Jorge Luis Borges y su poesía completa

Jorge de Arco

Poesía Completa

Jorge Luis Borges
Editorial Lumen, 2011

 

Jorge Luis Borges Poesía Completa Editorial Lumen“Si me obligaran a declarar de donde proceden mis versos, diría que del modernismo, esa gran libertad, que renovó las muchas literaturas cuyo instrumento común es el castellano”. Con estas palabras que servían de prefacio a El oro de los tigres (1972) recordaba Jorge Luis Borges el inmenso poso lírico que aquel movimiento renovador había dejado en él.

Y estas confesiones -y muchas más-, se agrupan ahora junto al grueso de su quehacer poético en un imprescindible volumen que acaba de ver la luz en la editorial Lumen.

Antes de su muerte, Borges (Buenos Aires, 1899 – Ginebra, 1986) compiló personalmente toda su obra en verso y omitió, limó y corrigió los excesos retóricos, las veleidades juveniles y algunos hispanismos y argentinismos que los años habían vuelto innecesarios.

Su poesía se mantuvo desde su primera entrega, Fervor de Buenos Aires (1923), instalada en una suerte de compleja dicotomía que alternaba su devoción por la pureza lírica de Verlaine y el afecto por el hondo decir intelectual de Emerson.

A su vez, los referentes principales a la hora de abordar sus textos anduvieron siempre próximos a las contradicciones del tiempo, a su interés por lo germánico, a su  rendida pasión por su ciudad natal, a la esperanza de conservar viva la memoria  más confortadora…,; pero, sobre todo, a su obsesiva idea de trascender la muerte: `Creo esta noche en la terrible inmortalidad:/ ningún hombre ha muerto en el tiempo, ninguna mujer, ningún muerto´, anota en el poema que sirve como pórtico a El otro, el mismo (1964).

La poesía de Milton, Browning, Withman y Lugones, y el pensamiento de Schopenhauer, fueron fieles compañeros de su viaje vital y literario. A éstos, agregó su personalísima impronta y vastísima cultura. De ahí, que el renovador legado que hoy día llega al lector, sea un llameante volcán donde se mezclan la ternura, el dolor, la épica, el sacrificio, la soledad y ese desdichado abismo de negritud en el que se convirtieron sus lentos ojos. –“La ceguera es una clausura, una soledad propicia a las invenciones, una llave y un álgebra”-.

A ellos, dedicó algunos de sus versos más memorables, insertos en Los conjurados (1985), último poemario que escribiera. Ya en su prólogo advertía: “Yo suelo sentir que soy tierra, cansada tierra. Sigo, sin embargo escribiendo. ¿Qué otras suerte me queda, qué otra hermosa suerte me queda?”. Y en su conmovedor poema “On his blindness”, confesaba: “Al cabo de los años me rodea/ una terca neblina luminosa/ que reduce las cosas a una cosa/ sin forma ni color. Casi a una idea (…) A los otros les queda el universo;/ a mi penumbra, el habito del verso”.

Su proceso creativo partía tras divisar una forma, “una suerte de isla remota”, que los astros o el azar le revelaban. Antes de llegar a la exactitud deseada, el escritor argentino relataba que más de una vez tenía que desandar el camino por zonas de sombras, si no hallaba los dos deberes que consideraba ineludibles para todo acto poético: “comunicar un hecho preciso y tocarnos físicamente, como la cercanía del mar”.

Muchos y hermosos son los ejemplos que nos acerca Jorge Luis Borges y con los que nos roza el corazón. Dominador de las formas métricas y de las estrofas clásicas, su verso fluye con grácil soltura: el endecasílabo, el alejandrino, el soneto…, se van abriendo paso de forma sobria y cómplice al hilo de estas páginas plenas de sentidos y sentimientos: “Soy la cara y la carne que no veo./ Soy al cabo el día resignado/ que dispone de un modo algo distinto/ las voces de la lengua castellana/ para narrar las fábulas que agotan/ lo que se llama la literatura./ Soy el que hojeaba las enciclopedias,/ el tardío escolar de sienes blancas/ o grises, prisionero de una casa/ llena de libros que no tienen letras”.

Aquel hombre viajero, cosmopolita, envuelto en un halo de inquebrantable cordura, enamorado de la palabra y su secreto y de la vida que amó, vuelve hoy hasta nosotros para constatar que sigue y seguirá amando la literatura de su ayer desde el bordón almado que pudo ser su epitafio: “Ajedrez misterioso la poesía, cuyo tablero y cuyas piezas cambia como en un sueño y sobre el cual me inclinaré después de haber muerto”.