"La literatura es una foto en blanco y negro"

Entrevista al escritor cubano Gerardo Fernández Fe

Por Ladislao Aguado

Gerardo Fernández FeMás que una entrevista, éste es sólo el esbozo de una conversación posible sobre los mecanismos de la ficción, la historia convertida en anécdota y el oficio de escritor.

Pero es, a su vez, una manera de ahondar en la lectura de El último día del estornino, la más reciente novela de Gerardo Fernández Fe.

Una excelente novela que, según Rafael Rojas en las palabras que le sirven de prólogo, «está llamada a desestabilizar las tradiciones poéticas de la literatura cubana del último medio siglo».

Fernández Fe nació en La Habana, en 1971. Ha publicado la novela La falacia (Cuba, 1999) y el libro de ensayo Cuerpo a diario (Buenos Aires, 2007), así como ensayos y traducciones en publicaciones periódicas.

 

¿Por qué escribir?

Porque es una necesidad. Esto puede parecer un lugar común, pero es una realidad. Durante años trabajé en el turismo y créeme si te digo que, a pesar de que me sirvió de mucho, me limitó como escritor e incluso como lector. Soy un lector y un productor de literatura lento y accidentado, pero en medio de los vaivenes de la vida –vaivenes bien escabrosos para una vida de familia en la Cuba de hoy— no hay mejor momento que cuando sé que mis hijos duermen, hay total silencio en la casa y yo revuelvo mis papeles sobre la mesa del comedor, subrayo algo, garabateo aquí, escribo allá…, y en eso me dan las tres de la madrugada.

 

¿Cómo entiende Gerardo Fernández Fe la literatura?

No voy a caer en misticismos de ningún tipo pues soy una persona totalmente descreída. Entiendo la literatura como un retrato certero, incisivo, a veces crudo, de la naturaleza humana: más de sus horrores, o de sus pequeñas miserias, que de sus virtudes (para las virtudes están los elogios en Facebook, los Power Point bien tontos y las tarjetas postales). Flaubert, Hawthorne, Dostoievski, muy curiosamente los tres más o menos en una misma época y en lugares totalmente distantes entre sí se ocuparon de las mezquindades y las zonas de sombra de la persona. Luego estuvieron Carver, John Cheever, Roth, Irving…, maestros del retrato, de los pequeños detalles que revelan nuestra naturaleza.

No creo para nada en la literatura –¡ni en el arte!– como vehículo para ningún mejoramiento humano. (No creo que Courbet haya pretendido ningún mejoramiento cuando escandalizó París a partir de 1866 con un hermoso sexo de mujer robusta; lo mismo para Las flores del Mal –¿qué te parece?). La literatura es una foto. En blanco y negro, además.

 

En el ensayo Cuerpo a diario se advierte una voluntad narrativa, ¿cuáles serían para usted las fronteras de la ficción?

Las fronteras serían muy escasas: y no estamos descubriendo el agua tibia. Ya Novalis (en Enrique de Ofterdingen) o Proust dedicaban grandes espacios a recrearse en un tema y hasta en teorizar. Sebald es un ejemplo de nuestros días. ¡Y qué ejemplo!

En cuanto a Cuerpo a diario, que fue un libro sobre diarios íntimos en situaciones límites (Martí, Jünger, Sade, entre otros), en efecto, hay una intención marcada de juguetear con el ensayo como género, de insertarle elementos fictivos que pueden resultar extraños a ojos de un académico ortodoxo o de alguien acostumbrado a los ensayos que proponen una tesis determinada y que se rigen por leyes bien definidas. Tengo un buen amigo que insiste en que Cuerpo a diario no propone ninguna tesis. Puede ser…, y me alegro. Pero cierto es que este amigo no supo tampoco captar los chispazos de ficción que de cierta manera intentan complementar al texto. De hecho, ya en su primera línea se habla de un sujeto que no existe, que es pura invención: ¡nada menos que un personaje!

 

Entre La Falacia, su primera novela publicada, y El último día del estornino, la última, han pasado más de diez años, ¿qué ha cambiado en tanto para el escritor Gerardo Fernández Fe?

