La sangre del Tequila (V)

Novela por entregas

Félix Luis Viera

La celda

Cuando vi al albañil en la recepción de Telemaster se me reveló de pronto el machismo y la homofobia que encerraba este mandamiento bíblico: “No amarás a la mujer del prójimo”. ¿Por qué Dios, en estas, sus Escrituras, no había agregado: “ni amarás, mujer, al hombre de la prójimo”? Y más: “Ni amarás, homosexual, al homosexual del prójimo homosexual; ni tú, lesbiana, amarás a la lesbiana de la prójimo lesbiana”. Qué solos estábamos en esta Tierra tratando de enmendar lo que no tenía arreglo, de hallar la respuesta que no había. Al arbitrio, siempre, de la duda.

El albañil era un hombre bajo de estatura, un poco encorvado, moreno, delgado, de cabello fino y ralo. Mostraba la sonrisa de los inocentes y en las mejillas ese color grisáceo de los alcohólicos. Recordé entonces un verso de mi amigo y compatriota Ricardo Riverón Rojas: “Aprovecharse del más débil es la peor de las infamias”.

Antes, yo no me había autoincluido en algo así como la traición; quien traicionaba era Sandra Vélez, ella conocía a ese hombre, ella era su mujer; pero, sobre todo, ella le ocultaba algo que él debía saber, y eso, entre otras cosas, debe ser la traición: ocultar algo que el otro debe saber. Pero ese mediodía me autoincluí: uno, o al menos la conciencia de uno —creo que puesta de acuerdo con uno, para apoyarlo en la ruindad—, presiente que no es posible traicionar lo que no se conoce o a quien no se conoce. Pero ya en ese momento yo conocía al albañil, en persona, en su físico, en su caminar, su mirar, su sonrisa apocada, o lo estaba conociendo: ahí iba, caminando a mi lado mientras Sandra Vélez, avisada desde la Recepción, venía hacia a él, hacia mí. Ya sabemos que la casualidad, el imprevisto, nos supera; es ella, la casualidad, la que nos Hace la vida. Y ahí íbamos a encontrarnos, los tres. Los pómulos de Sandra Vélez brillaban, se tragaban el grueso de la claridad del mediodía. En sus ojos se notaba un espanto, apenas controlado, que el albañil no podría vislumbrar. Su paso era grácil (ella jamás supo que su paso era grácil, ni supo que esta palabra, “grácil”, existía), como siempre, pero había un borde de angustia en su caminar; sólo yo podría advertirlo.  Bajé la cabeza al pasar junto a Sandra Vélez. Escuché a mis espaldas el chasquido de un beso de mejilla y la palabra “niño” dicha por el albañil. Según las normas de Telemaster ellos se quedarían en unas bancas que rodeaban a una suerte de vergel que se hallaba antes de las edificaciones. Ella entonces haría lo que, de manera más perfecta, sabemos hacer, de nacimiento, los seres humanos: fingir.

Por la tarde, cuando yo subía la colina —zapatos, bajos del pantalón enfangados (había lloviznado antes), poniendo ese esfuerzo extra que exigía la tierra húmeda—recordé alguna crítica que una vez hiciera a una novela de mi amigo y compatriota Andrés Jorge: le pedía que justificara esa eclosión del amor, o de la pasión, o de la atracción, entre dos personajes de su obra. Alguna causa habría para ese surgimiento, le dije, nada reventaba así, sin preludio, sin una necesidad previa. Ahora, resbalando de tanto en tanto colina arriba, en busca del bajareque que Sandra y yo habíamos construido con unas cuantas ramas  para resguardarnos del sol en las extendidas tardes de verano, y donde ella ya estaría esperándome, comprendí mi idiotez al exigirle al amigo que sustentara en la novela lo que nadie puede explicar: para asumir o no asumir un poema, para asumir o no una pintura, para asumir o no la parición de una gota de lluvia en el cristal…  sólo era necesario estar vivo… Nada más.

