La honestidad intelectual

Amir Valle

Foto: E. Moreno Esquibel

Foto: E. Moreno Esquibel

Rosa Montero es una de mis intelectuales preferidas. Acabo de ver sus declaraciones a favor de la democratización en Cuba, en el video “No os olvidéis de Cuba”, publicado en varios sitios de internet, y me siento francamente agradecido por su apoyo. Y nótese que escribí “intelectuales”, porque esta narradora, además de escribir sus libros con un innegable éxito de crítica y público, es una de esas pocas colegas que, para decirlo en buen cubano, “sacan la cara” y escapan del libro de desvergüenzas en el que se ha inscrito por decisión propia buena parte de la intelectualidad española a través de un “Pensamiento” que apoya de un modo bochornosamente descarado cualquiera de los desafueros fascistas de la dictadura que los cubanos hemos sufrido por 53 años.

La vida de escritor con varios libros publicados en España me llevó a ver a algunos de esos personajes graznando desde distintas tribunas literarias contra el pasado franquista. Algunos, para profundizar en el dramatismo del personaje montado, sacaban a cuento viejas historias de familiares o conocidos muertos bajo las botas sangrientas del fascismo a la Franco. “La democracia occidental es imperfecta, pero es democracia”, dijo uno de ellos en una Semana Negra de Gijón. “Recuerdo, en mi niñez, la terrible vida de mis padres bajo el franquismo y por eso sé cuán importante fue la transición a una sociedad democrática para España”, agregó.

Pero lo más curioso es que, de vuelta a mis barrios de Centro Habana y de vuelta a los predios literarios habaneros, poco después comencé a encontrarme con estos mismos personajes.

Trabajaba yo en la Dirección de Literatura del Instituto Cubano del Libro y mi esposa en el Departamento de Relaciones Internacionales de ese mismo Instituto, y eso me permitió conocer muy de cerca ciertas incongruencias en el “Pensamiento” de estos ilustres invitados.

¿Cómo era posible criticar al franquismo y aplaudir la dictadura cubana?

¿Cómo era posible, desde una mesa de la Feria Internacional del Libro de La Habana, gritar en la cara de cientos de cubanos que el pueblo español estaba orgulloso de nuestra resistencia a pesar de la escasez y luego irse a bacanales de comida y bebida organizadas por el Ministro de Cultura Abel Prieto, a las cuales, por cierto, sólo estaban invitados los dos o tres escritores cubanos, amigos personales del ministro?

¿Cómo era posible criticar en entrevistas a diarios oficiales cubanos que los enemigos de la Revolución utilizaran el flagelo de la prostitución como un arma y después nosotros mismos, especialistas que trabajábamos en la Feria, tuviéramos que acudir con urgencia al hotel Parque Central porque los agentes de seguridad habían descubierto a una negrita de 17 años, desnuda, revolcándose en la cama con un ilustre invitado que podía ser su padre?

¿Cómo enorgullecerse de la propia honestidad intelectual como eslabón de fuerza contra el monopolio mediático de la prensa española y luego engañar a escritores, músicos y cineastas cubanos con promesas de difusión, publicación o convenios en España que jamás se dieron o que, si ocurrieron, resultaron un timo económico, una humillación moral aprovechándose de la necesidad de los cubanos?

¿Cómo era posible escribir para ciertos periódicos en México o España que la mayor enseñanza que ellos habían recibido de los artistas y escritores cubanos era su sencillez, su modo de sobreponerse y crear obras maravillosas a pesar de las dificultades con la alimentación y el transporte, y luego quejarse porque los habían alojado en el hotel Deauville donde, según dijo, “la comida es pésima, las habitaciones son un asco, lo único que tiene cerca es el malecón, y yo no vine aquí a gastar dinero en taxis. Tienen que venir a recogerme al hotel”?

Y para citar casos más recientes, ¿cómo es posible atacar a ciertas editoriales que los censuran o no aceptan publicar sus libros porque muestran ciertas caras sucias de la España profunda y, desde otras editoriales en su poder, ni siquiera aceptar los manuscritos de escritores cubanos del exilio o censurar libros de autores cubanos de la isla porque muestran el desastre en que se ha convertido la vida en la isla y no hablan de “los logros del proceso revolucionario”?

Como anécdota final: uno de esos “gallos de pelea” que la Revolución tiene entre la intelectualidad española quiso hace un tiempo congraciarse con un colega y firmó cierto documento que no gustó para nada al gobierno cubano. Le enviaron a un diplomático a conversar, exigiéndole que quitara su firma del documento. “Ya no puede ser”, dijo el hombre. Y entonces le aconsejaron que hiciera una denuncia pública asegurando que los promotores del documento habían utilizado su nombre sin su consentimiento. Quiso negarse. Y le enseñaron un video en el cual estaba siendo sodomizado por un mulato cubano, en el cuarto de hotel donde lo habían alojado en una de sus visitas a La Habana. Hombre casado, con hijos, y con su homosexualidad aún bien asegurada en el fondo del armario, decidió seguir la sugerencia de las autoridades cubanas y armó el lío a los promotores del documento que, por suerte, habían conservado varios mensajes donde este señor elogiaba la iniciativa y firmaba. Hace poco, en un evento, se quejaba de que ya no lo invitan a Cuba y en España se siente marginado por sus colegas.

Por eso, repito, es una prueba de real honestidad intelectual la actitud de Rosa Montero apoyando la lucha por la democracia en Cuba, que puede verse en el video “No os olvidéis de Cuba”, publicado en varios sitios de internet. Ella ha sido siempre dueña de un discurso coherente: “la dictadura es dictadura, es una aberración, no importa el signo que sea”, dijo cierta vez, en el mismo escenario, en la misma Carpa de los Encuentros, donde, minutos antes, otro de sus colegas había lanzado una oda lacrimosa y cargada de datos falsos sobre los “ataques del imperialismo contra la Revolución Cubana”; en el mismo lugar donde un famoso escritor de novelas históricas se declaraba ferviente defensor del anarquismo y donde el director de la Semana Negra, Paco Ignacio Taibo II había lanzado dardos críticos muy lúcidos sobre la hipocresía de los gobernantes mexicanos ante el incremento desorbitado de la violencia en su México querido. Cosas que, por cierto, sólo ocurren en esa democracia que tanta falta nos hace a los cubanos; esa democracia que buena parte de la intelectualidad española disfruta pero no acepta que haga falta en la isla; esa democracia que, por suerte, defienden otros muchos españoles de honestidad probada, como Rosa Montero lo hace ahora, una vez más.