Las ausencias

José Luis Muñoz

Este 2011, que expiró, se nos llevó a dos grandes voces literarias que dejarán de hablar para desespero de los que las escuchábamos. Se fueron, ambos, a edad avanzada y en posesión de una enorme lucidez, Ernesto Sabato y Jorge Semprún. El argentino y el francoespañol tenían en común, aparte de su longevidad (en eso ganaba el primero con sus cien años de larga vida), la maestría de la obra que nos legaban y su compromiso con la vida, la sociedad y la literatura. Ambos fueron testigos de acontecimientos terribles y se erigieron en sus notarios; Sabato de la infame y asesina dictadura militar argentina, y Semprún de la de los maestros de esos cobardes milicos: los nazis.

ernesto-sabato

Si habría algo que reprochar a Sabato sería lo reducido de su obra. Pero, a cambio, cada uno de sus libros, tan esperados, fueron magistrales, eran piezas literarias que difícilmente puede uno olvidar después de leídas. Me recuerdo un adolescente impresionado por la grandiosidad arquitectónica que desplegaba el maestro desaparecido en Sobre héroes y tumbas; la admiración que me produjo El túnel o Abbadón el exterminador. Sólo tres novelas, tres, para tan larga vida, pero un gran número de ensayos sobre la condición humana y un documento de terror, ese informe sobre la infamia absoluta que databa los crímenes de la dictadura que ahogó en sangre a su país.

Semprún solía decir que tuvo el privilegio, o la desgracia, de estar presente en todos los grandes acontecimientos del convulso siglo XX. Y ser testigo de todo ello permeó su obra literaria (El largo viaje, La escritura o la vida, Aquel domingo, Viviré con su nombre, morirá con el mío, La montaña blanca, Autobiografía de Federico Sánchez), un cruce de ficción y memorialismo, una literatura que el lector, en cuanto accedía a ella, sabía vivida. El Federico Sánchez comprometido con el comunismo lo abandonó en cuanto se sintió traicionado por él.

Jorge Semprún

Fue maquis que se jugó el pellejo en la resistencia francesa contra la invasión germana; superviviente en un campo de concentración nazi, al que acudió todos los años para hacer pública fe de esa barbarie ignominiosa que cometió el hombre contra el hombre; brillante ministro de Cultura del gobierno de Felipe González sin afiliarse al PSOE;  buen guionista de una selecto puñado de películas francesas (Z de Costa-Garras, Stavisky y La guerra ha terminado de Alain Resnais);  amigo de la intelectualidad francesa en cuya lengua escribió casi toda su obra; eterno adolescente con flequillo y cabellera flameante; elegante seductor hasta que la muerte, con rabia por su parte, se lo llevó de este mundo con todavía muchas cosas que decir y escribir.

Esas ausencias literarias, de esos dos grandes maestros, las siento cuando despido el año. Aunque sé que de ellos es la eternidad y que vivirán cada vez que un lector abra uno de sus libros.