Debía ser por un arrobamiento de Fe: cuando estaba a unos pasos del escondrijo mío y de Sandra Vélez, iba decidido a cambiar mis pareceres, mis razones en la Tierra: sólo a alguien que disfrutara de una inmensa desconexión de sus encargos se le ocurriría el riesgo en que me había metido, yo, un tipo solitario, dependiente de las monedas que me pagaban en Telemaster y que tenía allá, lejos, a otros dependientes de esas mismas monedas. Por ejemplo, podía desbarrancarme colina abajo y morir, o al menos partirme cualquier hueso sin más destino que ir a parar al vertedero premortem adonde van a dar los que no tienen otra elección: la Cruz Roja, y así, quedar al pairo yo y los que de mí pendían allá, mar de por medio, lejos;  podía resultar yo la diana de un atributo ancestral según la raza y el estamento justo con que me había empalmado por decisión propia: descubierto todo —lo cual era posible, en buena porción, porque Sandra Vélez no tenía ring como para fingir más allá de la dosis congénita—, que el albañil me pasara por las armas, sorpresa mediante. Pero, principalmente, era una ruindad inmedible aprovechar las pobrezas, las carencias del ánima del semejante, la pluralidad de ventajas para darle carne a la Fiera Efímera.

Aparté unas ramas. Fatigado, entré en la covacha. Resuelto a terminar —o terminarme– aquel cursidrama con Sandra Vélez. Ella estaba casi agazapada en un rincón. Con dos pasos breves saltó hacia mí. Se me metió en el pecho. Fueron mis manos —no yo—las que sacaron sus senos de debajo de su suéter. Una fracción de sol entraba por el ramaje, alumbrando justamente su torso. Sus senos acezaban.

 

Crónicas, relatos, pareceres

El ruido de la hija de la vecina iba en crescendo. ¿Alguien ha sabido alguna vez de una niña de unos trece meses que pateé la pared como si fuese —ella, la niña—una cebrita encierro? La pared contigua a mi apartamento, o más bien la que separaba a ambos apartamentos. Allí había nacido la niña y, excepto algunas rabietas de párvula, había resultado una niña suave; tanto que yo apenas recordaba su nacimiento, su existencia. Pero ya cuando comenzó a gatear, las trepidaciones me hicieron recordarla. Y temí. Mas, de cualquier manera, el ruido de arrastre de un niño al gatear es naturalísimo: aun sus fondillos, al rozar el piso, producen un sonido considerable, y hasta suelen nalguear remolcando trastos ruidosos.

Lo que pasa —le dije a la conserje—es que yo me mudé para acá porque en donde vivía antes el ruido era de escuadrón, y ya sabe usted que hago mi trabajo en la casa.  Me dijo que hablaría con la Madre, esa misma tarde.

En la noche me crucé en las escaleras con la Madre, que cargaba a la niña, y me negó el saludo. Cuando estaba a un tiro de respiración de mí  volvió la vista hacia la pared cuando les dije —también a la niña—: “Buenas noches”.

Pasaron dos días y las pateaduras contra la pared, unidas a las exclamaciones gozosas de la niña, no amainaban, más bien arreciaron. Compré un conmutador de sonido de esos que usan los obreros que perforan el asfalto con el martillo hidráulico. Nada. Se colaba en los oídos el retumbar de las paredes, y alguna exclamación de júbilo de la Madre.

Dos atardeceres después me tocaron a la puerta dos policías, de esos que andan en bicicleta; les dicen policletos. “Ellos quieren platicar con usted”, me dijo la conserje, señalándolos, y bajó las escaleras después de decirles “yo les miro las bicicletas”.

No quisieron entrar y sentarse. “Mi estimado…” comenzó uno, que debía ser el jefe, mientras se pasaba una mano por el casco… La vecina se había quejado de que yo hacía mucho ruido en mi apartamento, de modo que apenas le permitía dormir a su niña.

¿Cómo sería posible si yo vivía solo y me la pasaba frente a mis cuartillas?

“Mi estimado…”, no les quedaba de otra: la vecina era una mujer, una mujer, una mujer con su niña y el marido trabajando lejos… ¿Y por qué habría de mentir…?

¿Y por qué ella no lo había denunciado en el Juzgado Civil?

“Mi estimado, muchas cosas se pueden arreglar aquí entre nos. ¿Se imagina usted el papeleo y los gastos de esos trámites?”.

“¡Me cago en la pinga!”

“¿Mandé?”.

“Nada. La vida”.

En esta existencia yo seguía pecando de idiota: hasta antes de ese momento yo habría jurado que los policletos eran inmarcesibles,  humildes policías de barrio incapaces, como los demás, de hincar una “mordida”, y mucho menos de cultivar las artes  para inducirnos a ella.

“Gastos, papeleos… hummm”, dije mirando hacia las escaleras, umbrías.

