Cosas del 2011

Santiago Gamboa

No me acostumbro al hecho de que los años 70 terminaron y ya vamos para el 2012, dios santo, números cada vez más raros, como de ciencia ficción. Será eso envejecer: cuando la realidad se vuelve una película de George Lucas. Cuando el presente se transforma en ese empolvado futuro que, creímos, nunca llegaría. ¿Qué cosas pasaron en el transcurso de este extraño número, 2011, que no volveremos a usar a no ser que una nueva civilización se instaure y decida repetir el calendario?

Gabriela Alemán

Entre lo que leí este año, por ejemplo, recordaré por mucho tiempo (es lo que creo ahora) una escena de Solar, de Ian McEwan, en la que un científico intenta orinar en el Polo Norte y ve aterrado que su miembro se le pega al metal de la cremallera. O el descuartizamiento del escritor-personaje Michel Houellebecq en El mapa y el territorio, de Michel Houellebecq. Sé que estos libros se publicaron antes en sus lenguas originales. También recordaré el bellísimo ensayo autobiográfico de Guadalupe Nettel, El cuerpo en que nací, y el Nueva Orléans de Body Time, de mi prima ecuatoriana Gabriela Alemán, o la hilarante Rating, del venezolano Alberto Barrera Tyszka, que encajaría perfecto, por lo que sé, en nuestro patrio mundo televisivo y sus “telebobelas” (expresión de Pepe Sánchez).

Salvador Fleján

Por cierto que en Colombia deberíamos leer más autores venezolanos. Aparte de Barrera Tyszka y Oscar Marcano, los más conocidos, y de Eloy Yagüe e Israel Centeno, hay autores aún jóvenes como Salvador Fleján (Intriga en el Car Wash) y menos jóvenes como Victoria de Stefano (Paleografías) que deben ser conocidos fuera de sus fronteras. La cultura venezolana, en general, debe ser más conocida fuera de sus fronteras.

En temas locales, el personaje que más admiré fue a la fiscal Vivianne Morales, por iniciar con valor el necesario (e histórico) proceso de Nüremberg al uribismo. ¡Y pensar que nos tenían planillado a Mr. AIS para presidente! Me gustan también los nuevos alcaldes y la renovada sorpresa del gobierno. Por primera vez en mi vida tengo la sensación de que el país, grosso modo, está en buenas manos, y sólo espero poder decir esto dentro de un año, cuando esté por terminar ese otro número raro (el 2012).

En otro orden de cosas, me llamó la atención el debate abierto por el profesor Camilo Jiménez, de la Javeriana, sobre la disgrafía de los jóvenes, lo que no tendría nada de raro de no ser por tratarse de alumnos de Comunicación Social. ¿Cómo eligen sus carreras estos jóvenes?, ¿basados en qué curiosas afinidades? Si uno está en Comunicación Social supongo que será por gusto. Dudo que alguien obligue a un hijo a estudiar esa carrera, y por lo tanto es lícito suponer interés e incluso un mínimo amor por la comunicación, donde la escritura y la lectura siguen siendo importantes. ¿Puede alguien con dificultad, pereza o desinterés ante ese mundo querer ser comunicador? Misterio. De la carta de Jiménez me gusta su mención al silencio, a la hoy rara capacidad de concentrarse en una sola cosa de algunos veinteañeros. ¿Escuchar una canción completa?, imposible. ¿Alejarse o aislarse por un rato de las redes?, ni hablar. Hacer cuatro cosas al tiempo en lapsos breves y nerviosos, y que una de esas cuatro sea entender un texto, me parece una hazaña. Pero puede que ellos, con el tiempo, lo logren, y que sus mentes, como la TV por cable, tenga millares de canales simultáneos. Sería interesante conocer la opinión de otros columnistas profesores.

Más cosas del 2011: la muerte de Alfonso Cano, que cayó en su ley, combatiendo y huyendo. Justo lo que no le permitieron a los policías secuestrados, ejecutados a sangre fría, por la espalda y con las manos en la nuca. Aterrador pensar que los asesinos convivieron con sus víctimas durante tantos años. Ah, pero supongo que la humedad de esas selvas también acaba por pudrir el alma.