentada con gran estruendo publicitario por Ediciones La Flor, diciendo que era mejor que Cien años de soledad y que Marco Tulio era un escritor mejor que García Márquez pero sin bigote. La crítica se ensañó con el novato. Mediando el año 2002 Marco Tulio ha publicado más de veinte libros, ha recibido decenas de premios literarios, entre nacionales e internacionales; ha sido aclamado por críticos y lectores de muchos países. Entre sus títulos memorables están Cuentos para después de hacer el amor, Mujeres amadas y Los placeres perdidos. A principios del 2002 aparecieron en México las novelas La hermosa vida y La pequeña maestra de violín, pertenecientes a la tetralogía "El libro de la vida", cuyo primer volumen, ya publicado, se llama Buenabestia / Las noches de Ventura. Es investigador de la Dirección Editorial de la Universidad Veracruzana, en México; durante cinco años ha mantenido el máximo nivel de productividad académica de dicha universidad; ha sido galardonado con los títulos de Creador Artístico y Creador con Trayectoria del Estado de Veracruz; ha sido becario residente del Centro Banff para las Artes de Canadá, y ha dictado conferencias en universidades de varios países.