Claro que ha cambiado mucho. Aquel fue un momento de mucha intensidad vital. La Falacia fue una novelita catártica. Un libro breve de aprendizaje que respondía a un momento particular en mi vida. Luego, como escritor, vino un proceso de reflexión sobre qué quería y cómo lo quería. Recuerdo que en 1999 recorrí Madrid con mi libro bajo el brazo y luego intuí que mi novela era leída como un texto demasiado reflexivo –un libro francés, me dijo alguien–, a pesar de su carga erótica, y que a muchos de los editores en el extranjero les interesaba seguir machacando sobre el canon cansino de la literatura cubana más apegada a la “realidad-real”, al día a día del cubaneo, a los estereotipos de la miseria urbana, la transgresión de los cuerpos, la droga, la crítica política. (Ya sabes que este concepto ha producido muy mala ficción en Cuba). Y esto no es lo que yo pretendía. Me interesa mucho más la persona que el gobierno de turno –incluso aunque no exista el concepto de turno.

Ya te dije: la ficción es una foto. Entonces pasé unos buenos diez años criando a mis hijos, trabajando en un empleo para nada ligado a las letras, leyendo muy poco, escribiendo algunos ensayos sobre autores que me interesan (el novelista que Roland Barthes quiso ser, la veta hebrea en la poesía de José Kozer, el diario íntimo como confesión y como acto de vanidad…), tomando notas y pensando en lo que en realidad me interesaba y en lo que pretendía, lejos de los reclamos de editores y lectores adocenados. Ahora no sé si logro esa famosa foto con El último día del estornino, pero yo sigo con mis obsesiones de fotógrafo.

 

Percibo en Luis Mota, en El último día del estornino, una voluntad de narrar muy parecida a la voluntad de recordar que poseía Ireneo Funes, en «Funes el memorioso», el cuento de Borges. ¿Lo piensa usted?

La voluntad de memoria de Funes me parece automática, es como una tara, como un padecimiento para el pobre joven lisiado: no poder dejar de retener las diferentes grietas en las fachadas de las casas que rodean a la suya, los diferentes rostros de un cadáver en su velorio… Incluso Borges establece la oposición Memorioso vs Inteligente, en la que el narrador, Borges mismo, se muestra espantado ante tal anomalía. O al menos eso he leído yo en este cuento.

No creo que Luis Mota sea un memorioso; ni siquiera es un hombre que sorprende por su inteligencia. Mota es simplemente un hombre común que quiere estar lejos de las peripecias de la vida agitada de hoy, que solo desea dedicarse a la ornitología, y que por obra del azar –o de su imaginación, ¡y aquí puede estar la clave!—se ve envuelto en una trama de historias, todas diferentes, que se concatenan, que brotan unas del interior de otras, ¡como aliens!

En cuanto a mí, me interesa el tema de la memoria, pero no como repetición automática. Yo soy de los que no logran memorizar un número de teléfono. ¿Te has encontrado con alguna foto de tu familia en la que no conoces a nadie pues se trata de un momento demasiado lejano o quizás tangencial a la trama familiar que tú conoces? ¿Te has puesto a pensar en las fotos que dejaste en La Habana cuando te fuiste definitivamente y en qué será de ellas dentro de cincuenta años? Este es un tema que me inquieta y que intento abordar con el personaje de Clifton Figueroa (un hombre que lleva cuarenta años en el exilio y que ha perdido todo referente con el país en el que nació), con el de Dania, y luego con el de Emperatriz Agüero.

 

O si seguimos por el camino de Borges, ¿es fortuito que sea una biblioteca el lugar elegido por el autor para que sucedan las historias que asisten a Luis Mota?

No soy muy asiduo a Borges, ¿sabes? Como te dije, Luis Mota es un ornitólogo aficionado que entra en una biblioteca en busca de información sobre cierta ave y que recibe un libro equivocado por parte de la empleada que lo atiende. Por supuesto que de cierta manera todo trascurre a partir de esa escena e incluso dentro de esa escena, según se mire. Para Borges la biblioteca era el Lugar por excelencia, la summa de todo el conocimiento humano. Yo prefiero la actividad humana, con sus luces y sus sombras.

