Los libros y los días

Por Temístocles Roncero

Hoy es sábado 31 de diciembre, aunque este artículo saldrá un lunes. Estoy en mi casa de Admorum (viejo buque que aún navega, decía mi padre), iniciando este texto que, casi con toda seguridad, será lo último que escriba este año que ya agoniza.

La Nochebuena se viene,
tururú,
la Nochebuena se va.
Y nosotros nos iremos,
tururú,
y no volveremos más.


El mapa y el territorioElisa, mi única y caprichosa hija, me ha llamado hace un rato para decirme que ya salía de Madrid. Iba a venirse ayer, pero se entretuvo a la salida del trabajo con una compañera (eso dice al menos) y se le hizo tarde para coger el coche. Le he pedido que me traiga una bolsa que me dejé olvidada en el despacho, encima de una silla, y que contiene El mapa y el territorio (Anagrama) de Michel Houllebecq y Niños feroces (Destino) de Lorenzo Silva.  Son para regalárselos a Solutor, mi más viejo y querido amigo. No traiciono a mi memoria si afirmo que éstas son las dos mejores novelas actuales que he leído en este primer trimestre (no, aún no he tenido tiempo de calzarme los mamotretos de Franzen y Foster Wallace).

El mapa es ganadora del premio Goncourt y ha conseguido que vuelva a reconciliarme con el gabacho. Su estructura algo desmañada (Houllebecq es un novelista puramente intuitivo) no impide que nos encontremos ante una gran novela, llena de hallazgos luminosos y pasajes memorables. La vida del artista Jed Martin, sus (escasos) enredos amorosos, la espinosa relación con su padre, el éxito mundial de su obra y la soledad que empapa sus días, nos conmueve y nos induce a la reflexión, nos enfrenta –como si fuera un Balzac contemporáneo– con nuestra sociedad de hoy, en una arriesgada trama que mezcla géneros, frondosa y plagada de claroscuros como la vegetación que crece y que todo lo cubre…

Lorenzo Silva es un escritor prolífico y bastante versátil, conocido sobre todo por ser el creador de Bevilacqua y Chamorro, pareja de guardias civiles cuya simpatía ha sabido granjearse el favor de la crítica y del gran público, y que para mí, junto con García Pavón y Vázquez Montalbán, supone la mejor muestra del género policiaco en España. Además, es autor de numerosas novelas de diversa temática, entre las que destacan: La sustancia interior, La flaqueza del Bolchevique, El nombre de los nuestros y Carta Blanca. Ahora publica Niños feroces que, por su fuerza narrativa, su amenidad y su hondura, viene a sumarse felizmente al selecto grupo. Silva cuenta una historia clásica pero lo hace bajo un prisma moderno, acorde con el fragmentario y tecnológico mundo de Lázaro, un chaval de 23 años que encuentra en las peripecias de Jorge (voluntario de la División Azul) material para construir su primera novela. Ficción y ensayo se dan la mano para mostrarnos, con enorme lucidez, buena parte de los horrores del siglo XX hasta llegar a nuestros días. Y hasta aquí puedo leer. No me gusta desvelar demasiado acerca de los libros que recomiendo. El lector debería llegar a ellos libre de prejuicios, con esa mirada infantil y primigenia que todo lo contempla y le sorprende. (Sería conveniente que aprendiéramos de nuevo a ser ingenuos.)

 

Escribo muy rápido, golpeando el teclado casi con furia, como si fuera una ametralladora. El hecho de que hoy se acabe el año me tiene muy nervioso. Es una tontería, pero me ocurre desde siempre. Siento un cosquilleo en el estómago, una mezcla de alegría y de tristeza que me hace tropezar conmigo mismo y que me desborda e inunda las cosas, haciendo que todo se vuelva un poco más borroso, un poco más frágil, como si fuera a iniciar un viaje. De momento, hasta que irrumpa el próximo año y toque doce veces a los postigos de nuestra vida, arrojo un par de leños a la chimenea y, alentado por el calor, continúo con mi tarea.

