Genocidio nunca más

Patricia Suárez

damiana

Damiana, la niña Aché

Niñas desaparecidas, niñas ultrajadas, niñas asesinadas, parece ser un signo de la época. Sin embargo, en la historia argentina es una recurrencia. En 1896, unos colonos de Sandoa, en el Paraguay Oriental, deciden ir contra los indios aché (“los que hablan, las personas”)  porque les han robado un caballo. Cuando llegan, están reunidos comiendo y los colonos disparan a quemarropa. La mayoría huye, pero matan a dos hombres y una mujer. Una niña de dos años sobrevive y los colonos se la apropian para criarla. Como es el día de San Damián, según el santoral católico, la llaman Damiana.

A fines de 1898, la niña es llevada de Villa Encarnación a San Vicente, Buenos Aires, para trabajar de mucama de la señora madre del doctor Alejandro Korn. El doctor Korn se rodeaba de antropólogos “bienpensantes” como el holandés Hermann ten Kate y el alemán Lehman-Nitsche, obsesionados por la antropometría, cuyo fin no era otro que demostrar la inferioridad racial de los pueblos originarios. Si el indio en cuestión tenía el cráneo más grande, su inteligencia era inferior a la del hombre blanco; si lo tenía más chico, ni hablar, era un primitivo, casi un mono. Todos ellos trabajaban activamente en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata, colaborando entre sí en sus investigaciones sobre las tribus argentinas. Damiana no escapa a mediciones durante su corta existencia, es sometida a manipulaciones de diversa índole y fotografiada desnuda por Lehman-Nitsche en 1907, pocos meses antes de su muerte.

Según la antropóloga tucumana Patricia Arenas, la nena fue usada de ratón de laboratorio desde muy pequeñita por el científico. Aunque Damiana nunca alcanzará la estatura promedio de una alemana del Rhin, resulta que es hábil para las lenguas y habla español y alemán con soltura. Esto tuvo que haber sido una patada al hígado de la raza superior, así que de pronto la tortilla debe darse vuelta como sea y se viene a descubrir con escándalo que la adolescente Damiana desaparecía de la casa días enteros o invitaba al noviecito a su cuarto. La familia Korn estaba en un grito, y haciendo gala de su educación elegante, le ponen un perro guardián en la puerta de la pieza para que impida entrar a un extraño. Quizás pensaron que hablarle a la indiecita de igual a igual era un esfuerzo inútil. Damiana, entonces, envenena al perro. Charles de la Hitte, antropólogo allegado a los anteriores y empleado en el Museo opinó sobre ella: “Consideraba los actos sexuales como la cosa más natural del mundo y se entregaba a satisfacer sus deseos con la espontaneidad instintiva de un ser ingenuo”. Es decir, practicaba la masturbación, puede aventurarse, como el último bastión de la rebeldía: “me pueden quitar mi gente, mi familia, mi dignidad como ser humano, hasta la vida: pero no me pueden quitar mi cuerpo”. La declaran enferma psiquiátrica y es enviada al Hospital Melchor Romero que fundó y dirigió Alejandro Korn. Al poco tiempo fallece, diagnosticada de una tisis galopante. El destino de toda carne, si uno había tenido la desgracia de nacer en el continente americano y formar parte de un pueblo originario, después de la Campaña del Desierto, era la Sala de Antropología Biológica del Museo de La Plata. Los caciques de distintas tribus, el toba León, el mapuche Kalfucurá, el tehuelche Okerke, fueron trofeos de guerra que una vez muertos y pelados sus huesos por los especialistas, pasaron a las vitrinas del museo y a engrosar lo que tomó el nombre de “patrimonio histórico”, en lugar del más apropiado: “genocidio”. El Perito Moreno, fundador del Museo de La Plata, escribió la siguiente ilustrativa carta: “La cabeza de Catriel sigue aquí conmigo; hace un rato que la revisé, pero aunque la he limpiado un poco, sigue siempre con bastante mal olor. Me acompañará al Tandil, porque no quiero separarme de esa joya, la que me es bastante envidiada”. También el Mal puede ponerse en aras de la ciencia. A Damiana, que no escapa a su destino, se le limpia el esqueleto para su estudio y Lehman-Nitsche le hace serruchar la cabeza (cosa que hacen mal y él protesta), para generosamente enviarla a su amigo Hans Virchow de la Sociedad Antropológica de Berlín, lugar donde se encuentra aun el cráneo en la actualidad.