 

Parece existir en su obra una voluntad transnacional, como si sus personajes vivieran en ese espacio que va de las noticias de los telediarios a las lecturas más complejas, como una forma, pienso, de estar en el mundo, ¿comparte este punto de vista?

Lo primero que ocurre es que no se trata de una historia cubana. Y cuesta creerlo, pues estamos acostumbrados a que los escritores cubanos solo escribamos de Cuba, Cuba y una vez más Cuba. Como dijo Rafael Rojas en sus demasiado elogiosas palabras, se trata de personajes que pueden estar en cualquier parte del planeta. Esto sí  es una voluntad del escritor que soy. No quiero adelantar nada para quien no ha leído el libro, pero si lo entiendes como una historia mental, si todo ocurre en el imaginario de Luis Mota, obviamente que las locaciones pueden ser movidas a donde mejor te parezca. No, no quiero anticiparme, pues puede que se produzcan muy diferentes lecturas, y esta es mi intención. Lo que sí te aseguro es la necesidad que sentí de salirme, yo y mis personajes, de mi entorno más inmediato –¡que ya cansa!

Sin embargo, mientras leemos El último día del estornino ¿podemos creer que el resto de los personajes, más allá de esa actitud transnacional del narrador, son víctimas y actores de los espacios en los que suceden, como si ellos estuvieran condenados a existir sólo en el momento en que son narrados y a diferencia de éste no pudieran escapar de sus realidades?

Esa es tu lectura. Esperemos a las otras…

 

¿Es la historia también una forma de la ficción?

No sé si algún día escribiré una novela desligada de la historia (tampoco sé si escribiré dos o tres novelas más), sin anclajes con cierto momento histórico, un texto que lo mismo pueda leerse pensando en la dinastía Ming, durante el régimen de Franco o en la Cuba afásica de los años 2000…, no sé. (¿Acaso existe ese libro neutro?) Pero sí te confieso que con El último día del estornino me ha interesado mucho abundar en los entornos, en esos arrastres históricos (el eco de la Primavera de Praga en la Habana de 1968, algo, muy poco de los campos de trabajo y reeducación en esa misma época, alguna referencia a la guerra de Angola…, por ejemplo; o las guerrillas urbanas en la Caracas de 1960 a 1964, o la hemorragia de Sarajevo durante el sitio serbio) con los que algunos de mis personajes tienen que cargar.

Como lector sí te aseguro que he disfrutado con la reconstrucción que Leonardo Padura ha hecho sobre la vida de Trotsky y una parte de la vida de Ramón Mercader, he leído con fruición las crónicas que César Reynel Aguilera ha publicado en Penúltimos días sobre las entretelas del Partido Socialista Popular, ¡hace más de cincuenta años! (de hecho algunos comentaristas anónimos lo acusaron de fabulador, de novelador de la Historia); sigo cuando puedo esos artículos de recuperación de la historia no oficial que Emilio Ichikawa ha ido publicando en su blog…

¿Sabes qué?, siempre me ha interesado la historia-otra: imaginar la vida y el por qué de un expedicionario del yate Granma que a última hora decidió no abordar (si es que existió, no lo sé), o la historia no tan secreta de la amante que François Mitterrand tuvo durante 35 años (¿sabías que fue ella quien lo acompañó en su lecho de muerte?), o los chismes de pasillo de cualquier rey, o de alguna dictadura…; o la verdadera situación –con detalles— de Walter Benjamin en la frontera con España, antes de su suicidio.

Sí, la historia es un modo de ficción.

 

¿Su próximo libro?

Durante los últimos dos años he estado colaborando con algunos medios digitales fuera de Cuba con textos sobre literatura, fotografía, historia, política…, y me gustaría que estos y otros que están por venir aparezcan en un libro, quizás ligados entre sí por algún denominador común, y que el lector los pueda tener en su integralidad, pues sucede que la inmediatez y la vida hiperactiva que se lleva hoy día fuera de Cuba –más el silencio y la desinformación que padecemos adentro—hacen que mucho de lo que uno produce se escape y haya que retenerlo más tarde en forma de libro. Ese es el plan más inmediato. También hay algunos cuentos regados por ahí que algún día, cuando estén maduros, formarán otro libro. Pero sin precipitaciones. No hay apuros. Créeme, te lo juro.