El último silencio

Diarios de campaña de José Martí

Leah Bonnín

El término Literatura de campaña, debido a Ambrosio Fornet (En blanco y negro 1967), reúne aquellos escritos que tuvieron como autores y protagonistas históricos a los luchadores por la independencia de Cuba. La Literatura de campaña agrupa procedimientos estilísticos de textura variada (diarios, cartas, panfletos, poesías) que poseen en común, según avizoró José Martí en su prólogo a la primera edición de Los poetas de la guerra (1983), la fijación de la memoria histórica y el valor revolucionario, porque

“su literatura no estaba en lo que escribían, sino en lo que hacían. Rimaban mal, a veces, pero sólo pedantes y bribones se lo echarán en cara, porque morían bien. Las rimas eran allí hombres: dos que caían juntos eran sublime dístico; el acento, cauto o arrebatado, estaba en los cascos de la caballería”.

Desde el día 10 de octubre de 1868, fecha en que estalla la primera guerra de independencia nacional cubana, encabezada por Carlos Manuel de Céspedes, hasta la consecución de los objetivos treinta años más tarde, en la mayor de las Antillas proliferó una expresión literaria que, urgida por las circunstancias, se dibujaba en papeles de barro por las mismas manos que empuñaban la espada. Su contenido está traspasado por la voluntad de ser nación, país y patria, y por la oposición a los valores procedentes de la metrópoli española.

La Literatura de campaña inaugura una manera de crear literatura que orienta la mirada hacia la memoria inmediata y circunstancial, hacia los sucesos bélicos y hacia los testigos y protagonistas  anónimos de los hechos históricos. La necesidad de registrar los acontecimientos vividos, la variedad formal y significativa, la vinculación estrecha con una historia marginal que se acerca a la visión singular de los protagonistas, la inclusión de documentos, anotaciones y notas a pie de página son elementos que dibujan su rostro formal.

No obstante la larga lista con que nos amenaza la expresión “de campaña”, algunos textos ya pueden considerarse clásicos del género. Crónicas de la guerra de José Miró Argenter, Mi diario de la guerra de Bernabé Boza, Diario de un soldado de Fermín Valdés, Diario de campaña 1868-1899 de Máximo Gómez,  A pie y descalzo de Ramón Roa, Episodios de la Revolución Cubana de Manuel de la Cruz y Diario de campaña de José Martí, resultan referencias inexcusables. Desde posiciones ideoestéticas diferentes y con estructuras variadas, todos persiguen el registro de la ‘verdad’ como forma de atestiguar en la escritura la épica de aquella contienda en la que tantas esperanzas habían depositado.

La mirada de campaña es una mirada hacia afuera que, también subjetiva y capaz de captar en un instante todo el sentido de la vida y de la muerte, asume la tragedia de los héroes anónimos. Una mirada exterior que, como la de Manuel de la Cruz (1861-1896) en los Episodios de la revolución, huye del artificio literario de salón para encarnar sobre el papel la experiencia de los luchadores:

“Por la grieta de la frente se veía la sustancia del cerebro, del profundo y rojizo cóncavo manaba sangre y un líquido viscoso, que borraba la morada aureola de la grieta del pómulo. Como al andar el ojo le azotaba el rostro, rápidamente y sin que nadie pudiera impedirlo, se lo arrancó de un tirón y lo arrojó entre el monte”.

José Martí, quien no perdió la oportunidad de ensalzar los ‘episodios’ de Manuel de la Cruz, significa el máximo exponente de esa literatura que se puso al servicio de la causa de la independencia. A través de sus diarios es posible formular algunas de las esencias textuales que sirven para comprender aquella expresión que se jugaba la existencia en cada palabra, en cada silencio.

Dos luces, como señaló Cintio Vitier en Lo cubano en la poesía, alumbran la obra del apóstol de la independencia, “la facultad de objetivación y la capacidad de entrega, de sacrificio” que, presentes en su inicial El presidio político en Cuba, logran pleno sentido en su postrer Diario de campaña. Ningún espacio alberga tantas imágenes como aquella página blanca y silenciosa del cuaderno que la muerte abandonó en las últimas palabras escritas:

“Ezequiel Morales, con 18 años, de padre muerto en la guerra. Y estos que vienen me cuentan de Rosa Moreno, la campesina viuda, que le mandó a Rabí su único hijo Melesio, de 16 años: <allá murió tu padre: ya yo no puedo ir: tú ve>. Asan plátanos y majan tasajo de vaca, con una piedra en el pilón, para los recién venidos. Está muy turbia el agua crecida del Contramaestre, -y me trae Valentín un jarro hervido de dulce, con hojas de higo”.