 

Sigo a Javier Puebla desde que fue finalista del Nadal con Sonríe Delgado, novela juguetona y bien domada. Poco tiempo después, tuvimos ocasión de conocernos personalmente. Aquejado por unos fuertes dolores de espalda, el traumatólogo me recomendó hacer natación. Odio el deporte, pero no tuve más remedio que obedecerlo. Y fue allí, en la piscina a la que arrastraba mis retorcidos huesos dos o tres veces por semana, donde coincidí con Puebla. Jamás había contemplado nada igual. Se deslizaba con rapidez y agilidad, sin esfuerzo, en una elegante coreografía de brazos y piernas, abriéndose paso entre las aguas como un Moisés moderno o una criatura marina. Pero, lo que más me sorprendió, fue que nadaba con sombrero. No un gorrito de baño.  No, no, no. ¡Un sombrero de pana marrón! Desapareció bajo el agua y, en un instante, salió de ella propulsado, ejecutó una voltereta en el aire y cayó de pie en el bordillo, junto a mí.

–¿Qué pasa man? –me soltó con descaro–. Soy Puebla. Javier Puebla –y me extendió la mano, tan mojada como el resto de su cuerpo, el sombrero asombrosa y absolutamente seco.

–Temístocles Roncero –le extendí la mía, no sin cierta cautela–. Encantado.

–Lo mismo digo, Temis. Qué bonito nombre. A partir de hoy, Temis, seremos buenos amigos –y me apretó la mano con fuerza, sellando una amistad que, libros y años después, aún sigue vigente.

Lo que más me gusta de Puebla es que siempre está igual. Quiero decir que siempre tiene una sonrisa y una palabra agradable para todo el mundo. No es una de esas personas que un día te comen y al siguiente te aborrecen, con las que nunca sabes a qué atenerte. Todo lo contrario. Tendrá sus miedos y zozobras pero nunca los manifiesta, no consiente que una sombra enturbie la chispa de sus ojos. Su vitalismo es arrollador.

Editorial Haz Milagros

El otro día me trajo No siempre es tarde de Lorena Liaño y EnRedes de Amparo Baliño (I Premio de Narrativa Gavia Blanca). Novelas fraguadas en su taller literario, publicadas por Haz Milagros, la editorial que se sacó de la manga (o mejor dicho del sombrero, tan mágico como el bolso de Mary Poppins) para publicar las mejores obras de sus alumnos. Todavía no he podido echarlas un vistazo, pero Puebla me asegura que son muy buenas y yo le creo.

La espantosa intimidad de Maxwell SimTambién insiste en que lea La espantosa intimidad de Maxwell Sim (Anagrama) de Jonathan Coe. Una auténtica maravilla, me dice. Vale.Pulso

Lo leo a cambio de que tú leas Pulso, de Julian Barnes, también en Anagrama.

Sólo por el primer cuento, “Viento del este”, una historia de amor con aroma a Le Carré, merece la pena tenerlo.

Ya sabes que Barnes es uno de mis escritores favoritos, le digo.

Y en eso quedamos.

 

 

Jenn Díaz. Hazme caso y recuerda este nombre. Esta chica, nacida en Barcelona en 1988, inteligente y trabajadora, llegará muy lejos, tan lejos como ella quiera.

De momento ha publicado Belfondo (Principal de los libros), una de las sorpresas más gratas del año, novela tierna y poética, conjunto de pequeñas historias nimbadas por un irresistible encanto, algunas muy irónicas. También es la subdirectora de Granite & Rainbow, revista digital que, según me cuentan, prepara una edición en papel. Así da gusto.

Belfondo

 

El viejo Temístocles terminó de escribir su artículo, lo leyó despacio, en busca de alguna errata, y se tumbó a descansar, a soñar con mujeres y libros.