Compromiso de autor vs Autor de compromiso

Edgar London

En tiempo de las dos Alemanias un perro escapa de Berlín y cruza el muro que las separaba. Apenas cae al lado occidental otro perro le increpa:
- ¿Estás loco? Esto es el capitalismo. Aquí no hay educación ni salud gratuita y necesitas pelear hasta por un pedazo de hueso. ¿Cómo te arriesgas a venir?
El recién llegado asiente con la cabeza y antes de responder busca los ojos de su compañero.
-  Es que tenía unas ganas de ladrar que no te imaginas.

 

Nicolás Guillén, Raúl Rivero, Pedro Luis Ferrer, Silvio Rodríguez, Gloria Estefan, Pablo Milanés, Guillermo Cabrera Infante, Sara González, Reinaldo Arenas, Korda… La lista realmente no sería infinita, aunque sí bastante extensa, por tanto prefiero limitarla a esos diez primeros nombres escogidos al azar dentro de un universo nada caótico con el único objetivo de preguntar: ¿qué los une?

En primer lugar, son artistas. En segundo puesto (y no menos importante), todos ellos utiliza(ro)n su talento para apoyar o criticar la Revolución Cubana. A veces de manera directa, a veces con sutiles rodeos que los hacen tanto o más responsables de sus intenciones. Sin embargo, lo verdaderamente revelador desde mi humilde y asediado punto de vista, es el motivo que impulsó a unos y otros. De esa tenue enumeración cabe señalar quienes se sintieron comprometidos con el poder de la creación mientras otros terminaron por comprometer sus creaciones. Y advierto de antemano que este retruécano bien podría devenir antítesis desde una perspectiva no sólo semántica sino ideológica.

Recuerdo que en El elefante y la bicicleta, una de esas (más abstractas que cubanas) películas de inicios de los noventa, se lanzaba una curiosa interrogante: ¿cuál es el papel del arte? Y a grosso modo se marcaban dos horizontes optativos: O servía de válvula de escape ante una realidad difícil o se encargaba de denunciarla a los espectadores.

Claro, en Cuba, esa posibilidad de denuncia (entiéndase crítica, desacuerdo, argumentación explícita) intentó ser cercenada literalmente sino desde 1959, al menos sí cuando concluyeron las difíciles (y esclarecedoras) reuniones que Fidel Castro sostuvo con intelectuales el 16, 23 y 30 de junio de 1961. Expresó el entonces comandante en jefe. “Contra la Revolución nada, porque la Revolución tiene también sus derechos; y el primer derecho de la Revolución es el derecho a existir”. Idéntico derecho, se puede decir, al que posee todo creador de manifestar en su obra lo que le venga en ganas.

Por suerte (y por valor) la elipsis nunca fue completa. Algún cuestionamiento ha subsistido tenaz, escurridizo, oxigenante, desde aquel año, en la letra de un par de canciones, entre las líneas de un poema, en los colores opacos de cierto cuadro. Quizás porque desde la cúpula del poder entienden el peligro que implica enmudecer cien por ciento las voces. Saben que mientras más profundo es el silencio mejor se escucha el latido furioso de los corazones, el rugir de los estómagos vacíos y los dientes rechinando de tanta rabia.

De ahí que la mejor contraofensiva fue poner al arte contra el arte. No se trataba pues de la creación per se, sino de arrendarla, subvertirla, en palabras más claras: supeditar a sus autores, tenerlos al servicio de una estrategia oficial. Y no contemos, en literatura, ese lastre que conocemos bajo el seudónimo de “quinquenio gris” cuando decenas de escritores entregaron su pluma a disposición del único postor. ¿Acaso no lo hizo también en su momento Los Van Van? ¿O alguien olvidó que la razón del propio nombre de la orquesta, fundada en diciembre de 1969, evoca aquella utopía de los 10 millones de toneladas de azúcar que arrancó días después, en 1970? ¿Cuántos grupos musicales de los más disímiles géneros tuvieron que amenizar las campañas de trabajo “voluntarias” en los meses de julio y agosto durante la década de los 90? No incumbía si se fichaba a talentos en ciernes o a NG la Banda. Si le debes al sistema, más temprano que tarde habrás de pagar. Y no con dinero, sino con la prostitución de tu talento.

