El mundo y los poetas

Antonio Álvarez Gil

Thomas Tramstomer

La asignación del premio Nobel de Literatura al poeta sueco Tomas Tranströmer me ha hecho volver sobre algunas ideas que se mueven continuamente en mi cabeza. Son sólo ideas, pensamientos que me rondan con invariable recurrencia, paradojas de los tiempos que corren y de los andares del hombre actual por la corteza de la Tierra. Pienso, y no diré nada nuevo con ello, que el mundo va mal, de mal en peor, y que buena parte de la culpa de esto habría que adjudicársela a la ambición del ser humano por poseer más y más bienes materiales. Escrito está que no sólo de pan vive el hombre. Escrito; pero no aprendido, agregaría yo. No es malo ambicionar riquezas y adquirir bienes de consumo, siempre que los medios para ello se alcancen mediante cualquier ocupación de utilidad social. E incluyo aquí el trabajo artístico, en toda su multiplicidad. Otra cosa ocurre cuando el capital financiero se confabula consigo mismo para producir más dinero, que siempre va a parar a las manos de los más listos, con lo que se pervierte la esencia de su función social. Esos hombres y mujeres de estampa elegante que se reúnen en hoteles caros y viajan en jets privados lo pueden comprar y vender todo, pueden vaciar cuentas bancarias y arruinar consorcios. Pueden hacer subir o bajar la calificación de las deudas nacionales y hundir o reflotar economías y países; pero no pueden llegar al corazón de la gente, ni intervenir en el crecimiento humano de sus contemporáneos.

Esto, en cambio, sí pueden hacerlo los poetas. Pero ¿quién lee actualmente poesía? ¿Dónde queda el poeta en la escala social? ¿A quién le interesa lo que escribe? La poesía podría contribuir a hacer un poco más feliz al ser humano e, indirectamente, a mejorar el mundo que todos habitamos. ¿Con qué cuenta el poeta para ello? ¿Dónde está su fuerza? Está en su genio, en el producto que sale de su pluma, en sus noches de insomnio y sus mañanas de iluminación. A mi modo de ver las cosas, cualquier trabajo es digno; pero no todos los quehaceres son igualmente útiles. Hoy en día se habla demasiado de dinero y demasiado poco de ética, de sentimientos y valores morales. Se debería leer más poesía, escuchar más a los poetas, educar el intelecto y propiciar el desarrollo de la sensibilidad colectiva entre las nuevas generaciones. La Tierra en su conjunto podría llegar a ser un sitio más amable. En los países industrialmente desarrollados la gente se construye una coraza y se refugia en ella. Sólo los poetas se atreven a mostrar sus sentimientos a los ojos del pueblo. Pero sus valores no cotizan en las bolsas de las grandes ciudades ni suelen asociarse a millones de dólares, como los de las compañías o las firmas financieras que gobiernan el mundo.

A mí la designación del poeta Tomas Tranströmer para el premio Nobel me ha hecho tan feliz como el año pasado la del escritor peruano Mario Vargas Llosa. Podría sin ningún reparo reconocer que con estos dos últimos nombramientos la Academia Sueca ha crecido ante mis ojos. Comprendo que esto no es un argumento, que a los académicos suecos no les interesa en absoluto lo que pueda opinar una voz más entre los millones que en el mundo opinan sobre sus decisiones. Por eso, porque sé que mi apreciación no es importante en esos ámbitos, quiero expresarla aquí, donde puede llegar a ser leída por algunas personas en otros lugares del planeta. No voy a hablar en este artículo de los méritos del poeta sueco. No es necesario, pues Tranströmer es capaz de defenderse sólo. Su obra lo defiende. Sí querría hacer notar una cualidad suya que me ha llamado la atención. Hablo de la sencillez de quien acaba de conquistar tan magno premio. La suya es la sencillez de los grandes hombres, sin artificios ni poses o simulaciones. Una persona con la sensibilidad del poeta, con la facultad de transmitirnos imágenes tan hermosas en tan pocas palabras, podría levantar la nariz y mirar al mundo desde la atalaya de su obra. No es así, sin embargo. Leyendo algunas de las entrevistas concedidas a raíz de su elección para el Nobel, he podido observar la franqueza que se desprende de sus palabras, la calidad humana de un hombre que no tiene reparo en abrirse el pecho para mostrarlo a sus contemporáneos.

Yo, francamente, pienso que el mundo necesita poetas. Más poetas y menos financistas. Por otra parte, confieso que el reciente ganador del premio no figuraba entre mis apuestas para llevarse el galardón de este año. Hay tantos escritores con “glamour”, nombres que “suenan” constantemente, que aparecen en los periódicos y pantallas de las televisiones del mundo como los candidatos que más se lo merecen. Y de repente un poeta, un hombre ya mayor que vive recogido en su casa, que carece del habla y el movimiento en la mitad del cuerpo. Un representante de una lengua poco extensa, hablada sólo en un país y en una parte muy pequeña de otro, y los académicos lo distinguen con la presea que añoran tantos y tantos prestigiosos trabajadores de la palabra en cualquier idioma del mundo.

La resonancia del premio Nobel trae consigo una mayor difusión internacional de la obra del premiado. Por suerte, esta vez no será la excepción. Estoy seguro de que miles de libros con los poemas de Tranströmer se venderán en numerosos países del orbe, que su poesía se conocerá más ampliamente en Latinoamérica y España, y que la gente de esas latitudes podrá apreciar la lírica del gran poeta sueco. Tal vez incluso alguno de esos potenciales lectores descubra que los poemas de Tranströmer lo ayudan -aunque sea con un pequeñísimo granito de arena- a enfrentar la dura realidad que le toca vivir día tras día. La premisa existe: un gran poeta será divulgado, será leído por muchos hombres y mujeres del pueblo, de nuestro pueblo de habla hispana. ¿No es maravilloso?