La tozudez de la esperanza

Arturo González Dorado

Caricatura de PongRaúl Castro acaba de hablar en la farsa de asamblea que se reúne en Cuba dos veces al año para dar loas y aprobar sin rechistar las ordenes de los amos de la nación.

La única medida que podía haber indicado una real apertura, la única que podría haber dado una señal de que ciertamente se pretende palear el sufrimiento atroz de los cubanos, la reforma migratoria, brilló por su ausencia.

El totalitarismo es el mal, lo he dicho en otra ocasión, es el mal extremo, y ese mal es una opción básica ante el hecho de ser humanos. Es una elección, que en última instancia se asume a plena conciencia. Raúl Castro, y los que con él continúan destruyendo a nuestro país, han dejado otra vez claramente expresado que no han cambiado en nada, que lo único que merecen es ser barridos de la historia, como lo fueron los nazis, y que la única opción que ofrecen a su país es la continuación del desastre.

El año que finaliza, el año de las reformas “raulistas”, de la “actualización del modelo económico”, es otro número más en la monotonía decadente del comunismo cubano, del fracaso sin paliativos.

No hubo Navidades en Cuba, no hay esperanza. El anuncio que marca el momento más importante en la tradición del mundo occidental, el hijo de Dios se hizo hombre y vino a decirnos la buena nueva del amor, de que el Reino de los Cielos está en vosotros, ha quedado durante cincuenta años mancillado, destruido, olvidado en Cuba.

La nación se queda sin fuerzas, el desastre moral, económico, social y espiritual sigue su curso inexorable, casi como una tragedia griega, con la diferencia que la fealdad del comunismo no permite darle tintes heroicos o estéticos, es simplemente la grisura, la decadencia, la vulgaridad y el encanallamiento sostenido.

Las únicas luces que brillaron el año que justo termina son las de los valientes que tratan dando la última medida de su humanidad de que el panorama de la mentira y la decadencia no sea absoluto.

Aislados en un mar de indolencia y vulgarización, de desaliento y rispidez creciente, de propaganda asquerosa, porque la propaganda y la manipulación en Cuba continúan exactamente igual que siempre, los disidentes, los blogueros y opositores cargan con el poco honor que le queda a la nación cubana.

La muerte de Laura Pollan fue otro vacío, otra carencia difícil de llenar, otra señal de esa oscura maldición que marca nuestro destino. Los últimos meses han sido de una represión sostenida contra quienes osan disentir. Cierto que en otro nivel, ya no los fusilan, ya no necesitan hacerlo, ya no los envían a podrirse 30 años en el horror de la prisiones políticas cubanas, ahora se ensañan en el desgaste incisivo, meticuloso, constante. Golpizas, detenciones cortas, acoso incesante hasta que se cansen, porque confían, y con razón, que es prácticamente imposible sostener semejante presión sin que las consecuencias físicas y mentales se hagan sentir. Porque el control sigue siendo absoluto, y porque la mayoría de los cubanos en la isla de una forma u otra están encerrados en la trampa que los hace ser cómplices del mal, del comunismo.

Unos días atrás la delegación cubana votó en las Naciones Unidas en contra de una resolución de condena a esa pesadilla orweliana que es Corea del Norte, y no contentos con eso, no contentos con seguir empecinados en aliarse con cuanta barbaridad pueda existir en el mundo, siempre y cuanto sea enemiga de los EUA y de las democracias occidentales, las autoridades cubanas decretaron tres días de duelo oficial en honor a uno de los monstruos más perversos que ha conocido la humanidad, “el querido líder” Kin Jong Ill.

Esto desafía la inteligencia humana y cae de lleno en lo que decía antes, la elección del mal.

Defender a Corea del Norte, homenajear a los peores criminales del mundo actual, no es una revelación de intereses políticos tan solo, sino de comunidad de creencias. Es claro, la esencia totalitaria está intacta y no la van a cambiar, no son capaces de cambiarla.

Pero el mal peor a que nos enfrentamos en Cuba es la desesperanza. La debilidad del sistema para ofertar prosperidad, esperanza y futuro, arrastra consigo a la nación en pleno. Las agonías son la etapa más difícil de la muerte, y a veces se convierte en una especie de vida de zombi, en un limbo donde se está fuera del tiempo, donde las transformaciones sólo reciclan el mismo fracaso y desaliento.

No hay proyectos viables y realistas, con suficiente poder para ser una alternativa, fuera del sistema; los esfuerzos loables de los disidentes no son alternativa real de fuerza, y por desgracia el exilio de alguna forma está dentro de la misma dinámica que crea el totalitarismo como una trampa fatal, a la espera, sin una propuesta factible y capaz de movilizar a la nación.

La respuesta de los seres humanos a la decadencia a menudo suele ser más decadencia, las enfermedades sociales corroen desde dentro, y el retorcimiento de los valores, de la vida de la sociedad cubana es como un cáncer que sigue creciendo y envuelve, mancha, hace que los que están sufriéndolo no sean capaces de encontrar las forma de extirparlo por sí mismos.

