Diálogo con Juan Gabriel Vázquez

Hoy Digital, 9 de diciembre de 2011

Por Luis Martín Gómez

Juan Gabriel VázquezCuenta Silvia Adela Kohan que la imagen que motivó a José Luis Sampedro a escribir su novela El río que nos lleva fue la de unos pastores de troncos que vio en el Tajo, cuando él tenía 13 años de edad. Y Ana Ayuso refiere que el germen de la novela El sonido y la furia fue la visión que tuvo William Faulkner de los fondillos enlodados de una niña encaramada en un peral desde donde espiaba el funeral de su abuela y contaba los detalles a sus hermanitos que la escuchaban al pie del árbol.

Tratar de encontrar la imagen inicial de una novela es un ejercicio emocionante que permite explorar el papel de la memoria en su proceso de gestación. Yo busqué ese primer momento en El ruido de las cosas al caer, Premio Alfaguara de Novela 2011, y me pareció encontrarlo en uno de estos dos episodios: la cacería de un hipopótamo del abandonado zoológico del narcotraficante Pablo Escobar Gaviria y la cinta de la caja negra del avión siniestrado donde muere uno de los personajes. Juan Gabriel Vásquez, autor de la obra, me hizo saber que me equivoqué.

 

Juan Gabriel Vázquez:

Comencé a escribir la historia por un recuerdo de mis años de universitario en Bogotá, cuando yo iba a un lugar que se llama Casa de Poesía Silva (en honor al poeta José Asunción Silva), donde uno se sienta en unos sofás de cuero, se pone unos audífonos y escucha grabaciones de poesía en la voz de los autores, y allí vi a un hombre de unos 50 años, con sus audífonos puestos, llorar como yo nunca había visto llorar a un adulto.

Juan Gabriel Vásquez me reveló que la transcripción del contenido de la caja negra del avión le llegó por azar en 1998 y que la cacería del hipopótamo la leyó en una revista tiempo después; así que la mezcla de todo eso, más la recopilación de documentos relacionados con la violencia provocada por el narcotráfico en Colombia y un accidente de aviación ocurrido en ese país en 1938, le llevaron a componer esta novela que es al mismo tiempo una historia sobre un amor frustrado, una extraña amistad, una obsesión y el miedo que cambió la vida de los colombianos como consecuencia del tráfico y consumo de drogas.

La composición es otro aspecto fascinante de una novela. Se sabe que es mejor si no se ve, si pasa inadvertida para el lector, quien ajeno al esfuerzo técnico, podrá sumergirse por completo en la historia y escapar por un momento de su realidad. Pero, puestos en función de cirujano ante la mesa de operación, papel que también tiene sus placeres, resulta fascinante descubrir el diseño de la obra y especular si fue milimétricamente elaborado a partir de un esquema, a la manera de Michel Butor, o si surgió espontáneamente, a la manera de Juan José Millás.

 

¿Hiciste un esquema o te fue saliendo?

Fue surgiendo espontáneamente, pero luego hice unos ajustes. No soy un novelista que planee con precisión la estructura de la novela ni su anécdota, sino que la voy descubriendo mientras escribo. Mi obsesión como novelista es que el lector no suelte el libro, creo que la estructura sólo es importante para presentar la historia de la manera más eficaz, pero dejo que el lector vaya descubriéndola igual que el escritor la fue escribiendo, planteándola como un misterio que hay que resolver.

 

Cortázar y el Gabo. En su novela, José Gabriel Vásquez rinde homenaje a dos escritores que dice admirar: Julio Cortázar, de quien usa la idea del cuento “Casa tomada”, y el Nobel colombiano Gabriel García Márquez, de quien menciona, aunque uno no sabe si con ironía o reverencia,  Cien años de soledad.

 

Juan Gabriel Vázquez:

“Casa tomada” es un cuento que me gusta mucho y entra en mi novela porque funcionó como metáfora. Como recordarás, ese cuento trata de dos hermanos que son expulsados de su casa por una presencia misteriosa, y eso no fue muy diferente a lo que sentimos los bogotanos cuando la violencia alcanzó su mayor auge; si estallaba una bomba en un barrio, ese barrio quedaba cerrado para uno, quedaba ‘tomado’ por la violencia, y nadie se atrevía a pasar por allí.

 

Juan Gabriel explica que la referencia a Cien años de soledad es un poco ambigua, lo que le ha valido recriminaciones por tratar de esa manera a la obra cumbre de la literatura colombiana y una de las mejores de las letras mundiales. “Pero yo he dicho que Cien años de soledad es uno de los tres libros que me metieron en la cabeza la idea de ser escritor”. En El ruido de las cosas al caer, el personaje Don Julio le regala un ejemplar de Cien años de soledad a Elaine, voluntaria del Cuerpo de Paz, explicándole que el autor “era un guache” (inculto, grosero) pero que el libro “no estaba mal”. Ambos bromean con la letra E impresa al revés en el título de la portada. Luego, Elaine le escribe a sus abuelos que ha tratado de leer el libro “pero el español es muy difícil y todo el mundo se llama igual”.

 

Santo Domingo es mencionada un par de veces en la novela, ¿Cómo entra nuestra ciudad en tu historia?

En algún momento de la novela se da un salto atrás, hacia los años 60 y 70, para contar el comienzo del narcotráfico como negocio, y esa parte se cuenta desde el punto de vista de una joven norteamericana que llega a Colombia como parte de los Cuerpos de Paz, integrados por jóvenes idealistas que venían de la contracultura jipi y condenaban las invasiones militares de Estados Unidos en Vietnam y Santo Domingo.

 

Me llamó la atención que esa joven que mencionas, Elaine, siendo contestataria, aceptara sin reparos el negocio ilícito en que se involucró su esposo, Ricardo Laverde. ¿Justificas esa contradicción o la reescribirías, si tuvieras oportunidad?

Justifico la actitud de Elaine porque en el fondo no es incoherente con lo que eran esos jóvenes soñadores y la manera como se comportaron en Colombia; ellos veían la marihuana como algo folclórico, como un delito sin demasiada importancia; por tanto, no la apoyo pero no la condeno, simplemente fue así como sucedió.

 

Legalización de las drogas. El ruido de las cosas al caer, además de referirse al sonido de las personas y objetos dentro de un avión que se precipita, es también una metáfora de otros derrumbes sociales y morales en la Colombia de hace dos décadas, el desplome de familias y comunidades paralizadas por el miedo, el abatimiento de una sociedad a la que le faltó valentía para frenar el avance del narcotráfico y le sobró complacencia oficial y privada con ese fenómeno que deslumbró en un primer momento a muchos sectores para luego conducirlos a la ruina.

 

¿Crees que tu generación ha vencido el miedo y está preparada para construir una mejor Colombia desde la dignidad?

Creo que los colombianos estamos conscientes de que ese trastorno ético que es el narcotráfico nos marcó y que sigue siendo un veneno que lo contamina todo. Para mí la solución a este problema es quitar a las mafias su poder, y eso sólo se logra legalizando la droga; en ese sentido, ya se está propiciando un debate serio y responsable en mi país.