Raúl Castro, el gran reformista

León de la Hoz

Caricatura de Pong

Raúl  Castro acaba de liberar de la cárcel a 2 900 presos y ha postergado la liberación de los 11 millones del país que anunció. Había sido una promesa del mandatario cubano dejar viajar a sus ciudadanos. Han corrido ríos de tinta y saliva en la calle y los medios de comunicación. Alegría, expectación, esperanzas, suspicacias de parte de unos y de otros sobre las medidas de quien muchos consideran un reformista. Yo no, hasta sus enemigos elogian su talante reformista. Según parecía, los cubanos podrían salir de la isla como cualquier persona de cualquier lugar del mundo que cumpliera los requisitos del país adonde pudieran ir. Hace mucho que los cubanos no van a donde quieren, sino adonde pueden. O sea, dejaría que la gente pudiera viajar y así cumplir con uno de los sueños más preciados del cubano de a pie sobre todo. La verdadera utopía popular que hace de Cuba uno de los países con una de las emigraciones más amplias, heterogéneas y largas del siglo XX a pesar de que hasta ahora salir de la isla es una pesadilla. El país que fue destino voluntario o forzoso de las migraciones de varias naciones que ayudaron a conformar la cultura y la nacionalidad cubana, de pronto y a partir de la Revolución, se convierte en emisor de emigrantes de todo tipo y mayor caudal en la medida en que fue mostrando su deterioro y frustración.

El propio Castro ha postergado la liberación de los viajes porque, según explica, el levantamiento de las medidas que prohiben y limitan los viajes pone en riesgo a la Revolución. Una vez más. Veremos cómo lo hace entonces. Hay quienes interpretan el indulto actual como un gesto de buena voluntad de cara a la próxima visita del Papa que tendría su clímax en la liberación de los viajes. Con ello culminaría al cabo de casi 15 años el proceso que abrió el Papa anterior, Juan Pablo, cuando visitó La Habana y en presencia del otro Castro pidió que Cuba se abriera al mundo y viceversa. Yo lo veo más bien como un regalo de fin de año que se hace él mismo. Realmente el indulto es una urgencia del propio régimen que ha visto cómo la población penal, una de las grandes del mundo, se ha convertido en una carga más para las menguadas cuentas y la insolvente y al parecer sin remedio economía cubana. Uno de los objetivos del Gobierno es aligerar el enorme peso de las áreas improductivas como las cárceles que constituyen un lastre para el equilibrio de las cuentas, aunque muchas de dichas áreas son tan improductivas como estratégicas, dígase Ejercito, Salud o Educación más todas aquellas que constituyen el engranaje de coordinación social: sindicatos, asociaciones, por ejemplo. Esa nueva racionalización de la pobreza no puede hacerse sin sacrificar políticas sociales que antes fueron la piedra angular del régimen, razón de apoyo popular y excusa para muchos del sacrificio de las libertades. Pero mucho mejor si se hace, como es el caso, sin afectarlas y con crédito a la imagen política.

Cuba es un país preso de sus paradojas. Sobrevivir a ellas es uno de los sacrificios que tiene que hacer el cubano, algo mucho más arduo que comprenderlas. El delito convive con mayor relevancia que en cualquier país a causa de las normas que atenazan la convivencia; no obstante, el delito se ve por gobernantes y gobernados como una necesidad de la que todos participan para “resolver” los problemas de todo tipo que plantea la carencia. Todo el mundo delinque de una u otra forma y cualquier cosa puede ser delictiva, aunque no todos vayan a la cárcel. La hipocresía es el escaparate de la legalidad y ésta es la frontera movediza que garantiza la estabilidad del régimen. Lo que un día es delito, mañana no lo es, y viceversa. Posiblemente el problema principal no esté en reivindicar la libertad de los presos políticos, sino de gran parte de la población penal cubana –como oí decir a un condenado a muerte– que ha sido encausada según una legalidad errática y caprichosa, no democrática, en función de intereses que poco tienen que ver con garantías de los ciudadanos, eso sí, del Estado y sus instituciones. Cuando se habla de los problemas del país es inevitable pensar en el problema esencial que se haya detrás: el problema de la libertad. El permiso para viajar fuera no resuelve nada si no se puede viajar y residir libremente dentro del país. Esta puede ser la metáfora de las paradojas cubanas.