No es sólo el miedo que ciertamente penetra profundamente en la sociedad cubana. No, quienes se lanzan a una emigración incierta, quienes se están arriesgando a ser encarcelados por vivir fuera de la ley, porque en Cuba es casi imposible vivir dentro de la ley, seguramente tienen miedo, pero ven un sentido en ello. El problema mayor de la nación cubana es justo eso, el sentido, la ausencia de proyecto colectivo, de una meta adonde mirar.

Sin ella lo único que queda es la sobrevivencia más mezquina, eso que podemos llamar la mentalidad del bandolero, del canalla, la sordidez y la vulgaridad, o el cansancio abrumador que mata los deseos de vivir, esperar, creer, y que convierte el absurdo en lo normal.

Del mismo modo que vivir en un asilo de lunáticos puede terminar por enloquecer a una persona sana, y hacerle pensar que la demencia es natural, la vida dentro de un totalitarismo en decadencia aliena hasta niveles inimaginables, porque es lo único que rodea, porque no se ven las alternativas.

Y aquí está el reto, el mayor reto que tienen los cubanos que aún creen que vale la pena hacer algo por su país: dar sentido, dar esperanzas, romper el lenguaje y la mentalidad del comunismo.
Porque el comunismo, y esa palabra no debe olvidarse con eufemismos, como se hace en la mayoría de los análisis sobre Cuba, el comunismo ha sido siempre una forma bestial de dictadura. Los grados de la represión ciertamente varían, en Cuba nunca fueron como en otras latitudes y afortunadamente ahora no vemos la brutalidad de años atrás, por muchas razones, y la más importante porque no es necesaria. Pero este lenguaje del comunismo, aun cuando este vaciado de contenido, ya ha permeado como el único habitual para la mayoría.

Por ello es menester no seguir el juego de esa dinámica del mal, no caer en el discurso del totalitarismo, aunque sea por rechazo, por hablar lo mismo desde el otro lado. Por ello la idea macabra de que la situación de Cuba sólo puede ser resuelta por los cubanos, lo que implícitamente quiere decir por los cubanos dentro de Cuba, sin apoyo externo, es otra de las trampas que el lenguaje totalitario ha creado.

No, la solución cubana es de todos los cubanos que aún tienen algo de dignidad, los de fuera y de dentro, y más los de fuera por el simple hecho de que escapar de la locura permite recuperar la sanidad, ver la realidad sin los prismas retorcidos de una sociedad comunista. Y es también un asunto de todos los que aman la libertad donde quiera que se esté.

Es menester que esto se tenga en cuenta para devolver el sentido al futuro nacional. Es imperioso tener claro que no habrá cambios si no se exigen, si no se recuerda que los derechos no se mendigan, se conquistan; si no se actúa en conjunto, si no está el exilio cubano ahí, con sus hermanos en Cuba; si no se logra involucrar a la comunidad internacional en nuestra ayuda.

Pedir auxilio en la enfermedad no es bochornoso, es racional. Unirse frente al desastre es la única opción viable ante la atomización del mero individuo en un mundo hostil, y luego, si se logra escapar, ante el aislamiento del emigrado, ante la desoladora realidad de la perdida del país, del lugar al cual se pertenece de modo natural.

Por ello el que el exilio cubano no haya logrado presentar una plataforma de unidad, un frente común con las bases mínimas para un cambio en Cuba, no es sólo una consecuencia más del desastre del totalitarismo, sino un fracaso sin justificación.

Se puede entender a los disidentes dentro de Cuba, acosados, penetrados, aislados, porque no logran unirse más; pero no se justifica que a estas alturas no haya entre los cubanos del exilio algo como una coordinadora, un frente unido para los cambios en Cuba.

Acabamos de ver las revoluciones árabes, ellas son una esperanza pero son también una vergüenza nacional. Si ahora los sirios están muriendo en las calles aplastados por otro canalla amigo de los nuestros, si lograron organizarse en el exterior, superar sus diferencias para enfrentarse al enemigo común, lo único que nos queda a nosotros frente a nuestra incapacidad de hacerlo en condiciones infinitamente más ventajosas, es una palabra, vergüenza.

No, no cambiarán si no se les obliga; no, lo que hacen es sólo tratar de sobrevivir, de racionalizar el absurdo que se llama comunismo, y lo pueden lograr, pueden prolongar la agonía durante mucho tiempo más. Pueden morir los líderes históricos y continuar lo mismo con otro rostro. Puede aparecer el petróleo y tener dinero e influencias para prolongarse por un tiempo indefinido; pueden encontrar nuevos aliados, pueden sobrevivir en medio del desastre.

