Señor agente, como ve, yo soy un hombre ordenado

(Cuento)

Juana Vázquez Marín

-El vecino me pidió un favor. Quería que me quedara por la tarde con su hijo de doce años. Iban al funeral de un amigo a Guadalajara. Sería cosa de tres horas, más o menos. Yo debía de hacer un artículo- que había ido dejando de lado, pues era de esos temas que se te atragantan- y tenía que entregarlo para el día siguiente. Y le dije que si el niño no molestaba no había problemas, pues yo iba a trabajar y debía de estar concentrado. Me contestó que era un niño modélico que se sentaría donde le dijera y de allí no se movería, que su hijo no era un trasto de esos que no se están quietos. Y que al no poderse llevar el ordenador, se llevaría unos cuantos cómics, y eso le entretendría hasta cuando volvieran.

Mi despacho, como ve, tiene esta puerta de cristal que se comunica con el salón, y allí en esa silla es donde le dije que se sentara, no iba a meterlo en mi habitación, la cocina o el baño, y mi apartamento, como puede comprender no da más de sí.

Mire usted por sí mismo, no podía meterlo en ningún otro lado, no tengo ni un metro de sobra más, ni terraza, ni nada de nada. Que si no pronto lo siento casi a mi lado, pues ya le he dicho que tenía que estar muy concentrado y atento a la escritura Y como el padre me dijo que era un niño modélico… ¿quién iba a pensar lo que vino después?

– Por favor, aténgase a los hechos.

-Pues como le iba contando, cuando me trajeron al niño, con el montón de cómics en la mano, yo le dije que se sentara en esa silla , y que podía poner los cómics sobre la mesa para leer, sólo que como la mesa es de cristal, le puse un paño debajo para que no se ensuciara, y la verdad, también le coloqué a la silla un cojín, pues el niño traía el pantalón no muy limpio, de haber jugado arrastrándose por el suelo, y como la silla está tapizada de blanco no quería que se manchara, y es que a mí, eso me interesa mucho, pues ya que el apartamento es pequeño, que esté limpio y ordenado.

Puede mirar, si entra en mi habitación…Venga, venga… Como ve está la cama hecha, la mesilla con un búcaro de flores que pongo todos los días, me gusta tener la naturaleza en casa, y como no puedo de otra manera, pues pongo flores, y también tengo esa pobre planta… bueno tenía, pues ahora, como puede ver, está hecho polvo. ¡Mi pobre planta, tan bonita, me daba tanta compañía!…Ufff, no lleva años conmigo ¿quién me lo iba a decir? Yo creo que ya no tiene remedio, pues cada rama está por un lado y además todas machacadas.¿ No sabe cuánto lo siento, como si le hubiera pasado a un familiar!. Puedo decirle que esa planta la compré para venirme al apartamento, y llevo aquí más de dieciocho años. Además da unas flores muy pequeñas, pero preciosas. Aunque eso sí, requiere muchos cuidados, es muy frágil, y necesita agua, pero ni mucha ni poca, además…

-Por favor no se vaya por las ramas y aténgase a los hechos.

-Le quería decir con esto que yo soy un ciudadano metódico, que no soy un dejado, ni un borracho, ni un alborotador, ni un hombre violento. Que me gusta estar en casa, cuidar todos los detalles, tener todo como el oro, que nunca digo una palabra más alta que otra. Puede preguntarle a los vecinos. Yo me levanto temprano, bajo por el pan y la comida, me tomo un café en el bar de abajo, en el “Miau”, y enseguida subo a desayunar. Tuesto dos tostadas del pan que he comprado y me hago otro café. Después recojo todo, friego el vaso, el plato, y lo que se haya manchado. Barro y friego la cocina, y le paso un paño a la mesa, a la silla y, en general, a las demás cosas que haya usado. Luego cierro la puerta y me voy a la habitación, deshago la cama, aireo las sábanas y la colcha y, si es invierno, también el edredón, y luego la hago con todos los bordes bien remetiditos, paso un trapo por los muebles, pues siempre se acumula un poco de polvo, y cuando la habitación está limpia, me voy al baño, me ducho, limpio la bañera meticulosamente, pues si no se hace así pueden aparecer hongos, como en las toallas, que van todos los días a la lavadora, la humedad es muy mala para esto, y..

-Por favor, no me cuente su vida, ya le he dicho que se limite a decirme lo que ha pasado esta tarde, desde cuando el niño entró en casa con sus comics y se sentó a leer.

