Haruki Murakami: Metafísica transparente

Arnaldo Díaz Borges

El sacerdocio budista-profesoral del padre se mezcló con el afán comercial de abuelos maternos, para converger, quién sabe cómo, en el quehacer literario de Haruki Murakami (Kioto 1949).

Si a la influencia progenitora le sumamos otros ingredientes como: regentar un local de jazz (El gato Pedro) en los años setentas y principios de los ochentas en Tokio, y las traducciones de clásicos de la literatura occidental al japonés, el producto es, sin lugar a dudas, la prolífica obra del autor japonés más vendido del momento.

En Murakami convergen Oriente y Occidente en fusión perfecta. «Lo oriental y lo occidental están mezclados, y no es fácil definir qué es una cosa y qué la otra. Yo, por ejemplo, nací en Japón, hablo japonés y como comida japonesa, pero también me gustan el jazz y la literatura occidental. Y supongo que en mi obra no se puede diferenciar lo uno de lo otro».

Quizá este colage cultural empaña la vista a críticos y detractores, que ven en los altos niveles de venta la agonía de la “buena literatura” y califican de pop el arte del japonés. “Creo que no les gusto porque siempre intento absorber cualquier influencia. Stephen King, Dostoievski, “Los Soprano”… Soy como una esponja. Me gusta el arte más serio y el más popular. Me interesa todo. La música pop, las series de televisión, “Lost”, Radiohead y las sinfonías clásicas”

Gatos parlantes y piedras y árboles con mensajes y claves, son parte del material metafísico de una de sus novelas, “Kafka en la orilla”. En ella el autor se vale de historias paralelas unidas por vasos comunicantes: subtramas que, en alguna ocasión, quedan inacabadas. El adolescente Kafka Tamura se marcha de casa al cumplir quince años, escapa de las malas relaciones con el padre y la ausencia de su madre. Mientras, el entrañable Nakata, quien de niño (segunda guerra mundial) sufrió un accidente que le dejó sin memoria y dificultades para el aprendizaje y comunicarse solo con gatos, huye también dirección Sur para entrelazar destino con el joven Tamura. Llama la atención las causas e investigación que desarrolla el autor sobre el accidente de Nakata, que luego quedan en la profundidad del iceberg para sembrar duda entre realidad y ficción, si tenemos en cuenta el momento histórico, segunda guerra mundial. El autor peca en el intento frustrado de manipular al lector.

Otro ingrediente imprescindible en la obra de Murakami es la música. Y dentro de la música, el jazz: trabajó en una tienda de discos en sus años universitarios, colecciona vinilos, más de 7000 discos, según testigos; y, para colmo, trabaja, escribe, a ritmo de jazz. No es de extrañar que fuera “Tokio Blues”, en 1986, su primer gran éxito literario, traducida a 36 idiomas. El personaje “escucha casualmente mientras aterriza en un aeropuerto europeo una vieja canción de los Beatles, y la música le hace retroceder a su juventud, al turbulento Tokio de finales de los sesenta”. Quizá una trama más “floja” que las posteriores, demasiado descriptiva, destila melancolía de principio a fin.

Este año ha vuelto el autor japonés con la colosal novela “1Q84″. (La Q y el 9 se pronuncian igual en idioma japonés, homófonos) ¿Versión nipona de “1984” de Orwell? Quizá un homenaje a este, donde la soledad de los personajes vuelve a juntarlos en un destino común, y la critica a la corrupción y otros males de la época dan el toque orwelliano a la narración. “Es la historia de una asesina, Aomame, una mujer independiente, instructora en un gimnasio (otra de las aficiones del autor: el deporte, correr) y un profesor que sueña con ser escritor, en el escenario de un mundo paralelo a Tokio en 1984″.

La transparencia del lenguaje y el estilo directo caracterizan la obra del autor japonés más cool (¿fresco?) del momento. La influencia, evidente. Incluso el argumento de Lost in Translation, segunda película escrita y dirigida por Sofía Coppola, se inspiró en la obra de Murakami. La crítica está dividida. La polémica, en los gustos.

Del Autor

Arnaldo Díaz Borges
(Holguín, 1970). Periodista y escritor. Durante su estancia en Cuba fue realizador y guionista de programas de Radio (Metropolitana, Ciudad de La Habana ) y colaborador del Instituto Cubano del Libro. Actualmente reside en Madrid.