Por tanto, basta de criticar y denunciar, basta de esperar dádivas de un sistema que sólo quiere perpetuarse en el poder, y que tiene posibilidades ciertas de hacerlo, o de transformarse  sin que en lo esencial se vea un futuro mejor para Cuba. Basta de justificar la mediocridad y la desidia y las propias incapacidades con soporíficos y paliativos. No hay que pedir concesiones, continuar pasivamente a la espera como cobardes, como perdedores; hay que exigir, pero no se puede exigir sólo con artículos en periódicos a menudo de segunda línea, con ilusiones o con quejas que recuerdan a viejecitas plañideras; no, hay que unirse, hay que recuperar algo que parece muerto excepto en los héroes que dentro de Cuba se enfrentan al sistema, el espíritu de dignidad y grandeza de los cubanos. Hay que de nuevo recordar esa palabra, cubanos, y preguntarse, ¿qué estamos haciendo, qué nos pasa, acaso estamos muertos, acaso nos hemos rendidos, acaso ya nos hemos convertido en meros guiñapos sin fuerzas para creer, sin capacidad de sacrificio, hemos olvidado que sin patria no hay vida, sin nación, sin futuro no somos más que los fracasados de la historia?

La ayuda internacional es vital de cierto, pero no se acude en socorro de los fracasados, se ayuda a los que luchan, a los que mantienen viva la pasión y el ideal, a los que resistiendo convierten la ayuda en solidaridad, en obligación moral y no en mera caridad.

La falta de pasión, la falta de ideales nos lastra, porque los análisis que despejan el camino son imprescindibles, pero nadie vive ni muere por análisis, sino por ideales, y los ideales no se basan en meros cálculos, sino en algo mucho más esencial, en la más íntima naturaleza de ser humanos, en lo que sustenta la esperanza.

La esperanza es un rostro de la fe, y la fe es justo la creencia de que más allá de lo previsible algo aguarda, algo mueve. Esa fe tiene que recuperarse, tiene que sostenerse, tiene que proyectarse, y a la vez, tiene que apoyarse en el mayor realismo. La esperanza no es la espera pasiva, es la acción donde la espera se hace realidad posible. El sueño del ideal no es la espera rumiante, es la fuerza que guía la acción.

Por tanto, no es pedir al gobierno norteamericano que limite los viajes de sus ciudadanos a Cuba, es exigirle al gobierno norteamericano que haga todo lo que esté a su alcance porque los cubanos puedan viajar libremente; no es cerrar, sino exigir que se abra. No es esperar por una nueva administración para que cambien las políticas, sino obligar a quienes estén el poder a que nos oigan. No es ir suplicantes a los países de la Unión Europea a mendigarles ayudas, dádivas de menesterosos, es enfrentarlos a su propia razón de ser como naciones libres, dejarles claro que el apoyo a una dictadura es inmoral, y a la larga contraproducente. No es quejarnos de que la prensa internacional no reporte sobre Cuba,  y que muchos gobiernos y personas le continúan haciendo el juego al comunismo cubano, es usar nuestro poder e influencias para que tengan que oírnos, para imponernos, para triunfar.

No es encerrarse en el gueto de Miami, viviendo de ilusiones que son otra cara de las ilusiones de quienes esperan que el gobierno cubano haga al fin viable el socialismo, sino abrirse a la realidad en que vivimos, enfrentarla con valor y actuar desde ella para movilizarnos y movilizar al mundo. No es esperar la mítica insurrección de los cubanos dentro de la isla desde la comodidad del exiliado, que no va a pasar al menos por el momento, sino hacer que esos cubanos sientan y crean que pueden cambiar las cosas, que escapar o corromperse en una sobrevivencia de pesadilla  no es lo único que les queda en su propio país; no es negándose a la realidad edulcorándola u ocultándola, sino asumiéndola, y haciéndola cambiar.

No es tampoco aferrarse a discursos que ya no dicen, sino abrir el discurso a lo que realmente pueda mover y regenerar, dar de nuevo palabra al ideal, a sabiendas de que el ideal, el sueño, es la guía, pero no puede ser el soporífico escudo ante el fracaso y la incapacidad de lograr que las cosas cambien realmente.

Depende pues de nosotros romper definitivamente el manto del odio, de la división, de la mezquindad y la cobardía peor de todas, no la de tener miedo, sino la de ser incapaz de pensar y vivir por los demás, de transformar el miedo y el cansancio en acción. Depende de los cubanos salir de una vez por todas a exigir que se les devuelva su nación, probar que el espíritu de grandeza no ha muerto en nosotros, ser capaces de alzarnos sobre la bajeza y la decadencia, la cobardía y la pequeñez, y con rabia, con pasión, con amor, recuperar el país que nos han robado.

No puede ser que no seamos capaces de cambiar las cosas, no puede ser que el espíritu del Apóstol no nos ilumine más; no puede ser que una de las comunidades más prosperas de los EUA no pueda lograr lo que un hombre, José Martí, hizo más de un siglo atrás, sin dinero, sin negocios, sin Internet, sin el apoyo de gobiernos, sólo con la absoluta fuerza del espíritu; no puede ser más difícil ahora de lo que lo fue entonces, sólo hace falta que de nuevo resuene en el alma de los cubanos esa voz tozuda de la esperanza, y que podamos volvernos a la creencia, romper el hechizo del mal, y decir, vamos cubanos, vamos a recordar lo que la palabra cubanos significa, vamos a ganar.