Era el 17 de mayo de 1895.

A mitad de camino entre la literatura de ficción y la crónica histórica, el diario constituye una escritura que transcurre, en tanto que acción, en el mismo tiempo que los acontecimientos relatados. Esta escritura nómada, que se esfuerza en apresar para el futuro el pensamiento en fuga o el hecho pasajero, sitúa al lector ante un pacto comunicativo particular, condicionado por la transformación de la verosimilitud propia de la percepción literaria en ‘verdad’ asociada a la comunicación de un hecho histórico. El lector cree que la escritura revela un referente real y concreto, sea íntimo y privado o público y social, que existió antes de ser fijado en el texto.

Los diarios se empeñan en borrar los márgenes que separa el libro del mundo. Como en ningún otro género, en las páginas surgidas al amparo de la cronología se busca la permanencia de las acciones y de las palabras en el tiempo. Los diarios significan la escritura de la existencia, del ser en el tiempo, y pretenden suprimir las diferencias entre espacio real y espacio literario, como intuyó José Martí no sólo en los diarios:

“No zurcí de éste y aquél, sino sajé en mí mismo. Van escritos, no en tinta de academia, sino en mi propia sangre. Lo que aquí doy a ver lo he visto antes (yo lo he visto, yo), y he visto mucho más, que huyó sin darme tiempo a que copiara sus rasgos” (Mis versos).

Martí escribió para permanecer, para no ser pasto del olvido, y en esas palabras en acción que son los diarios de campaña concentró el sentido de su condición humana, literaria y vital. Desde Juan Marinello hasta Ezequiel Martínez Estrada, pasando por Cintio Vitier, Fina García Marruz o Ivan Schulman, los críticos han coincidido en señalar el fuste excepcional de los diarios martianos. Los diarios ofrecen la narración huidiza del relámpago, la oración corta, a veces inacabada debido a la premura de las circunstancias; en ellos, la lengua es usada como mero instrumento al servicio de un objetivo superior, la liberación de la patria y la consecución de la independencia que, a su vez, sirve para inaugurar “una prosa inédita, breve y concisa hasta alcanzar increíble laconismo”, como ha señalado Ivan Schulman en Símbolo y color en la obra de José Martí (Madrid, Gredos, 1974):

“Día mambí. Salimos a las 5. A la cintura cruzamos el río, y recruzamos por él: bayas altas a la orilla. Luego, a zapato nuevo, bien cargado, la altísima loma, de yaya de hoja fina, manajagua de Cuba, y cupey, de piña estrellada. Vemos, acurrucada en un lechero, la primera jutía”.

La línea que separa los diarios íntimos, abonados en la literatura decimonónica por plumas femeninas,  de los diarios de campaña se sitúa en la voluntad épica y exterior de los segundos. Frente a la evocación de la vida cotidiana e interior, ubicada en el perímetro del hogar y la introspección y expresividad sentimental de los diarios íntimos, los diarios de campaña suponen el encuentro del hombre con los espacios naturales que, tras decantación estética, devienen espacio literario.

No obstante, Martí no persigue el mimetismo, sino el registro de la impresión que la naturaleza le provoca, como Emerson, Walt Whitman o Mark Twain, una emoción comparable a la que debieron sentir los pintores impresionistas tan admirados por él, según deja entrever en sus comentarios en “Nueva exhibición de los pintores modernistas”:

“Quieren pintar en el lienzo plano con el mismo relieve con que la Naturaleza crea en el espacio profundo. Quieren obtener con artificios de pincel lo que la Naturaleza obtiene con la realidad de la distancia. Quieren reproducir los objetos con el ropaje flotante y tornasolado con que la luz fugaz los enciende y reviste. Quieren copiar las cosas, no como son en sí por su constitución y se las ve en la mente, sino como en una hora transitoria las pone con efectos caprichosos la caricia de la luz”.

El suyo es un conocimiento simbólico que va en busca de la verdad, interesado en salvar la distancia entre acción y palabra, entre espacio natural y espacio literario, entre ética y estética.

