¿Cómo se sirve la venganza?
o Los chicos de las taquillas de Rýu Murakami

Francisco Alejandro Méndez

Si te vas a vengar, que la venganza no sea más fuerte que la ofensa
El Corán

Los chicos de las taquillas

No cabe duda que combinar imaginación con referencias personales y de contexto, más las intelectuales, es una muy buena fórmula para producir una gran novela. Ah, claro, me olvidaba, con una buena dosis de talento, malicia y colmillo.

Las anteriores reflexiones me surgen, para empezar este pequeño texto, del resultado de haber leído la genial novela Los chicos de las taquillas , de Ryu Murakami, baterista de rock y uno de los escritores y directores de cine japoneses más controversiales de la actualidad. Es la tercera novela que me devoro, pues de su producción, hasta estas latitudes centroamericanas únicamente han llegado Azul, casi transparente, Sopa de Miso y la que me referiero en este texto.

Debo también reflexionar al respecto de ¿por qué? un texto te hace tambalear, sudar, comer ansias, tomar más cerveza, rascarte la cabeza o apretar los ojos casi hasta estallarlos. Respuestas hay muchas, pero una de ellas podría ser quizá nos hubiera gustado escribir esa novela. Existe algo en el texto que te atrae de tal manera, te seduce, te confronta, te cimbra de pies a cabeza, te hipnotiza. Es eso cabal, te hipnotiza, se apodera de tu mente y te convierte en narrador, en protagonista, en el autor, en lo que pudo ser el autor. Llega un momento en que sentís que fuiste vos el que la escribió. O mejor dicho, la está escribiendo y cual Alicia, observas el mundo de la novela desde el espejo, con ojos de gato, con los colores del tablero de ajedrez, porque ya no tenés más ojos para ver lo demás. Es como que te mimetizaras con el texto, de repente es tuyo. Descubrís alguna línea y decís, “si pues, eso es lo que yo esperaba” (el horizonte de expectativa lo llaman los socio-críticos) y casi como que adivinás lo que va a ocurrir cuando doblas la página. Pero claro, lo que más te encanta es que no ocurra lo que estabas pensando, sino que el autor, que muchas veces pensás que es tu consciencia, salió con algo impensable, que te sorprende, te hace reír o a veces llorar.

Pues bueno, lo cierto es que me enfrenté a un texto que me fue sorprendiendo página a página, me ganó hasta que me dejó imaginando cómo puedo yo comentar un texto que me maravilló de esa forma. Ahora veremos.

Esta es la historia de Hashi y Kiku. De ellos conocemos desde que tienen horas de nacidos, hasta la debacle de sus vidas, sin apenas llegar a los veinte años. Ambos comparten la suerte de haber sido abandonados por sus madres en taquillas del tren. Dejados al garete, con la esperanza de que murieran, ahogados en su propio sudor o sofocados por el estúpido calor de una urna metálica o de que alguien los encontrara gracias a sus estridentes gritos y como salvador, los volviera a la vida.

En efecto, ambos son rescatados y llevados a Los Cerezos un orfanatorio, donde socializan con otros niños con historias similares y con abnegadas beatas que velan por ellos. Ambos arrastran ciertas reminiscencias de sus primeras horas de nacidos. A uno de ellos, su madre, tras introducirlo en la caja en la que lo abandonó, le chupó el pene para comprobar si el bebé iba a llorar, de hecho, de esa manera comienza la novela: “La mujer presionó el estómago del bebé y empezó a chuparle el pene; era más fino que los mentolados americanos que ella fumaba y un poco viscoso, como pescado crudo…”1 .

Ambos niños se van quedando rezagados en adopción, pues en Los Cerezos se le daba prioridad a aquellos que habían perdido a sus padres en algún accidente. Con el tiempo, las monjas deciden llevar a ambos a terapia, la cual consistía en trasladarlos a una habitación en la que únicamente hay un sofá y una pantalla de 72 pulgadas que emite imágenes de playas, esquiadores en la nieve, pájaros, peces tropicales, entre otros. A Kiku y a Hashi les proporcionaban, antes de que comenzara la función, un jugo de guayaba mezclado con una extraña sustancia que los mantenía bastante quietos. En esta terapia se incluye un ruido de fondo, en el que se puede escuchar un corazón bombear ¿o eran las olas del mar?, lo cierto es que el tratamiento se proponía que ambos pequeños no se percataran que ellos eran los que estaban cambiando su condición de abandonados, sino que era el mundo el que estaba cambiando por ellos.