En 2001 se sancionó la Ley 25.517 de reparación moral, que consta de tres artículos de defensa de los restos humanos de los aborígenes e indica, principalmente, que los mismos deberán ser puestos a disposición de los pueblos de pertenencia que los reclamen. Gracias al colectivo GUIAS (Grupo Universitario de Investigación de Antropología Social), a la antropóloga tucumana Patricia Arenas y del investigador Marcelo Valko, fueron devueltos a sus comunidades algunos restos humanos (hay 30 catalogados en el Museo de La Plata, de los miles de cráneos con que cuenta, los 60 esqueletos armados y la decena de momias). En el 2001 fueron devueltos los restos óseos del cacique Mariano Rozas –su verdadero nombre era Panguithruz Güor- a los ranqueles, y en el 2007 corrieron la misma suerte los cráneos de la tribu Catriel. En 2006, fue encontrado el esqueleto de Damiana y devuelto en 2010, sin la cabeza, a la comunidad aché, en el Paraguay. Durante las primeras semanas de septiembre de 2011, Marcelo Valko viajó a Berlín a solicitar la restitución de su cabeza, para que sea enterrada con el resto de su cuerpo. Aunque la embajada fue exitosa, aun no pudieron traerla. Valko, recientemente entrevistado para Clarín, expresó: “Tuve su cráneo entre mis manos, y los alemanes vieron el escalofrío que me recorrió los brazos.Vi los dos cortes que tiene en el cráneo y los números de inventario. Todo fue muy positivo, solo son necesarios unos trámites pertinentes, Damiana va a avolver y la vamos a enterrar con el resto de su cuerpo para que descanse juntos a los suyos en Caazapá.”

En una época en que los ritos funerarios son tan veloces y tienden a la desaparición del cadáver, parece una frivolidad de alto costo ocuparse de los restos humanos de personas muertas hace un siglo. Lamentablemente no hay opción: debe concientizarse el daño ocasionado, desde el Estado, repararlo y evitar así la compulsión a repetirlo. La impunidad es un imán muy atractivo y la madre del cordero de los genocidios.

Notas del artículo

    Quién era Lehmann-Nitsche es todo un artículo aparte. Llegó al país desde Alemania en 1897 como antropólogo para integrar el plantel de científicos del Museo de La Plata y se dedicó a revolotear por cuanto burdel y bajo fondo encontró en el puerto de Buenos Aires. Publicó un librito Adivinanzas rioplatenses que no tenían aún carácter soez, varios artículos y del artículo publicado en una revista especializada titulado “Chistes y desvergüenzas del Río de la Plata” en 1901, surge el posterior libro Textos eróticos del Río de la Plata, publicado unos años después con el seudónimo de Víctor Borde y censurado con espanto. Aun hoy el libro es prácticamente inconseguible en la Argentina y la mala fama del autor no ayuda para que sea reeditado. Lehmann falleció en Alemania en 1938.

    Transcribo aquí algunas muestras de esta poesía lupanar recogida por el autor:

    Venga para acá, mi chino,
    Que le quiero preguntar
    Si alguna vez en su vida
    De mí se podrá olvidar.

    Venga para acá, mi chino,
    No sea de mala memoria,
    Que ahora le parece infierno,
    Después que he sido su gloria.

    Dicen que te vas. Te vas,
    Vete con Dios, sueño mío,
    Cuidado, no bebas el agua
    De la fuente del olvido.

    Me han dicho que tienes otra
    Que la quieres más que a mí;
    Querela mucho, mi chino,
    Me cago en ella y en ti.