Figuraciones del autómata, de Holmberg a Scorsese

Edmundo Paz Soldán

Hugo, de Martin Scorsese

Desde niño me han fascinado los autómatas, esos parientes lejanos de los robots. El autómata de Hugo, la nueva película de Scorsese, es un muñeco de bronce, menor en tamaño a un ser humano promedio. Es una de las pocas cosas cosas que a Hugo, el niño huérfano, le quedan de su padre, y por ello hace todo por repararlo; cree que en el autómata se cifra un mensaje de su padre. En uno de los momentos más inquietantes de la película, Hugo tiene un sueño en el que se ve a sí mismo como un máquina, un autómata con un mecanismo de relojería en el lugar del corazón; el autómata es lo unheimlich (uncanny), aquello que se parece tanto a nosotros que se convierte en algo que produce temor (Freud desarrolló su teoría de lo unheimlich a partir de “El hombre de arena”, un relato gótico de Hoffmann que trata del amor de Nathanael por Olimpia, de la que él no sabe que es una autómata).

Hugo me hizo pensar en Eduardo Ladislao Holmberg, un escritor argentino precursor de la ciencia ficción en el continente y autor de uno de los primeros cuentos latinoamericanos que giran en torno a la figura del autómata (no es que haya muchos). Nacido en 1852, publicó “Horacio Kalibang o los autómatas” en 1879. Cuando Horacio Kalibang aparece por primera vez en el relato, su rostro es descrito como si acabara de “salir del molde de una fábrica de caretas… Sus pupilas no se alteraban como el punto de mira; eran como la de esos retratos que fijan al frente y que tanto pavor causan a los niños que por primera vez los observan”. Aparte de ese rostro de espanto, el personaje tiene la peculiaridad de desafiar las leyes físicas: carece de centro de gravedad, por lo que su cuerpo puede inclinarse sin problemas mientras camina. Todo es extraño, pero su parecido a un ser humano es tan sorprendente –tan unheimlich– que nadie sospecha que es un autómata fabricado por el constructor Oscar Baum. Holmberg, sin embargo, no es un escritor sutil, por lo que desde el principio sabemos que el cuento se dirige hacia el descubrimiento de la verdadera identidad de Kalibang. En una escena brillante en un salón poblado de autómatas, estos se ponen a hacer cuadros de todo tipo, imitando batallas, bailes, escenas amorosas, etc.

Hay sugerencias interesantes en el cuento de Holmberg. Por un lado estos simulacros han alcanzado un grado de perfección tal que andan por todas partes reemplazando al hombre (“Tengo el mundo en mis manos”, dice Baum, “porque lo manejo con mis autómatas”). Esto suena mucho a Philip Dick, aunque los autómatas de Holmberg todavía no son capaces de pasar la prueba moral (si un guerrero huye o un patriota engaña, son pruebas contundentes de que se está lidiando con son autómatas). Por otro lado, en el positivismo furioso de la época, el hombre también llega a ser entendido como una máquina: “¿Qué es el cerebro, sino una máquina, cuyos exquisitos resortes se mueven en virtud de impulsos mil y mil veces transformados? ¿Qué es el alma sino el conjunto de esas funciones mecánicas?” El problema no es que el el autómata se parezca al hombre, sino que el hombre se parezca al autómata.

En la película de Scorsese, el autómata vuelve a funcionar y escribe y dibuja mensajes (la clara inspiración es Pierre Jacquet-Droz, que a principios del siglo XVIII creó autómatas de más de seis mil piezas, capaces, entre otras cosas, de dibujar y escribir en inglés y francés y mover los ojos). Hay en Hugo una visión benigna de la tecnología, que permite la comunicación entre los hombres, el desarrollo de la creatividad y la magia. Los hombres no son máquinas; son mejores gracias a ellas. Homberg podía pensar de igual manera y era capaz de imaginar a un autómata amable, al servicio del hombre (“esa máquina  humana les enseñará… lo que deban aprender… Aunque con forma de hombre, es un libro”). Sin embargo, su cuento también pertenece a la familia de esas distopías del siglo XX que insinuaron que gracias a la tecnología algún día sería posible la peligrosa confusión entre el hombre y la máquina (“si son ellos los autómatas o si lo somos nosotros, no lo sé”), y que eso podría producir resultados nefastos. Ese “algún día” está cada vez más cerca.