– Bueno, eso de leer yo no lo he dicho. Pues no hizo más que poner el culo encima del cojín, soltó los comics y sacó el móvil del bolsillo y empezó a llamar a todo bicho viviente. Y no se puede imaginar. Unas conversaciones, y unas risas, y un ajetreo: “vale, vale”, “colegí”, “tío”, “joer”, “está guay”, “mazo buena”, “de la leche”. “Qué no tío, que sí”… y tío para acá y tío para allá, y sorberse los mocos, y jajaja, y jijiji, y con los dedos tamborileando en la mesa pasando los dedos por las hojas de la planta, y venga restregar el culo por el cojín, y seguir con otra llamada, y me llegaban los pitidos de los SMS que le entraban, y el racarraca de los que él ponía, y vuelta a restregarse por todo y seguir hablando con otro u otra, ya que yo perdí el norte, y venga con esa conversación del demonio… “si, eso está petao”, “y está que te cagas”, “ y déjame de dar la brasa”, “y estás rayao”… y otro piiii piiii del mensaje, y oro racarraca de contestación, y los puntos de luz de los mensajes y el color chabacano del movil, color fusia, que cada vez que le llamaba alguien se encendían los laterales como faros en un coche hortera, y mover el paño de la mesa de un lado para otro y esparcir los comics por todos lados, y clavarle la uña a algunas hojas de la planta… e incluso se quitó el sueter, que igual que los pantalones no estaba muy limpio, y lo colocó en la silla de al lado, que como ve está igualmente tapizada de blanco… y ya se reía a carcajada limpia, y ya seguía hablando de la piba o el pibe, e incluso de la puta de la profe… sí, sí como lo oye, tres o cuatro veces le dijo puta, y tontaelculo, y chocho flojo, y…bueno cosas que me da a mí vergüenza decirlas. Y ya digo no paraba con el móvil, y yo en la primera palabra del artículo, sin poder seguir. Y con el corazón acelerado, pues tenía el volumen de las llamadas muy alto y cuando sonaba o sonaban los SMS, me quedaba petrificado. Y luego llegó un momento en el que se levantó y se apoyó medio reclinado en la mesa, y como las hojas de la planta llegan a la superficie, pues como si nada, encima de ellas Y otra vez el piiii piiii, y otra vez el racarraca. Y de nuevo jolgorio, risas y hasta saltos, sí señor agente, saltos en el salón. ¿Qué pensarían los vecinos?… Yo que soy tan cuidadoso en eso de los ruidos, que paso la mopa en vez de la aspiradora para no molestar. Y luego en un momento que hubo de silencio en el móvil lo oí trastear por la cocina abriendo armarios, se conoce que cogió un vaso para beber, y ahí sigue el vaso…Venga, venga, agente, pues también como ve está el armario medio cerrado, ni se molestó en cerrar las dos puertas, ni en lavar el vaso. Y yo rezaba, sí señor rezaba porque vinieran pronto sus padres, pues ya digo yo no soy violento y además soy creyente. Voy todos los domingos a misa, y claro también voy las fiestas de guardar, además soy miembro de una cofradía de Semana Santa y salgo con….

-Siga, por favor, con lo que estaba contando.

– Pues eso, que no paraba, no paraba, y pasaba el tiempo y una hora y dos y se me hacía eterno, y él no callaba ni se estaba quieto un momento, que si tosía, carraspeaba, absorbía mocos, se sonaba, se reía, gritaba… pequeños grititos eso sí, y sobre todo seguía con esas palabrotas y esos ruidos del móvil. Yo creo que llamó a todos los contactos y si no lo hizo le puso mensajes, pues ya digo, no dejó el móvil de la mano, sólo cuando fue a la cocina y cuando… y esto ya no lo pude soportar, cogió la planta y la puso de cualquier manera en el asiento de la silla de al lado, para tener más espacio y manotear en la mesa…¡¡¡¡Poner la planta en la silla, tapizada de blanco!!!!…Eso ya, fue el final. Lo siento agente, pero como ha podido comprobar yo soy un hombre bueno y cabal y nada violento, es decir un buen ciudadano, que cumple con todas las reglas. Ahora le digo una cosa, si se repitieran las mismas circunstancias lo volvería a hacer . Usted me comprende ¿no? Y eso que no le he contado todo con detalle: restregar las manos por la mesa, por las sillas, por la planta, el paño…tumbarse en el suelo, ir al baño y no tirar de la cisterna…que si no…

Del Autor

Juana Vázquez Marín
Doctora en Filología (especialista en el XVIII) y Licenciada en periodismo. Ha colaborado en diversos proyectos del Consejo de Investigaciones Científicas, así como en la sección cultural de Diario 16, El Mundo y ABC. Hoy por hoy colabora en El País, Babelia, así como en Cuadernos del Sur. En la actualidad, está en la Universidad de Alcalá, donde imparte masters de postgrado. Aparte de ensayos, artículos de opinión,y crítica literaria, ha publicado en diversas revistas de poesia: Atlántica, El Matemático, Barcarola… así como los poemarios, Signos de Sombra, Ed. Kilix, 1993, En el confín del nombre, Huerga & Fierro, 1998, Nos+otros, Sial, 2003 , Gramática de Luna, Huerga & Fierro, 2006, y Escombros de los días, Huerga & Fierro. 2011. Asimismo , ha publicado una novela Con olor a naftalina, Huerga & Fierro, 2008. De ella ha dicho Pozuelo Ivancos (ABCD) : “Juana Vázquez recorre en su primera novela uno de los distintos caminos de su renovación posible...". Su último libro es el ensayo: El Madrid cotidiano del siglo XVIII, Endymión, 20011.