Familia y ficción

Alejandra Costamagna

Primos, Luis López Aliaga

“Antes pensaba que la manera de contar daba lo mismo, que lo importante era el qué. Ahora creo lo contrario”, apunta Flavia, la prima chica del clan Bugiardini, la protagonista de una crónica roja muy roja, ambientada en los años ochenta y noventa en Chile; de un cuaderno azul y de una historia incolora o de algún color innombrable. El color de los recuerdos o de los sueños. El color de la ficción. El mismo color de la memoria de Pablo, el primo mayor, el que duerme en la cama de los muertos en el campo familiar, el que siempre está leyendo, haciendo como si no escuchara nada, el que observa y le hace el quite a esos recuerdos comunes, a esas decisiones que no sabe tomar; a esos episodios que insisten en quedarse ahí: dando vueltas y acechando el presente como antiguos espíritus.

Pero lo importante de esta historia -de la historia que el par de primos protagoniza a golpe de balbuceos y silencios en las ciento tres páginas de la novela Primos, del chileno Luis López Aliaga (2011, Calabaza del Diablo)- es el cómo antes que el qué. O mejor: los múltiples cómo para un qué más o menos visible. El repaso de unos años compartidos bajo las sombras de un mismo árbol genealógico, aparece como una representación posible de la historia común. Como un puñado, más bien, de posibilidades de interpretación, que varían en sus consecuencias de acuerdo con la perspectiva de quien recuerda, con las palabras y con los silencios traídos al presente.

Traídos al papel, más bien. Porque es a partir de los apuntes fragmentados de Flavia en aquel cuaderno azul que iremos reconstruyendo esta narración abierta. “Éste es el relato de un viaje”, dirá la protagonista. Pero la definición le quedará corta y entonces agregará que es el relato de una búsqueda, de un reencuentro, de un regreso, de una confusión, de una derrota; un relato imposible armado a partir del recuerdo. Y, aun así, la mujer no estará en condiciones de definir lo que escribe ni para qué lo hace. Y entonces dudará acerca del formato de este registro: “¿Es un diario?”, se preguntará. “¿Es una carta larga? ¿Es realmente para ti? ¿O eres sólo una invención mía?”. Pero las dudas no estarán puestas acá para ser resueltas. Ni la prima ni el primo ni el narrador en primera persona (que en un capítulo del medio visita la Biblioteca Nacional para rastrear la noticia que origina este relato y que responde al nombre de Luis López) ni el mismísimo Luis López Aliaga, me imagino yo, pretenden capturar respuestas definitivas para estas preguntas.

¿Qué es esto que leemos? ¿Es un libro, es un recuerdo, es una proyección, es un compilado de rastros?

“Cualquiera de estas historias podría ser mi historia”, piensa Luis López, el personaje Luis López, digo, mientras revisa los archivos en la Biblioteca Nacional. Y más adelante concluye: “Es mi historia, la historia que debo contar y que, por uno de esos absurdos guiños de la vida, ahora está estampada ahí, en un titular del diario La Cuarta”. Pero con esa afirmación, lejos de aferrarse a una postura invariable, el narrador circunstancial cuestiona los límites de la ficción y sigue ampliando la esfera de las preguntas. ¿Cuál es nuestra historia?, podríamos plantearnos con él. ¿Qué historia debemos contar? ¿Qué historia queremos contar? O más bien: ¿Qué historia podemos contar?

“Contamos la historia de la forma que mejor nos acomoda. Ésta es una de ellas (…)”, apuntará la prima en otra entrada del mismo cuaderno azul. Y apelará directamente y un poco molesta al primo cuando diga que “la historia no puede ser la historia de tus olvidos o de tus omisiones. La historia, la nuestra, también me pertenece (…). Estos balbuceos también son parte de la historia”. Ésta es, ya lo vemos, una historia sobre el modo de contar una historia, sobre ese balbuceo arbitrario de las distintas versiones y sobre los mecanismos impredecibles de la memoria. Y es una historia trágica también, como todas o casi todas las historias de amor.

Primos es un viaje extendido y fragmentado que va desde las vacaciones de la infancia en el campo, en los penumbrosos años ochenta en Santiago, hasta el recorrido mochilero latinoamericano con muchas ganas y poca plata, en búsqueda de un destino incierto. Éste es un viaje de aprendizajes múltiples, con varias paradas, rutas y enfoques posibles. El tío Fortunato, el tío Enzo, la gringa: personajes secundarios que van configurando un elenco paralelo y complementario al de los protagonistas. En Flavia y Pablo confluyen las ramas de la historia para volver a extenderse. Ellos son jóvenes, son ilusos, son lectores, son al chancho, son desencantados, son adultos, son primos, son muertos. Porque ésta es, también, una historia de muertos. Desde los espíritus invocados en el campo familiar por los primos ansiosos de acceder al mundo del más allá (Flavia quiere invocar a Salvador Allende, pero no sabe qué preguntarle), hasta la toma de la residencia del embajador japonés en Lima por el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru, que terminó en masacre, en abril de 1997, cuando Fujimori ordenó la intervención armada del recinto.

La muerte, sin embargo, no aparece como un final rotundo en estas páginas, sino más bien como la pieza probable de un proceso abierto. La muerte como una omisión. Una especie de silencio imprescindible para que las palabras desplieguen el sonido que esconden las letras. Un silencio como un ruido vacío. La cita a Pablo De Rokha en Los Gemidos, hacia el final del relato, no es arbitraria: “Oigo crujir mis huesos, madre mía, madre mía, oigo crujir las bestias, crujen las plantas, crujen las cosas, y voy a morir”, anota la prima en el cuaderno. Pero antes lo habrá percibido el primo. Así lo recreará el narrador en un capítulo llamado, precisamente, “Ruidos”: “(…) sintió que ese ruido se le había instalado en la punta del estómago, en el esternón o en algún otro hueso de la zona. Y que de algún modo extraño se quedaría metido ahí, para siempre. Un ruido fósil que sobreviviría incluso a su propia descomposición”.

Primos es, a fin de cuentas, un libro sobre las microhistorias que circulan en los intersticios de la historia con mayúsculas. Un libro sobre padres e hijos, sobre la infancia, sobre el abandono, sobre la “propensión al recuerdo”, sobre la adolescencia, sobre el deseo contenido, sobre las convicciones, sobre lo que alguna vez quisimos ser. Pero más que todo eso, diría yo, esta nueva novela de Luis López Aliaga es una historia sobre una familia que “es una ficción, como todas las familias”.