 

Kiku

Comenzamos a descubrir en estos dos pequeños dos mentalidades y personalidades  distintas. Sin embargo, ambos tienen un objetivo oculto, el cual se centra en la venganza individual. Sí, vengarse del mundo, de todo lo que pueda ser vengable. Por ejemplo, Kiku, quien debido a su buena estatura y a sus habilidades deportivas, se convierte en un experto saltador de pértiga, encontrará en la datura, una posibilidad para volar en pedazos a Japón. Su vida se ve marcada además por presenciar la muerte de su madre adoptiva, de conocer las “bondades” del Toxicentro, de encontrar, en contra de sus deseos, a su madre biológica y en dispararle un escopetazo en la cabeza, para parar en el correccional. En este sitio conoce a otros cuatro internos, con quienes compartirá la afición al atletismo, al mar. Es genial cómo este personaje se enrola en el equipo que practica ejercicios marítimos. Sus cuatro colegas internos presentan cada uno diversas personalidades que van desde el odio a sus madres, hasta el llanto por sus pequeños recién nacidos. Sí, el mar es una buena referencia y cómo no serlo en un país que es una isla. Ese mar que le proporcionará la anhelada datura, una planta que le aportará los elementos para enloquecer a Tokio. La vida de Kiku también se ve influenciada por una simpática mujer. Ella es Anémona.

 

Anémona

Es una muchacha, que entre modelo para anuncios de televisión y una desordenada vida familiar, encuentra en un cocodrilo su razón de vida y más adelante en Kiku, su alero para destruir el mundo. Sus padres tienen, cada uno, una pareja secual, a la que invitan a la casa mientras le explican a Anémona que de esa manera se aman más. Ella decide refugiarse en una mascota. Se trata de Gulliver, un reptil que fue comprado como una pequeña mascota, pero que a casi un año de edad, mide casi dos metros de largo, con la capacidad de ingerir casi veinticinco libras de carne al día. Anémona tiene que ingeniárselas para salir a comprar pollo y ponerlo a que se pudra en algún rincón de la casa. Al simpático animal, su dueña le pone música de David Bowie, especialmente Uranus, una pieza que casi que lo hipnotizaba. Los padres de Anémona amenazan con enviar a Gulliver al zoológico, sin embargo, ella también amenaza que se suicidará si eso ocurre. Al final se muda a un apartamento, donde le construye al cocodrilo un hábitat tropical, casi como efectos especiales de un pantano, para que el animal esté a gusto y a sus anchas. Al sitio le denomina Urano en homenaje a la pieza de Bowie.

Cuando anémona conoce a Kiku siente atracción por su decisión de acabar con Japón, por su escepticismo hacia los demás seres humanos y por su corpulencia física. Kiku se siente atraído por ella, debido a la búsqueda que Anémona por el Rey de los Cielos, un lugar inalcanzable, ideal para Gulliver. Ambos hacen click en su relación. Ella sigue sus pasos en el reformatorio, huye con su mascota por las carreteras, en las que el infeliz cocodrilo encuentra la muerte, tras ser aplastado por varios camiones, luego que se abrió la puerta de su cuatro por cuatro, donde viajaba enroscado el animal. En homenaje a su mascota, Anémina recolecta todos los pedazos y toma la difícil decisión de “enterrar” los restos del animal.

 

Hashi

Desde pequeño armó con sábanas sillas y sillones una casa en la que él mismo podría ser el amo, el rey o la princesa. De niño encontró su razón de ser, tras escuchar la maravillosa voz de una cirquera. A  partir de ese momento decide cantar y buscar el sonido ideal, como el utópico, el que podría trasladarlo al limbo o, mejor, devolverlo al útero. En efecto, su voz puede doblegar hasta el más furioso asesino o peor de los luchadores. Tras su conversión en homosexual y deambular por los distintos intersticios del Toxicentro (un barrio o ciudadela, donde deambulan extraños personas y que es custodiado por el ejército ya sea para no entrar o para salir), donde conoce a personajes tan verosímiles como Terremoto, un asustadizo viejo que tras escuchar ruidos extraños emitía la alarma de terremoto. Prostitutas, proxenetas, hombres de testículos gigantes, mendigos que hacen la felatio, son algunos de los personajes que tiene relación con Hashi, quien cae en los tentáculos de D, un empresario formador de talentos nacionales. Precisamente es con D con quien comienza una carrera como cantante, donde tras renunciar a su homosexualidad, conoce a Neva, una extraña y físicamente dañada mujer que además de ser su estilista se convierte en su esposa. Durante su carrera musical Hashi arma una banda integrada por músicos escogidos selectamente a partir de dos condiciones: poseer un buen nivel económico y ser homosexuales. La banda resultó ser tan perfectamente ensamblada que no lograba el efecto debido en el público. Hashi pensó que su voz era la causante, por lo que tomó la aviesa decisión de partirse en dos la lengua para causar un efecto especial en su canto. A Hashi le ocurre lo que a muchas estrellas: su fama lo destruye y se apodera de él. Así como Kiku encontró en la muerte de su madre biológica, una razón para destruir Japon, él creyó que encontraría en el asesinato de Neva y un pequeño que llevaba en el vientre, la solución a ese eco que le retumbaba en la cabeza desde que de pequeño asistía a las terapias.

 

Final necesario

En definitiva, un novela devastadora en cuanto al abordaje que realiza de los diversos comportamientos del ser humano; las filias y las fobias entrelazadas con la vida posmoderna de una nación occidental en oriente. Una sexualidad desenfadada, ambición, pero sobre todo venganza, una venganza, especial, que hela la sangre y rebasa los límites de la imaginación.

Notas del artículo

  1. Por supuesto que la que leo es una novela traducida al español.