Las fronteras de Anna Lidia Vega Serova

Por Luis Rafael

Anna Lidia Vega Serova cuentista cubana

En el Renacimiento era común que un artista compaginara la pintura con la arquitectura, la literatura o incluso las ciencias. En los tiempos actuales, de tanta especialización, resulta menos frecuente tal mixtura. Sin embargo, su propia biografía (de cruce de límites y transgresiones vitales) parece conducir a la ruso-cubana Ana Lidia Vega Serova (Leningrado, 1968) a la multiplicidad en su búsqueda de respuestas existenciales mediante el arte.

Siguiendo la senda, entre pictórica y literaria, de los cubanos Amelia Peláez, Arístides Fernández, Víctor Manuel, Wifredo Lam o Fayad Jamís, la Serova se debate entre la paleta de colores y el negro crecedor sobre la página blanca. Al cabo, su tiempo es de conjunciones y pregonados apocalipsis. Nacida en la Rusia socialista, emigra a Cuba donde presencia la caída del paradigma social bajo cuyo signo fue educada. Su obra, sin ser política, expresa los derrumbamientos de una humanidad que se resiste a la debacle y pendulea en el tiempo, en un limbo donde sus personajes parecen atrapados como ratas de laboratorio. Quizás por eso Fiador Dostoievski, Antón Chejov, Boris Pasternak, Julio Cortázar y J.D. Salinger, iluminan su indagación del ser ante la crisis de valores, sus malabares eróticos y sus exploraciones socio-culturales.

Dinamitando fronteras, Ana Lidia Vega Serova no solo plasma sus inquietantes preguntas en los oleos y los libros que hasta ahora ha publicado, también se mueve entre el idioma materno y el castellano, entre la poesía, el cuento y la novela (que mezcla con el ensayo). Puesta a la ruptura, su obra denota la relación sinérgica entre arte y vivencia humana, para configurar un discurso renovador y cercano, que conecta con públicos de disímiles naturalezas, capas sociales, ideologías o nacionalidades. Dan evidencia de su talento transcultural, los poemarios: Retazos (de las hormigas) para los malos tiempos y Eslabones de un tiempo muerto;  los cuadernos de cuentos: Bad Paiting (Premio David, 1997); Catálogo de mascotas (Letras Cubanas, 1999); Limpiando ventanas y espejos (Unión, 2000); Imperio doméstico  (Premio Dador y Mención en el concurso de cuentos Alejo Carpentier, 2003); y también su primera novela publicada: Noche de ronda (Tenerife, 2001).

En el caso de su prosa, el uso predominante del narrador protagonista, casi siempre femenino, demuestra su afán por reconstruirse a sí misma en la ficción y erigir un puente entre el yo marginado del artista y la sociedad que intenta comprender. Desde la nostalgia o la ironía, la Serova juega a la reticencia y al presagio, que disfraza de Eros o solapa tras las máscaras múltiples de sus personajes (místicos, histéricos, mitómanos, hippies) casi siempre enajenados. Desaparecidos los referentes históricos, su arte intenta desconocer las influencias y reedita la vanguardia en la pintura o en la poesía, caminando al vacío con los ojos vendados, la mano al pecho y la pluma naciendo, como cuerno batallador.