Martí vivió una época definida por un ambiente intelectual controvertido y caótico. A fines de siglo XIX, como señaló Carlos Real de Azúa en el ensayo “Ambiente espiritual del 900″, se mezclaban en el horizonte americano tendencias estéticas y filosóficas de cariz diverso. A lo lejos, los últimos resabios románticos, burgueses e individualistas, que habían fundamentado los ideales de independencia y habían producido grandes figuras mesiánicas bajo el amparo ideológico del Carlyle (1795-1881) de “Los héroes, el culto de los héroes y lo heroico en la historia” y del Emerson (1803-1882) de “Hombres representativos”. Más próximo, y en primera línea, el positivismo en versión spenceriana.

A finales del XIX y principios del XX se inicia la que Ángel Rama -La modernización literaria latinoamericana (1870-1910)- denominó modernización literaria que obedeció a razones sociológicas diversas: la conquista de la independencia de gran parte de países latinoamericanos hizo posible que, al quedar eximidos de responsabilidades políticas, los intelectuales pudieran centrarse en las actividades literarias y artísticas; la formación de un público culto de amplia base social, sobre todo a partir de la educación en las ciudades, ofreció la existencia de ‘consumidores’ de cultura; las influencias extranjeras, sobre todo francesas, pero también norteamericanas, incentivaron una expresión artística más competitiva en el mercado internacional. En definitiva, el Modernismo alumbró el paisaje americano.

A diferencia de muchos de sus contemporáneos americanos, a José Martí no le fue concedido ni siquiera la posibilidad de consagrar en exclusiva la vida a las palabras. Cuba, sometida al yugo de un imperio que exhalaba sus últimos suspiros, le exigió la entrega heroica –así lo sintió él (“Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche”)- a la causa de la independencia, a la voluntad de ser nación. Y no obstante, significó una de las luces más brillantes de la época.

Más allá de posturas filosóficas y estéticas divergentes, el discurso crítico ha tendido a considerar la dualidad como eje definitorio de la obra martiana. Una dualidad que, en último término, siempre persiguió el ideal de la armonía, de la conciliación de los contrarios en la naturaleza y en la palabra. La primera de estas dualidades estaría representada por el proyecto vital del poeta, a la vez literario y político. En el plano filosófico, se ha dicho que en Martí se conjugan, sin fisuras, tendencias románticas y positivistas (Jorge Mañach), espiritualistas y materialistas. Que la identificación con la realidad presenta una doble vertiente, significativa de “un ansia sincera y continuada por alcanzar el mundo ideal platónico por un lado, equilibrado y completado, por el otro, con el contacto constante con los crasos y bajos elementos materialistas de la experiencia humana”, y que esta visión se representa en Martí a través de símbolos diferentes (I. Schulman en Símbolo y color en la obra de José Martí, Madrid, 1960). Que su verso brota de dos fuentes, la que procede de las grandes figuras del Siglo de Oro español (Santa Teresa, Gracián, Quevedo) y la que integra las formas estilísticas de los simbolistas, impresionistas y parnasianos franceses. Que el mundo social y el natural atraen al escritor por igual y que el arribo a la plenitud del espíritu de Martí simboliza, al mismo tiempo, la facultad de objetivación en la palabra y la capacidad de entrega y de sacrificio a la causa de la independencia (Cintio Vitier en Lo cubano en la poesía).

En Martí, palabra y acción conforman una unidad, como ha señalado Cintio Vitier al hablar de la correspondencia martiana porque sus palabras “parecen creaciones, actos”. La de Martí es una palabra sincera porque es el resultado de acciones concretas que, a la vez, devienen palabras. La acción conduce a la palabra y la palabra a la acción y en esta especie de sinestesia conceptual es donde adquiere armonía el discurso martiano. Y entre la palabra y la acción, el silencio -la ausencia de los sonidos, el color negro, la noche- a partir del cual se edificará el simbolismo de su discurso poético,

“Mas de pronto una lumbre silenciosa
brilla; las piedras todas palidecen,
como muertas, las flores caen en tierra
lívidas, sin colores:¡es que bajaba
de ver nacer los astros mi Poesía!”

y político:

“En silencio ha tenido que ser y como indirectamente, porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas, y de proclamarse en lo que son, levantarían dificultades demasiado recias para alcanzar sobre ellas el fin”.

Y en ninguno de los textos martianos se hace tan evidente el procedimiento como en su último Diario de campaña, “allí donde la crónica y el poema, asumidos al nivel de la naturaleza patria, la acción revolucionaria del pueblo y el destino personal del agonista, cobran los fulgores más intensos e interminables de la palabra martiana” , según Cintio Vitier.

