Poe y su influencia sobre nuestros fantásticos

Rubén Sánchez Trigos

La sombra del cuervo

David Roas.
Devenir Ensayo.

 

La sombra del cuervo, David RoasAsegura el profesor, investigador y escritor –no necesariamente por este orden- David Roas que con La sombra del cuervo cierra un ciclo de trabajos dedicados al fantástico español en el siglo XIX, tema al que dedicó su tesis doctoral. Trilogía, por lo tanto, que empezó con los libros Hoffman en España (2002) y De la maravilla al horror (2006) y que ahora completa con este ensayo de cuyas intenciones da sobrada cuenta su subtítulo: Edgar Allan Poe y la literatura fantástica española del siglo XIX. Quienes ya se hayan acercado con anterioridad al trabajo de Roas en su faceta investigadora sabrán qué esperar de estas páginas: rigor, sentido de la concreción y, sobre todo, ese firme compromiso con la causa fantástica que tan coherentemente ha cohesionado su obra hasta el momento.

Tres son las partes que articulan el volumen, tras una introducción donde se analiza la literatura fantástica española antes de la recepción de Poe, es decir, en la primera mitad de siglo, mediante reflexiones que resumen lo que ya planteara Roas en De la maravilla al horror. La primera de estas partes se confiere a la traducción de Poe en España; la segunda tiene que ver con la recepción que los críticos españoles depararon al autor bostoniano, y la tercera, y más extensa, se consagra a estudiar la obra fantástica de autores españoles que, según el criterio de Roas, nace bajo la influencia del autor de El gato negro, ya sea mediante adaptaciones y/o imitaciones confesas o mediante cuentos más o menos originales. El libro, además, culmina con un completo catálogo de traducciones de Poe al español y con la relación del resto de relatos recogidos en el texto. Todo ello lo emplea Roas para demostrar la tesis de que la mayor parte de la literatura fantástica española de la segunda mitad del siglo XIX se encuentra profundamente condicionada por la influencia de Hoffman y de Poe, y que esta influencia es, probablemente, la que decide el camino a seguir por parte de los autores a partir de entonces.
Los logros de La sombra del cuervo, sin embargo, no se detienen, consciente o inconscientemente, aquí, sino que, en el transcurso de esta investigación acaban por dibujar un panorama certero del cultivo del género en la literatura española de este periodo. Buena culpa de ello la tiene la estrategia escogida por su autor: es decir, el estudio de literatura comparada que ocupa el grueso de esa tercera parte y que analiza exhaustivamente los cuentos escogidos –Bécquer, Serrano Alcázar, Alarcón o Escamilla entre otros- a la vez que los confronta con las obras de Poe en las que se miran. Esta parte no sólo desarrolla el objetivo del libro como tal, sino que ofrece al lector un puñado de ejemplos pormenorizados de la forma en que nuestros autores entendían lo fantástico en el siglo XIX. Sólo cabe reprocharle a Roas que haya limitado un tanto el número de cuentos seleccionados, considerando lo escaso de estudios como el suyo.
La sombra del cuervo, así, puede leerse como un trabajo auto-conclusivo, pero, en opinión de quien esto suscribe, adquiere toda su dimensión si se completa con los dos volúmenes ya mencionados, pues, en cierto modo, el estudio de Poe y su influencia sobre nuestros fantásticos –o, a veces, sobre nuestros realistas metidos a fantásticos- viene a ejemplificar muchas de las tesis defendidas anteriormente en ellos. Nada volvió a ser lo mismo tras la irrupción de gatos negros, cuervos, entierros prematuros y dobles crímenes perpetrados por manos no humanas, pero, sobre todo, tras la pátina de fina ironía con la que el de Boston supo distanciarse de los lugares comunes del género y exteriorizar aquellos horrores de la mente humana que hasta entonces la literatura había exorcizado a través del monstruo. De todo ello, y de cómo tampoco la literatura española fue ajena a esta revolución –tal y como a veces se ha defendido-, da buena cuenta este ensayo.