La felicidad en el fondo del mar

Marco Tulio Aguilera Garramuño

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Mi maestro José Antonio Laclete apuntó con su índice hacia arriba y vi un panorama como jamás lo había visto y como supongo jamás lo volveré a ver en el resto de mis días: un millón, dos millones, el infinito completo de peces plateados de diversos tamaños tapizaban el horizonte  formando una nube que resplandecía, iba y venía, danzaba, frente a mis ojos extasiados.

Estábamos cincuenta pies bajo la superficie del mar, recorriendo el Arrecife del Ahogado, frente a las costas del puerto de Veracruz. Habíamos descendido asidos a la cuerda porque el arrecife El Ahogado se halla en una zona de corrientes submarinas que pueden arrastrar mar adentro a los buzos a velocidades sorprendentes. Súbitamente los buzos se pueden hallar a enormes distancia de la embarcación madre. Ha habido casos en los que cinco o seis buzos desaparecen junto con su guía bajo el agua y nunca se vuelve a saber de ellos.

Cinco días antes  yo no sabía absolutamente nada sobre el buceo. Fui invitado por mi hermano Marco Antonio, quien es buzo certificado, y naturalmente acepté. No ha habido empresa que me haya causado temores y si en esta vida no he tenido por ejemplo la experiencia de correr una maratón, de ir al espacio o tirarme en paracaídas, es porque la oportunidad no se me ha presentado. Tal vez por irresponsabilidad, tal vez por vanidad o porque en el fondo creo en Dios y supongo que me cuida como a sus borrachos, he emprendido empresas locas como atravesar a nado el lago Calima en el Valle del Cauca o el lago que aloja el cráter que se encuentra en el centro de Managua, viajar en globo largos trechos sobre el estado de Veracruz, nadar ida y vuelta desde el puerto de Veracruz hasta Isla Sacrificios, leer todos los filósofos importantes desde los presocráticos hasta Hegel o leer en buseta los 25 tomos de la Obras completas de Freud —dos horas de viaje de ida y vuelta desde el centro de Cali hasta la Universidad del Valle durante varios años, diariamente—, cruzar a nado ríos tan contaminados como el Coatzacoalcos o dedicarme a escribir una novela en cinco volúmenes de 400 páginas cada uno. Me mueve un sentimiento de grandeza, una megalomanía, una irresponsabilidad, una egolatría. No sé qué. El caso es que ese soy yo. Si ese no fuera yo, ese no seria yo.

Es por ello que acepté con toda la alegría del mundo ir a bucear aunque no tuviera noción alguna de ello. Había visto en las películas que los buzos se equipan con mil cosas antes de lanzarse al mar. Luego supe ya en la práctica que se ponen un traje ceñido de neopreno, nombre algo pomposo del elemental e insustituible y auténtico caucho proveniente de los árboles. El traje los cubre de pies a cabeza. Luego unas pesas, que sirven como lastre para que el buzo se hunda. Después el chaleco inflable y los tanques de oxígeno. Finalmente la máscara, cuyo visor debe ser limpiado con saliva o líquido especial y luego con agua de mar. Se pone uno el  mouth piece  en la boca, las aletas. Se coloca de espaldas al mar, con la mano izquierda sostiene el visor y el mouth piece, y se deja llevar por la gravedad, arrastrado por el peso de los tanques, hacia atrás, hacia el mar, el mar.

La primera vez que lo hice estaba tan tranquilo que no tuve apuros. Simplemente abierto a la vida. Me hundí y luego salí a la superficie empujado por el chaleco inflable. Y listo.

Naturalmente que el mérito no había sido mío, sino de mi hermano Marco Antonio, que me había llevado de la mano el día anterior, alquiló un tanque, me llevó a bucear a la piscina del Hotel Hawaii, donde nos alojamos. Estuve respirando con el tanque bajo el brazo casi una hora en la piscina, de modo que cuando llegué al mar mi respiración era natural.

Bucear no es difícil. Es infinitamente fácil. Sólo se requieren una habilidad y dos virtudes: saber nadar, tener una serenidad absoluta y una confianza ilimitada en el guía. Con José Antonio Laclete me sentí inmediatamente en confianza. Es un hombre maduro, agradable, con sentido de la autoridad. Un hombre que ha aprendido del mar la lección de la paz.  Bastaba verlo avanzar a mi lado, flotando a media agua, con las manos enlazadas a la altura de vientre, moviendo ligeramente las aletas, para saber que para él el mar era una especie de Dios. Laclete: un hombre que practica el buceo como si practicara la más placentera religión del mundo.

Y es que bajo el mar todo es diferente. No hay prisa alguna. El placer es absoluto, perfecto, la contemplación de la obra artística más perfecta, más variada, más sutil, los colores más inconcebibles, las formas de vida menos imaginables, todas discurriendo lenta, sabia, armoniosamente.  Nunca, nunca en mi vida olvidaré estar frente a frente con un pez de un color azul encendido, totalmente plano, con un borde amarillo luminoso como línea divisoria de las dos secciones de su cuerpo. Verlo ahí, a dos centímetros de mi visor, sabiendo que él también contemplaba mis ojos y que de alguna incomprensible manera estaba disfrutando de mi presencia allá en su territorio fue una experiencia inefable. Sabía que el momento era mágico, perfecto, y que si quería prolongar ese momento, debía permanecer inmóvil, y nunca, jamás, extender mi mano para querer tocarlo. Era una experiencia de vida sin comparación alguna. Una metáfora que trataba de explicar la forma más conveniente de disfrutar los dones que nos ofrece la existencia.