Después de años de peregrinaje literario y político por tierras americanas, tras la formación del Partido Revolucionario Cubano en 1892, y de la organización de la expedición libertadora y de la firma, junto con Enrique Collazo y Mayía Rodríguez, de la orden de alzamiento, Martí embarca hacia Santo Domingo para reunirse con Máximo Gómez antes de dirigirse a Cuba. En Montecristi, el 25 de marzo de 1895, proclama el documento que justifica la revolución conocido como Manifiesto de Montecristi:

“Conocer y fijar la realidad; componer en molde natural, la realidad de las ideas que producen o apagan los hechos, y la de los hechos que nacen de las ideas; ordenar la revolución del decoro, el sacrificio y la cultura de modo que no quede el decoro de un solo hombre lastimado, ni el sacrificio parezca inútil a un solo cubano, ni la revolución inferior a la cultura del país, no a la extranjeriza o desautorizada cultura que se enajena el respeto de los hombres viriles por la ineficacia de sus resultados y el contraste lastimoso entre la poquedad real y la arrogancia de sus estériles poseedores, sino al profundo conocimiento de la labor del hombre en el rescate y sostén de su dignidad: esos son los deberes, y los intentos, de la revolución”.

Y junto a ellas, palabras de amor a la madre, a María Mantilla, al hijo, ante quien justificará su acción épica:

“Hijo: Esta noche salgo para Cuba: salgo sin ti, cuando debieras estar a mi lado. Al salir pienso en ti. Si desaparezco en el camino, recibirás con esta carta la leontina que usó en vida tu padre. Adiós. Sé justo. Tu José Martí” (carta de 1º de abril de 1895).

Y las palabras de reconocimiento a los otros ( en este caso, Cicerón), como se puede leer en las páginas del diario escritas dos semanas después:

“Me entristece la impaciencia. –Saldremos mañana-. Me meto la Vida de Cicerón en el bolsillo en que llevo 50 cápsulas. Escribo cartas. Prepara el General dulce de raspa de coco con miel. Se arregla la salida para mañana”(17 de abril de 1895).

El Diario de campaña se inicia el 9 de abril de 1895 y concluye el 17 de mayo del mismo año, a la muerte de su autor. Caracteriza esta escritura un estilo sintético y de periodos cortos, casi descripciones de guión cinematográfico: “Lola, jolongo, llorando en el balcón. Nos embarcamos”. Frases breves que condensan la urgencia de la escritura y la voluntad de dar nombre de verso a la memoria inmediata, que se abre paso junto a las armas y la esperanza de llegar a la isla y conquistar la tierra del mambí para sus habitantes. Una memoria que transforma, por medio de la analogía, el paisaje real en espacio literario, la acción en palabra y la experiencia en literatura:

“…Subimos la recia loma de Pavano, con el Pomalito en lo alto, y en la cumbre la vista de naranja de China. Por la cresta subimos, y a un lado y otro flotaba el aire leve veteado de manaca (…) oigo la música de la selva, compuesta y suave, como de finísimos violines; la música ondea, se enlaza y desata, abre el ala y se posa, titila y se eleva, siempre sutil y mínima: es la miríada del son fluido: ¿qué alas rozan las hojas? ¿qué violín diminuto, y oleadas de violines, sacan son, y alma, a las hojas? ¿qué danza de almas de hojas? –Se nos olvidó la comida: comimos salchichón, y chocolate, y una lonja de chopo asado-. La ropa se secó a la fogata” (18 de abril de 1895).

Las impresiones veloces de los primeros días se alargan a medida que los expedicionarios se internan en el paisaje cubano. En cada paso, en cada página, el hombre se incrusta en el paisaje, la acción en la palabra y ésta de nuevo en la acción redentora. Y a medida que avanza, la pupila del libertador se impregna de la naturaleza de la isla, se apropia de su flora y de su fauna y con ellas se confunde.

El tiempo pretérito, el de la primera guerra de independencia, enlaza con el presente narrativo. El diario así se transforma en puente entre hombre y tiempo, entre historia y literatura, entre realidad y ficción:

“Allí, del monte tupido de los lados, o de los altos y codos enlomados del camino, se picaba a las columnas, que al fin cesaron: por el camino se va a Palma y a Holguín. Zefí dice que por ahí trajo él a Martínez Campos, cunado vino a su 1er. Conferencia con Maceo” (7 de mayo de 1895).