El que hasta entonces había hablado tenía la voz de pitidos y pronunciaba haciendo gárgaras.

“Eso le saldría como en trescientos pesos”, dijo, con voz de bajo gutural, y aflautada, el que se había mantenido en silencio.

¿Por qué no entraban y se sentaban para hablar con calma?

“Mi estimado… eso no sería constitucional…”, dijo el mismo señalando con la cara hacia el interior de la sala.

Les dije que sólo tenía 80 pesos.

“Tabueno”, dijo de nuevo el mismo rasando con más fuerza la lengua contra el paladar.

 

Verónica

Allá en aquella farmacia de la Manzana de Gómez, en la Habana Vieja, quizás trabaje todavía mi amiga Mercedes Giménez, una de las mujeres con más sabiduría que he conocido hasta hoy; sabiduría sobre todo en cuanto a mujeres se trata; una mujer, Mercedes, capaz de sedar al más ígneo. Algunas tardes, previo acuerdo, nos veíamos en un parque cercano cuando ella trabajaba el turno de la mañana. Cierto lo que ella me avisaba: las mujeres, cuando deciden ser amigas de un hombre, lo son igual que cualquier hombre amigo al ciento por ciento. Hoy, mirando, como quien mira a otro, mi desbarranque con y por Verónica, he recordado las charlas con Mercedes, y su sentencia, ahora más presente que nunca—: “Hijo, veo que serás muy vulnerable ante las culiprontas”. Las culiprontas son mujeres que se pasan la vida dándolo sin piedad, como aquellos cazadores desesperados que disparan virtualmente al azar y, un día, aciertan. Las culiprontas aciertan, la vida me lo ha demostrado, lo he visto —afirmaba  Mercedes—: aun aciertan al hacer trizas al hombre más bragado, al más cabrón, al de más cama recorrida. Ellas, la culiprontas, tienen ese don, sí, hijo, porque eso es un don, sabes, y su presa, su presa, que nunca hasta entonces se había considerado presa y aun siéndolo sigue negándose a sí misma que ya lo es, su presa hasta la muerte estará preguntándose, sin hallar la respuesta, qué tiene de especial, de particular, dónde está el secreto de esa mujer que lo ha convertido en un biberón usado. No hay respuesta, hijo, es la misión de las culiprontas en esta Tierra; será, quizás, una compensación que Dios les otorga, y claro, una descompensación para los demás… o sea, amigo mío: una de esas compensaciones-descompensaciones vitales.

Llega  hasta mí Mercedes Giménez como si estuviéramos sentados de nuevo en aquel parque ya lejano para siempre. “Las culiprontas matan, matan al varón…, y ni ellas mismas lo saben…”. Mercedes afirmaba no saber el cómo, sólo se guiaba por sus registros personales… Infinidad de amigos destripados por las culiprontas había tenido… Y también amigas culiprontas, que lo daban sin pestañear dos veces, y sin esperar nada a cambio para, finalmente, poner al varón capturado a lamer sus dedos. Pero no actuaban de mala fe las culiprontas, no había plan ni dolo en su bregar, sólo que, de este modo, se les daban las cosas, y, eso sí, cuando se les daban, una Culipronta Real exprimían el hollejo hasta hacerlo papiro. Es decir, como ciertos artistas, las culiprontas “no buscan, encuentran”. Tres rasgos coincidentes había notado Mercedes Giménez en las tantas mujeres de este tipo por ella conocidas: eran de culo alzado, de caminar rápido, de expresión altiva. O sea, Verónica Illescas.

Hoy no quisiera tener que escribir esto, o quisiera tener el tiempo o las mañas literarias suficientes para demostrar, sugerir, en lugar de relatar y calificar—elemental error que cometemos los escritores incipientes, según se sabe—. Por alguna razón que todavía investigo me le fui dando yo a Verónica, no lo contrario. Alguna noche me descubrí  celándola, reclamándole y, de este modo, quedaban atrás los días de sexo festivo con ella y con otras. Una noche de insomnio, luego de una sesión de sexo inclemente, valoré lo que me había avisado Mercedes Giménez; de modo que revisé punto por punto la brega carnal con Verónica hasta esos justos momentos y no había dudas: ella, Verónica, lo hacía por el placer de los Independientes, no por las Noches Azules de los Poetas. Y concluí que si yo también había hecho el sexo por placer alguna, tantas veces, podría argumentar, sin embargo, que en esas tantas veces algo bíblico había entregado. Verónica no: ella lo asumía con la candidez de las aves.