Vi que Laclete con gesto amable me instaba a seguir adelante. Con sus manos decía: No te preocupes, verás tantas visiones de esas como quieras. Y así fue: súbitamente, después de haber nadado bajo el agua y sobre una superficie relativamente plana y con rocas y algunas formas elementales de vida como un paisaje lunar, nos encontramos en el borde de un acantilado, bajo el cual se abría una especie de valle que tal vez tuviera otros veinte o treinta metros de profundidad. Emprendimos el descenso con cautela. Cada dos o tres metros ecualizábamos. Es decir, nos tapábamos la nariz con los dedos, cerrábamos la boca y hacíamos fuerza con el aire. Ello destapa los oídos y restablece algún equilibrio que no entiendo ni sé explicar. Esa es la clave para un descenso submarino sin riesgos: ecualizar de acuerdo a ciertas reglas. La clave del ascenso seguro es subir por etapas, sobre todo cuando se ha descendido a más de cincuenta pies.

El segundo día ya estuve seguro de que el fondo del mar  era mi espacio. Avanzábamos al lado de un muro de arrecifes, a cincuenta pies bajo la superficie del mar, y lo hacíamos asiéndonos de las rocas. La corriente submarina era demasiado fuerte. Yo me sentía como ropa tendida en medio de un vendaval.  Laclete iba por la parte exterior sin ayudarse con las rocas, protegiéndome. En un momento me sentí lo suficientemente fuerte y seguro como para soltarme de  la roca y afrontar la corriente submarina con mis fuerzas. Me solté y me puse en la parte exterior, al lado de Laclete. Mi maestro se dio cuenta del movimiento pero no me reconvino ni hizo gesto de advertencia alguno. Sabía que la prueba de avanzar contra corriente era difícil pero también conocía mi naciente habilidad y mi confianza. En aquel momento Laclete era mi madre y estaba dejándome caminar sin su apoyo. Lo logré con facilidad, con felicidad. Aceleré el movimiento de las aletas. Doblamos un cabo y seguimos avanzando. Luego regresé a asirme de la roca. Vi que Laclete sonreía orgulloso. De regreso simplemente nos dejamos llevar por la corriente que nos arrastró a gran velocidad hacia el sitio donde estaba la cuerda del ancla. Por ella ascendimos con sosiego, satisfechos.

No se crea que cualquier persona puede bucear inmediatamente y sin preparación. No. Antes de hacerlo debe tomar un curso. El curso para personas  que sólo quieran hacer turismo y no volverse buzos, se llama resort y cuesta aproximadamente 1000 pesos en Veracruz. Esto incluye lancha, equipo, guía e instrucción básica.

Si uno quiere bucear más seriamente y con frecuencia, debe certificarse, lo que es mucho más complicado, e incluye pruebas como nadar cien metros en mar abierto. Sólo a los buzos certificados se les permite ciertas libertades bajo el agua. Los guías no son tan cuidadosos con ellos. Cuando la persona toma un resort, tiene siempre a su alado un guía, que es el responsable de la vida de principiante.

Debo decir que mi caso fue excepcional. Al tercer día ya estaba sesenta pies bajo el agua, nadando sin usar las manos, respirando con absoluta regularidad y con tanta seguridad, que quería dedicarme a perseguir peces, a meterme en cavernas y a nadar contra las corrientes submarinas. Pero ahí estaba Laclete, con su dedo denegativo ordenando, sugiriendo, que siguiera el rumbo indicado.

Cada vez que Laclete colocaba el dedo pulgar hacia arriba, indicando que era hora de salir, yo lanzaba un suspiro. Al tercer día, que sería el último, tuvimos dos inmersiones de cuarenta minutos. Antes de la segunda inmersión me sentía tan cansado que dudé en lanzarme al agua. Además había cometido el error de tomar una Coca-Cola. Ya en el fondo del mar sentí agruras y ganas de vomitar. Pero no angustia. Si estás en el fondo del mar y quieres vomitar, te quitas el aparejo de respirar y vomitas.  Si quieres mear, lo haces. Y punto. La clave está en respirar con sosiego y saber que todo se arregla. Y si no se arregla, se arregla definitivamente. Nunca jamás inflar el chaleco pues ello lo sacaría a uno fulminantemente hacia la superficie. Si sales disparado hacia arriba, simplemente te explotan los pulmones. Nada más.

Así que paciencia, tranquilidad, sosiego. Es la ley. Así de fácil. Se entra con sosiego y se sale con sosiego. El mundo exterior queda afuera. Entras al reino de la serenidad.

Marco Antonio, mi hermano mayor, gerente de mantenimiento de Ingersoll Rand para Latinoamérica y mi mecenas de buceo, dice que bucear es como hacer el amor: mucho tiempo preparándose y un instante de placer. ¡Pero cuánto no aporta a la vida ese breve instante, un instante de iluminación, de humildad ante la belleza, la armonía y la paz, un momento de respeto al mundo natural, de solidaridad en el fondo del mar! Un instante feliz que durará toda la vida en la memoria y que te acompañará hasta el día de la muerte.

Si la muerte fuera ese ir bajando al fondo del mar (y debe serlo cuando se ha vivido a plenitud y a conciencia) y si los seres humanos supiéramos que eso era la muerte, con seguridad nos acercaríamos a ella como al momento más feliz de la vida.