Adiós, querida maestra

Uriel Quesada

Carmen Naranjo

Carmen Naranjo: un icono de la literatura y el mundo cultural costarricense

No acostumbro hablar en esta columna de cosas muy personales.  Me parece que los lectores y lectoras prefieren saber de la visión de mundo, de la cultura, de la forma en que los columnistas de Otrolunes percibimos la realidad alrededor.  Hoy, sin embargo, me dedico a hablar del dolor. Del mío.  De hecho, el primer borrador de este comentario no era sobre el tema al que me referiré en breve, sino sobre la vejez y las dificultad que tenemos muchos de nosotros para reconocer los signos de una vida que se deteriora.

Escribo el 4 de enero del 2012. Por el Internet circula la noticia de que ha fallecido Carmen Naranjo. Para quienes no estén familiarizados con Costa Rica el nombre quizás no les diga mucho.  Para los costarricenses, Carmen representa muchas cosas: una extraordinaria escritora de vanguardia, una activista por los derechos civiles y humanos, una funcionaria pública honesta y valiente, una feminista… Para mí además fue la persona más importante cuando empezaba a escribir. Fue mi mentora, mi maestra, una persona a la que admiré y quise entrañablemente, y a quien le debo más de lo que me estas palabras pueden expresar.  La conocí como figura pública, guía de generaciones de escritores, y un poco como persona.  Representó como pocos la figura del intelectual comprometido, consecuente con el pensamiento humanista.

Carmen llegó a mi vida en el momento justo, cuando yo tenía 19 años y me sentía totalmente perdido.  Aunque estudiaba estadística yo sabía que deseaba ser escritor, pero no encontraba el espacio ni la gente que me permitiera explorar esa parte tan íntima y esencial de mí mismo.  Recuerdo haber leído en un periódico que Carmen Naranjo convocaba a un taller de narrativa en el Museo de Arte Moderno de San José. Después de dudarlo mucho y vencer mi timidez di el gran paso y me inscribí.  El taller implicaba asumir por primera vez públicamente el papel de escritor, hacer lecturas  ante gente que no conocía,  aprender a recibir críticas y plantearme retos personales.  Demasiado para un chiquillo pobre de provincias.

Carmen había sido nombrada directora del museo.  Con ese puesto estaba abriendo una nueva etapa en su carrera, luego de muchos viajes y de una intensa participación como intelectual socialdemócrata. Cuando abrió el taller recién regresaba del International Writing Program, de la Universidad de Iowa.  Su método de trabajo era, sin embargo, bastante tradicional. Uno preparaba una historia, la leía en voz alta, escuchaba los comentarios de los otros talleristas, finalmente el de Carmen. Ella además se llevaba los cuentos a casa y los devolvía con correcciones y comentarios. Pero el taller constituía, además, un imán para todo tipo de gente.  Los asiduos conformábamos un grupo heterogéneo, fuera por nuestros intereses, nuestras habilidades, nuestras diferencias de clase y edad, e incluso nuestras ideas sobre lo que era la literatura. Había quienes se declaraban no-escritores o que se aferraban a formas literarias ya completamente superadas.  Algunos eran bastante excéntricos y hasta hubo una persona que anunció desde un principio que era enfermo psiquiátrico y que asistía al taller por motivos terapéuticos.  Nos llegaban visitantes de todo tipo, a quienes escuchábamos conversar con Carmen. Podían ser artistas o intelectuales, exiliados centroamericanos, gentes en busca de ayuda, practicantes de artes esotéricas y alguna que otra estrella de la política local. Gracias al taller mi mundo se amplió, aprendí a respetar las ideas ajenas y los principios de la tolerancia.  Aún más importante para mí fue el hecho de sentirme querido.  Por primera vez no veía conflicto entre mi interioridad, mis sueños o deseos y el espacio en el que me hallaba.

Carmen me animó a presentar mi primer libro, Ese día de los temblores, a la Editorial Costa Rica, por entonces el editor más importante en el país.  Luego dejé de asistir al taller en forma regular, pues trabajaba tiempo completo y tomaba clases por la noche. Nuestra relación se volvió más de amigos, y juntos participamos en algunos proyectos, la mayoría batallas perdidas de soñadores empedernidos. Con el tiempo dejamos de vernos.  Ella se había jubilado como directora general de la Editorial Universitaria Centroamericana, EDUCA, y se había metido en su casa en uno de los barrios de San José.  Época difícil, oscura, terminó poco después de la muerte de su madre.  Ya para entonces yo entraba en mi propio túnel, el que acabaría dirigiéndome hacia Estados Unidos.

Cada vez que regresaba a Costa Rica trataba de verla. Carmen vivía su retiro en una pequeña finca de café, en una casa de madera con grandes balcones por donde entraba abundante sol. Al envejecer parecía empequeñecerse, pero seguían intactos su curiosidad, su afecto y sus grandes ojos de niña traviesa. Nos despedimos por última vez en enero de 2010.  Hoy, mientras escribo estos recuerdos, la veo sentada a su mesa tomando café con el pan que mis amigos y yo le trajimos de la ciudad. La escucho otra vez preguntar por mí, decirme lo guapo que me encuentra, comentar algún asunto que le ha llamado la atención.  La vida no nos alcanzó para planear nuevos proyectos ni para ponernos al día con la historia de nuestras andanzas.  Nuestra conversación, sin embargo, no ha terminado.  Seguirá algún día, de alguna forma, sea en el sueño o en la muerte, pues aún faltan secretos y sueños por compartir.