El postrer texto martiano, síntesis y fundación, contiene también función ideológica. En una especie de confesión de duda existencial, el apóstol escribe tres días antes de su muerte:

“Escribo, poco y mal, porque estoy pensando con zozobra y amargura. ¿Hasta qué punto será útil a mi país mi desistimiento? Y debo desistir, en cuanto llegase la hora propia, para tener libertad de aconsejar, y poder moral para resistir el peligro que de años atrás preveo, y de la soledad en que voy, impere acaso, por la desorganización e incomunicación que en mi aislamiento no puedo vencer, aunque a campo libre, la revolución entraña naturalmente, por su unidad de alma, en las formas que asegurarían y acelerarían su triunfo (14 de mayo de 1895).

Y es precisamente en esa duda donde se anuncia uno de los ideologemas constituyentes de la literatura cubana hasta nuestros días: la patria como anhelo, como objetivo inalcanzable.

El 17 de mayo de 1895 José Martí muere abatido por el fuego enemigo: “Aquella noche en el campamento mambí de Las Vueltas <no hubo necesidad de tocar a silencio> …Alguien acuñó para siempre un título venerado: <El Apóstol>” (Jorge Mañach). En ese último silencio que sucedió a la muerte, la palabra y la acción martianas dejaban a los lectores futuros el significado de una escritura singular. Concluía el tiempo de la creación y se iniciaba el de la exégesis.

El lector, el crítico, construye el significado de la literatura a partir de las orientaciones derivadas de los propios textos. No existe una regla general, una fórmula mágica que permita interpretar cualquier obra literaria; tampoco un lector abstracto. La escritura es lo que permanece para ser leído y cada lector –todos y cada uno de los lectores- construye en silencioso anonimato su propia interpretación textual (Una retórica del silencio Lisa Block de Behar, 1994). En los silencios de la escritura y de la lectura, en aquellos “lugares de indeterminación” que postularon los críticos de la Escuela de Constanza, cada lector, en función de su personal historia de la literatura, fragua el significado de los textos, aunque cada tipo de textos, cada género, oriente de manera distinta la significación.

El Diario de campaña de José Martí presenta una escritura fragmentada, interrumpida formalmente por una serie de signos que inducen al lector a completar el significado de las palabras por la presencia muda de la acción. Pero, para comprender la originalidad de este texto, no basta decir que en la memoria de los lectores se hace presente la visión de la actividad épica de su autor ni que, si hiciésemos un cómputo de las categorías  gramaticales utilizadas, encontraríamos un predominio de verbos, ni siquiera que el texto se lee siguiendo las pautas receptivas de los diarios o de la literatura de campaña.

En Martí, palabra y acción se complementan significativamente, y en el diario, la acción, que en el momento de ser consumada no constituye todavía palabra, es sugerida por silencios que poseen representación (o su ausencia). Sabemos, por ejemplo, que faltan las páginas 28, 29, 30 y 31 del manuscrito, correspondientes al día 6 de mayo de 1895; observamos también que en la transcripción del original quedan una serie de silencios incomprensibles según la textualidad formal, pero que adquieren sentido cuando pensamos en la actividad que llenaba la vida –y la palabra- de quien escribía al tiempo que luchaba por la independencia. Silencios que colaboran a edificar la significación de una escritura única y sincera.

La palabra ‘sincera’ de José Martí induce un ‘código de recepción veredictivo’, esto es, un código que transforma la verosimilitud característica de cualquier obra literaria en ‘verdad’ transmitida y transformada en escritura por quien protagonizó la historia y percibida como tal por el lector. En el Diario de campaña la sinceridad martiana conmueve como ningún otro texto y, debido a ella, en cada lectura se renueva el sentido de la existencia del autor, que fue acción y palabra, y que, más de un siglo después, continúa siendo escritura y silencio.

Del Autor

Leah Bonnín
Doctora cum laude en Filología Hispánica, licenciada en Psicología y Máster en Literatura Latinoamericana, también realizo estudios de filosofía y judaísmo. Autora del ensayo La memoria en el espejo y de las novelas Flor de acacia. Viaje íntimo al corazón de África y Come on, baby!, así como de las adaptaciones literarias Esperando a las liebres y otros cuentos chinos, El caballito de bambú y otras poesías infantiles chinas, Confucio y El médico mágico. Recientemente publicó en la editorial Betania su novela Enterrado mi corazón.