No escasea tampoco la rara avis que deambula entre orillas opuestas, como Carlos Valera, destinado semper et ubique a recibir lo mismo rechiflas que aplausos por sus volubles (otros le nombran “oportunistas”) tendencias al momento de componer sus canciones, las cuales ora critican al sistema, ora lo bendicen, ora lo ignoran abiertamente.

Y es que a veces la causa pesa más que la consecuencia. Cuando el creador se convierte en autor de compromiso inmediatamente renuncia al valor más apreciable: la honestidad de su obra. Y aclaro, dentro de este universo de indigencia humana ni siquiera puedo incluir el olfato comercial de muchos artistas que definen su estilo a partir de las inquietudes (dinámicas e insaciables) del mercado. No. Estos últimos eligen tal camino por propia convicción y limpia voluntad. Nada hay de malo en querer hacer dinero, afirmar lo contrario no sólo implica un absurdo improbable desde hace siglos sino que tienta las más humillantes características del extremista pudoroso. Y ya está dicho: detrás de un extremista siempre se esconde un oportunista. El pecado nunca estuvo en morder la manzana, sino en la tentación de hacerlo. Especialmente si fue un tercero quien nos señaló los beneficios y, de pronto, nos convirtió en caperucitas perdidas en el bosque del pundonor.

En el arte, así también en la sociedad y la política, el problema no radica a veces en la ausencia de comprometimiento sino en la falta de un rostro que lo represente. Por ejemplo, durante una escaramuza popular, en 1994, escuché a varios anónimos coléricos gritar “¡abajo, Fidel!”. Resultó una experiencia estremecedora pues no se trataba de Batista o el imperialismo yanqui, sino del líder de la Revolución Cubana… estremecedora sí, e incompleta, porque en los libros de historia, tras cada ¡abajo, Batista! sucedía un ¡viva, Fidel!; y en las marchas frente a la Oficina de Intereses de Estados Unidos en La Habana, por cada “¡abajo el imperialismo!” se contaba un “¡viva la Revolución!”. Allá un puñado de gente sólo vociferó “¡abajo, Fidel”!… y creo que todos los que registramos aquella frase permanecimos a la expectativa de quién debía vivir si no estaba Fidel. No existía nadie, no había sustituto. Nunca lo había necesitado, ni en las elecciones. Comprendimos inmediatamente que la gesta estaba destinada a fracasar. Lo único peor a un dictador es la anarquía.

Uno de los grandes problemas en la mayor de las Antillas es que todavía no somos capaces de aceptar como solución un modelo teórico. ¿Qué es “democracia” sino una palabra que salta de boca en boca entre políticos y cada uno la maneja a su antojo? En Cuba el término “democracia” no mueve conciencias, menos corazones. De abstracciones estamos hartos. Queremos nombre y apellidos. Ya bastante tuvimos con aceptar que el Estado se encargara de nuestros medios de producción. Y al final, ¿qué es el Estado? ¿El regidor de la democracia, del socialismo, del comunismo? Pues no, constituye otra falacia que encubre a personas de carne y hueso dotadas de facultades legislativas que millones de personas, en el resto del mismo país, no poseen. Igual sucede en el capitalismo, en las monarquías o en la selva más espesa donde, (así nos enseñaron en la escuela), nos tratan igual que a perros pues como perros movemos la cola cuando nos lo piden, como perros nos hacemos el muerto (a veces, de verdad, morimos), como perros marchamos en manada, pero no como perros cualesquiera sino como esos otros que asombraron a los españoles al llegar a nuestra tierra y jamás ladraban aunque los apalearan. En Cuba lo único que hemos heredado de nuestros indígenas, no es el valor de Guamá, sino la mudez de sus mascotas.

Y es en tales circunstancias que el arte parece ser la única alternativa plausible para despejar el futuro socio político de la isla. No lo hará la educación, ni los medios de comunicación en tanto estos respondan directamente a intereses gubernamentales. Se necesita de la libertad de creación para ejercer la más importante operación oftalmológica de la isla. Aquella capaz de extirpar las cataratas que se han desarrollado por más de medio siglo en los ojos de los cubanos y les impide visualizar las verdaderas dimensiones del mundo, sus peligros y virtudes. Hoy, más que nunca, el compromiso de autor debe herir de muerte al autor de compromiso. La última pregunta sería, ¿tú, de qué lado estás?