Como en las guerras de castillo destrozado, cuando ya el enemigo se ha adueñado de todos los ángulos, sólo me quedaba el reducto: aquel consejo de Mercedes: “socio, si alguna vez eres víctima de una de ellas, no le enseñes el boquete”. Eso traté de hacer. Pero sólo con las palabras que callaba; mis acciones demostraban lo contrario: estaba atronado de muerte; y Verónica, como buena Culipronta Real, lo habría captado. (Habría captado el Poder que ya tenía sobre mí.) Y como tal actuaría.

Una tarde, cuando salíamos del metro Chapultepec, se me ocurrió —se me ocurrió Precisamente A Mí—entrar en una tienda de sexo. Nunca había estado en una y los anuncios a la puerta de esta casi me tiraron hacia dentro. Viendo los juguetes, debí expresar ese asombro que se halla entre la euforia y el embeleso. Verónica, en cambio, mostraba tanta familiaridad como el dependiente con los distintos artilugios.

Apenas llegamos al apartamento, ella desempacó el pene eléctrico plástico, de unos dieciocho centímetros de largo, grueso, torneado, levemente curvo, color carne. Le puso las pilas mientras decía “jamás había tenido una de estas cosas en mis manos”. Con su paso rápido atravesó la sala; entreabrió las cortinas; el atardecer, ocre, se filtraba entre el encaje hasta pegar justo en la pared donde Verónica se encimó, de espaldas a mí, que me hallaba sentado en el sofá. Con una mano, rauda, se sacó toda la ropa, excepto el blúmer, y tampoco los zapatos de tacón mediano, mientras con la otra sostenía el falo. Se abrió de piernas; se podía calcular que se lo estaba penetrando, lentamente, luego de haberlo entrado por una de las esquinas del blúmer negro; se escuchó el ruido indicador de que el pene eléctrico estaba pasando de la primera, a la segunda, a la tercera velocidad. Decía “mírame, mírame” mientras se movía en crescendo. En crescendo. El movimiento inagotable de sus nalgas morenas, acentuado por la negrura del blúmer y el espejeo ocre del atardecer, me hicieron escribir en mi bitácora de los vencidos: “Coinciden los relámpagos”.

Del Autor

Félix Luis Viera
(Santa Clara, Cuba, 1945). Poeta, cuentista y novelista. Ha publicado los poemarios: Una melodía sin ton ni son bajo la lluvia (Premio David de Poesía de la UNEAC, 1976, Ediciones Unión, Cuba), Prefiero los que cantan (1988, Ediciones Unión, Cuba), Cada día muero 24 horas (1990, Editorial Letras Cubanas), Y me han dolido los cuchillos (1991, Editorial Capiro, Cuba), Poemas de amor y de olvido (1994, Editorial Capiro, Cuba) y La patria es una naranja (Ediciones Iduna, Miami, 2010); los libros de cuento: Las llamas en el cielo (1983, Ediciones Unión, Cuba), En el nombre del hijo (Premio de la Crítica 1983. Editorial Letras Cubanas. Reedición 1986) y Precio del amor (1990, Editorial Letras Cubanas); las novelas Con tu vestido blanco (Premio Nacional de Novela de la UNEAC 1987 y Premio de la Crítica 1988. Ediciones Unión, Cuba), Serás comunista, pero te quiero (1995, Ediciones Unión, Cuba), Un ciervo herido (Editorial Plaza Mayor, Puerto Rico, 2003), la noveleta Inglaterra Hernández (Ediciones Universidad Veracruzana, 1997. Reediciones 2003 y 2005) y El corazón del Rey (2010, Innovación Editorial Lagares, México). Su libro de cuentos Las llamas en el cielo es considerado un clásico de la literatura de su país. Varias de sus creaciones han sido traducidas a diversos idiomas y forman parte de diversas antologías publicadas en Cuba y en el extranjero. En su país natal recibió diversas distinciones por su labor en favor de la cultura. Fue director de la revista Signos, de proyección internacional y dedicada a las tradiciones de la cultura. En México, donde reside desde 1995, ha colaborado en diversos periódicos con artículos de crítica literaria y de contenido cultural en general, ha impartido talleres literarios y conferencias, y asimismo se ha desempeñado como asesor de variadas publicaciones periódicas.