Artur Balder y la alquimia del cuento medieval

Pedro Planelles

La piedra del monarca

Artur Balder
Random House Mondadori, 2011

La piedra del monarca Artur BalderRandom House Mondadori, a través de su sello Montena, ha reeditado la primera novela de Artur Balder, La Piedra del Monarca, y lo ha hecho en su sello Montena. Y no es de extrañar que haya sido de este modo: la obra de este autor de origen español (Alicante, 1974) es una joya que se revela magistral en forma y contenido desde el primer momento.

Para quienes ya conozcan la obra de Balder, decir que la historia como substancia ha sido su punto fuerte. Lo ha sido en el terreno de la novela histórica con la muy polémica El Evangelio de la Espada (Edhasa, 2010), novela de ideas además de intertextualidad medievalista, y lo ha sido en el cine con su documental Little Spain (2010), el que ha recuperado la memoria histórica del barrio español de Manhattan. No extraña, pues, que su primera novela entre otras ocho fuese un relato juvenil, ambientado en la atmósfera del relato popular europeo y en un momento histórico concreto: aquel en el que Carlomagno deseaba dejar de ser rey para convertirse en emperador.

Al margen de estos trazos generalistas, lo concreto respecto a la obra de referencia es el valor destacado de su estructura. Siendo la alquimia parte del juego al que el autor entrega a sus jóvenes lectores, la habilidad para crear un marco histórico que no desdeña la lección de la historia.

Y ello trae a colación la rareza de las primeras obras, de los primeros pasos y andares de algunos autores. Sucede con los escritores en ciernes como con las cosechas de los vinos, pues parece ser que en los primeros pasos, cuando la alquimia de la técnica no ha sido depurada y el autor, alquimista distraído en su laboratorio, desconoce el verdadero poder de cada resorte de su lenguaje, es precisamente en ese momento cuando se dan milagros que ni el propio autor podría esperar como propios.

Resulta difícil no entrar en paralelismos algo manidos cuando he leído esta obra que impera en la mente del lector atento, que deja una línea de estupefacción en el adulto aficionado a lo infantil, por lo perfecto de una estructura que subyace y que juega con todos los planos de la narración, dejando intactos para el niño y el joven aquello que él más desea: la acción de unos personajes que, aparentemente liberados en el más absoluto reino de fantasía, están en realidad encerrados en esa circularidad del tiempo tan venerada por Azorín.

Es inevitable mencionar la huella que en el texto balderiano se aprecia de El Hobbit, de Tolkien, por la frescura de los personajes y la sucesión de aventuras minuciosas y bellas, a modo de cuentos independientes que se articulan en un camino que va en busca del clímax. Pero no faltan las influencias de otros clásicos, y con mayor vigor se entrevén las lecturas de Kipling, y hay algo en el joven Bláin, protagonista de esta historia de enanos y gigantes, propio de un lord Jim conradiano, aunque inmaduro, más sencillo, la audacia en estado puro de Juan Sin Miedo.

Sin embargo, no sería lo más destacable el buen hacer del narrador que se ambienta en una época remota, como lo es el entorno de Carlomagno. Se puede leer en las entrevistas al autor que la época del emperador carolingio irradiaba para el resto de la Edad Media posterior una suerte de aura mítica, y que por ello le fascinaba el escenario. Sin renunciar a ese “cuadro” histórico, Balder se mostraba ya en su primera novela, que cogió por sorpresa a un escenario de edición español avasallado por los autores procedentes del mundo anglosajón, que iba a ser avezado en el género de la novela histórica. Pero esa suerte de cuadro histórico es sólo como un escenario perfectamente dibujado y dispuesto, como en un gran teatro; sin embargo, es la magia de los personajes y de las criaturas que lo rodean lo que terminará por ejercer el verdadero encanto del cuento. Entrañables enanos, soberbios gigantes, flora y fauna prehistóricas en un mundo sublunar que es un microcosmos encerrado en la esencia ctónica de la tradición cuentísitica europea.

Si bien La Piedra del Monarca es un libro para niños y algunos adolescentes, lo es también para todos aquellos adultos, padres o profesores, que disfrutan con esa literatura y que, hartos de anotar y releer los cuentos que impactaron su imaginación en la juventud y adolescencia, desean retirarse a otro lado del mundo en el que fuera posible el milagro de volver a descubrir algo semejante, la proeza de seguir siendo niño. Con ello, la obra encierra alicientes que son poco comunes a la literatura fantástica al uso, y que está trillada por el tráfago del mercantilismo abusivo y explotador de géneros, y al que las editoriales recurren sistemáticamente allá donde parece producirse el brote del éxito de ventas. La Piedra del Monarca, sin embargo, conserva esa fuerza de lo intemporal, y ese desarraigo de nuestra época que puede permitir su lectura en generaciones venideras, por tanto el valor intrínseco de lo clásico en potencia.

Al final, me quedo con dos conclusiones que, como adulto, me han asaltado al llegar al final de la historia. La fascinación por el poder del tiempo compone el fondo espiritual de toda la obra, así como por el poder de la palabra, donde los personajes son encerrados en el relato del escaldo o cuentacuentos. La palabra de éste, caminante odínico a la par que tentador de la fantasía, en cierto punto, invade las páginas del libro y arrebata la pluma al narrador, quien desaparece para ceder toda autoridad al cuento narrado dentro de la propia historia, que al fin parece tener la habilidad de hablar por sí misma, de tener vida propia más allá y por encima del autor aparente. Finalmente, el círculo del tiempo se cierra y el espacio se pliega sobre sí mismo, y lo que podrían haber sido días, meses o años  se convierten en dos puntos cuya distancia intermedia es tan relativa como la fugacidad de la existencia misma.