Un aparte sobre El hombre que amaba a los perros

Félix Luis Viera

El hombre que amaba a los perros

Leonardo Padura
Tusquets, 2011

 

El hombre que amaba a los perrosEsta novela Leonardo Padura demuestra, con creces, aquella aseveración de que la creación literaria puede ser la crónica más fehaciente y necesaria de una época, un suceso, un devenir histórico. La historiografía no está apta para ir al detalle, al cosmos y al microcosmos vital de lo antes relacionado. Desde hace mucho tiempo no pocos políticos y politólogos han proclamado haber aprendido más de un pasado determinado, con la narrativa de ficción que con los textos de historia.

El hombre que amaba a los perros se aviene con la máxima a la que se suman no pocos autores de que una novela son muchas novelas, que la novela, a diferencia del cuento, gana y se resuelve por acumulación. Si bien, es cierto, hay obras de un solo plano, breves, que han trascendido por sus excelentes bondades artísticas.

Esta novela de Leonardo Padura es un paradigma en cuanto a la exposición de elementos, de devenires de una etapa que convulsionó al mundo, que lo escindió entre dos grandes ánimos totalitarios sangrientos, el nazismo y el estalinismo. La fragua en donde se coció el asesinato de León Trotski resulta sólo el epicentro de un todo histórico que abarca casi un siglo y se desarrolla en varios países, con sus identidades, ideologías, raigambres sabiamente expuestas. A lo largo de esta obra se constata que el autor debió de llevar a cabo una labor monumental para recabar datos, testimonios, pareceres. Pero esto nada hubiese sido si la capacidad creadora de Padura no hubiera conseguido darle una enorme credibilidad —y verosimilitud de ficción, que eso es otra cosa— a El hombre que amaba los perros. Y lo más difícil quizá: amenidad.

He leído algunos comentarios que recriminan a la novela en cuestión por un lenguaje poco creativo. Cierto es que en El hombre que amaba a los perros    el lenguaje es manso, y que aquí y allá nos hallamos frases convencionales. Pero no podía ser de otra manera: la estructura de la novela no resistiría otro lenguaje que no fuera el escogido. En una narración como ésta resulta imposible —hasta hoy—valerse de un lenguaje de pirotecnia, digamos, asumido por tal cantidad de personajes de diversas filiaciones e idiosincrasias. Sencillamente sería imposible, y fallido estéticamente si se intentara. Nótese, para calzar esta observación, que el autor comienza cada capítulo con introducciones más bien largas, de tono neutral, y que la novela avanza a grandes zancadas en cuanto al tiempo narrado. De modo que, siendo así, se suma otro argumento de que, de ningún modo, cabría una especulación lingüística.

A quienes amamos la literatura escrita por cubanos nos debe estimular el reconocimiento internacional que va alcanzando El hombre que amaba a los perros. Y a quienes amamos al lector cubano residente en la Isla, regocijarnos de que aquéllos hayan tenido la oportunidad, gracias a la anuencia del Instituto Cubano del Libro, de tener libre acceso a un portento de nuestras letras.