Escribir con los ojos cerrados

Rubén Sánchez Trigos

El escondite de Grisha

Ismael Martínez Biurrun
Editorial Salto de Página

 

El escondite de Grisha Ismael Martínez BiurrunDice Aristóteles en ese manual fundacional de narrativa que sigue siendo la Poética, que, en lo que a la verosimilitud de un relato se refiere, se debe preferir lo imposible verosímil a lo posible creíble. Esta regla de oro, que a primera vista parece adaptarse como un guante al género fantástico, es, sin embargo, la base que debería sostener cualquier historia, sea cual sea el género en que esta se encuadre, en tanto un relato funciona siempre como imitación (más o menos distorsionada) de la vida. El pamplonés Ismael Martínez Biurrun lleva cuatro novelas haciendo verdaderos malabarismos sobre la fina línea que separa lo verosímil de lo increíble. Hasta ahora, siempre ha resultado ileso; de hecho, es precisamente ese sentido del riesgo –junto a una prosa impecable y una férrea voluntad por trascender las fronteras del género, de cualquier género- lo que lo ha convertido, a día de hoy, en una de las voces más sólidas, inconformistas e imprevisibles del fantástico español actual. Con El escondite de Grisha, su siguiente novela tras la impecable Mujer abrazada a un cuervo, Martínez Biurrun ha ejecutado el que probablemente sea el salto mortal más osado (y temerario) de su carrera hasta el momento.

La trama de El escondite de Grisha se sustenta en la amistad que se establece entre Olmo, un bibliotecario de espeluznante pasado recién llegado a una biblioteca infantil, y Grisha, un niño de origen ucraniano y carácter huraño, usuario de esta misma biblioteca. El elemento fantástico irrumpe en la cotidianidad de Olmo cuando descubre el asombroso don que permite a Grisha comunicarse con otro niño a kilómetros de distancia: escribiendo en un cuaderno con los ojos cerrados. No es, sin embargo, en este quiebro perturbador donde Martínez Biurrun se la juega –todo lo que concierne a Grisha está contado con la habilidad y la elegancia que parece ya marca de la casa-, sino en el desarrollo más terrenal de la trama. Concretamente en un par de escenas que tienen como vector principal la muerte y que definen las motivaciones de Olmo para hacer lo que hace. Verdaderos puntos de giro en su sentido más canónico, es en estos momentos de descarnada humanidad donde el talento de Ismael Martínez Biurrun se la juega –como ya ocurría en Mujer abrazada a un cuervo, pero quizás con menos intensidad- y marca la diferencia con respecto a otros cultivadores del género menos osados. El triunfo, por lo tanto, es mayor.

Ni este caminar sobre el alambre ni nada de lo que sucede en El escondite de Grisha es trivial, y prueba de ello es la estrategia narrativa que Martínez Biurrun emplea para defender en su relato estos y otros instantes tanto o más peliagudos: esta es la elección de Olmo como narrador en primera persona del presente, recurso que no sólo condiciona la información que el lector va obteniendo de la novela, sino que, sobre todo, ayuda a construir una atmósfera de neblinosa irrealidad que (con)funde personaje e historia y que, finalmente, termina por derribar cualquier frontera entre ese imposible verosímil y ese posible creíble al que aludía Aristóteles. Cualquier cosa que suceda en la cabeza de Olmo es la realidad, y en esta máxima radica la auténtica y transgresora concepción del fantástico que maneja El escondite de Grisha. En este sentido, la cuarta novela de Martínez Biurrun es la obra de un narrador en plenas facultades, que ha aprendido a construir sus historias de dentro a fuera de sus personajes –lo que lo acerca al mejor Shyamalan en el cine- aún a costa de renunciar a una parte de sus potenciales lectores -la frialdad de Olmo como narrador puede ahuyentar a un tipo de lector acostumbrado a las amabilidades del mainstream, la escena de la granja, de lejos lo mejor del libro, puede no responder a todas las preguntas que ha sembrado la trama, tal y como cierta literatura nos ha (mal)acostumbrado-. La mejor noticia es que El escondite de Grisha no parece marcar el cenit de nada: las mejores novelas de Ismael Martínez Biurrun aún están por llegar.