La libertad como la entiende el gobierno cubano son válvulas de escape a la supervivencia del régimen. Válvulas en la mayor permisibilidad en la cultura, en la economía mixta, los permisos de compra-venta, la autogestión limitada, la legalización de la religiosidad y la relación con la Iglesia, la tolerancia del dólar, y todo cuanto se puedan enumerar, sólo conforman escapes de reequilibrio social a causa de la incapacidad de los gobernantes y el Partido. Comida para bobos como los mamoncillos, diría mi madre. Cuba es una ratonera en la jaula de un león, si no se abren las dos puertas, el león seguirá comiéndose al ratón. Este año se cumplen 53 años de la Revolución que ha devenido en contrarrevolución de ella misma, superándose al equiparar en frustración a los regímenes del este de Europa y rompiendo los techos que le ponían la oposición y los países democráticos. Raúl Castro se  hizo con el indulto un regalo por el cumpleaños de la Revolución, ojalá sea el último. Él es la Revolución. No obstante, también es una limosna para quienes ganan esa libertad. Sin duda, la libertad es el bien más preciado que puede disfrutar el hombre y eso sólo se puede saber cuando se vive prisionero en una celda o una isla. La pregunta que me gustaría hacer hoy no es cuánto tiempo le queda a esta revolución, sino cuánto tiempo demoraremos en recuperar física y  moralmente al país luego de que acabe esta pesadilla.

El problema de la libertad no sólo es ya la razón de ser de quienes se han opuesto al régimen con argumentos ideológicos y políticos desde el principio de la Revolución con el objetivo de derrocarla a cambio de una democracia. También es un afán de aquellos que podrían llamarse reformistas y apelan a una mayor tolerancia que permitan una mejor convivencia económica y social. De hecho la política posiblemente a quienes realmente interesa en la Cuba de hoy es a los que desde la dirección política del país tratan de evitar que la aplicación de medidas de liberalización contribuyan a implosionar lo que desde afuera no se podido hacer estallar. Dinamitados los puentes de traspaso de poder con las generaciones más jóvenes, muchos de los cuales pasaron gran parte de su vida creyéndose depositarios del mando, a la mayoría lo que les queda es hacer del plan pijama una profesión de fe. Raúl Castro, a pesar de cuanto se dice de su talante reformista, ha acumulado más poder personal que el que detentó su hermano, rodeándose no sólo de los incondicionales, sino también de quienes deben una obediencia militar al jefe, sin que hasta ahora haya dictado una sola medida que no sea remiendo. Aunque se vista de seda el mono, mono es. Raúl no es menos. Como nunca antes en Cuba, mandan los militares. Él acabó con el último experimento civil de sucesión y reforma destrozando la cantera de dirigentes que su propio hermano había forjado durante años.

Las soluciones, ridículas por cierto, que se conocen por parte del Gobierno cubano son viejas fórmulas que ya el propio lenguaje las ha acuñado hasta la saciedad: “liberalización”. La liberalización no conduce a nada, es la libertad la que puede solucionar los problemas de todo tipo que vive el país. Es palabreja que en Cuba no significa libertad, ni liberal, ni otra cosa que una concesión puntual de permitir algo para favorecer otra, ha llenado de páginas y saliva la vida social cubana. Liberalizar los huevos, liberalizar los juguetes, liberalizar los trámites, y muchas más liberalizaciones han sido la solución en muchos casos para evitar el desequilibrio social. El propio uso y abuso de ese vocablo denota en lo más profundo de la psiquis cubana que la libertad es el centro y la esencia de los comportamientos que mueven la necesidad del poder y la de los gobernados. Liberalizar es una obsesión vivida en distintas dimensiones unos y otros. El indulto a los presos y la ampliación de los permisos para viajar al extranjero no resuelven el problema cubano ni para preservar a Revolución ni el país, los presos se encontrarán en la jaula mayor sin que se hayan liberalizado las soluciones de los problemas que dieron lugar a sus encarcelamientos. Tampoco salir del país es una solución porque el extranjero y el exilio económico o político es una extensión de la frustración de la isla adonde no se puede solucionar. Sin embargo, es una válvula para el régimen aunque también sea un alargamiento de la agonía.