El escritor elegante

En exclusiva para OtroLunes

Por Laura García

Juan Gabriel VázquezA principios de Mayo de 2011, poco después de haber ganado el premio Alfaguara de novela, Juan Gabriel Vásquez visitó Santiago de Chile para dictar una conferencia en la Cátedra Bolaño de la Facultad de Comunicación y Letras de la Universidad Diego Portales. Pienso ahora, por ejemplo, que en buena hora se me ocurrió grabar su conferencia sobre Hadyi Murad, el relato de Tolstoi, porque en la fila de atrás se sentaron tres muchachas a comentar, entre susurros y risas, los atributos físicos de Juan Gabriel, incluyendo su voz y su acento.

Un amigo en común nos había presentado a la distancia, por correo electrónico, y luego conversamos muy poco, no más de diez minutos antes de la conferencia y unos cinco después. Intercambiamos datos, además, porque para esa fecha, ya tenía yo en mente este dossier y le pedí una entrevista. Recuerdo ahora que cuando leí –con fascinación– Los Informantes e Historia secreta de Costaguana, me pareció que Juan Gabriel Vásquez tenía un estilo muy elegante. Cuando conversé con él –ese poco tiempo fue suficiente para darme cuenta– me pareció, además, un tipo elegante. Lo que me pasó después me confirmó, además, que es un hombre extraordinario.

Como por motivos de tiempo no alcanzaba a entrevistarlo en Chile, le pedí que organizáramos el tiempo y habláramos por teléfono. Entre correos que van y que vienen y, sobre todo, entre la infinidad de viajes y compromisos que él mantiene, logramos finalmente fijar una fecha. Lo podía llamar a Colombia, en donde estaría de paso, el día domingo 5 de Junio a las 7 de la tarde. Pero no lo llamé. Por primera vez, en muchos años de entrevistar personajes, dejé plantado a un entrevistado, y para agravar el asunto, ese domingo ni siquiera me acordé de la cita que teníamos. Al día siguiente, por supuesto, apareció en mi buzón virtual un correo suyo preguntándome qué había sucedido, por qué no lo había llamado. Mientras lo leía, sentí que la cara me ardía de la vergüenza. Intenté responderle inmediatamente con una excusa infalible que escondiera la verdadera razón por la que me olvidé por completo de mi compromiso. Ensayé muchas veces algo que no me hiciera sentir tan mal por mentir, pero no fui capaz. Entonces le escribí a Juan Gabriel la verdad: esa semana me había ocurrido una tragedia. Una de esas desgracias que caen como meteoritos y destruyen todo a su paso. Le pedí las disculpas del caso y, creo que por el dolor de lo que estaba viviendo, le di a entender que la entrevista se posponía por tiempo indefinido.

De vuelta, Juan Gabriel me envió un correo bellísimo que nunca olvidaré. Yo no le respondí nada, ni siquiera le di las gracias. Tal vez esto no me justifica, pero en aquel momento solamente quería suspender toda mi vida por mucho tiempo y eso incluía hasta los compromisos editoriales que mantengo desde hace años. En mi cabeza se quedó clavada una sola idea: esa entrevista ya estaba perdida.

Varios meses después, en la rutina diaria de revisar el correo temprano en la mañana, me encontré con un nuevo correo de Juan Gabriel. Eran tres líneas: el saludo, el mensaje y la despedida. El saludo y la despedida acostumbrados. El mensaje me dejó impávida: sólo quería saber de mí. Sólo quería saludarme y saber de mí y de cómo llevaba aquella desgracia que le conté en su momento.

(Sé que con esta historia me estoy saltando alguna de esas reglas insaltables del periodismo. Sinceramente, no me importa. Llevo casi diez años entrevistando personajes, escritores, periodistas, artistas… Entrevistar siempre me ha parecido un arte dentro del periodismo, un arte que trato de dominar, de pulir. Sé que no lo consigo todavía y que tal vez nunca lo consiga, pero la gran compensación de cada entrevista es esa suerte de lotería en la que te puedes sacar un gran premio al final: un amigo nuevo, por ejemplo. A veces, sin embargo, no es un premio lo que uno se lleva sino un tremendo disgusto. Tengo un amigo periodista que teme que lo manden a entrevistar escritores que admira, porque no quiere decepcionarse con esa persona que escribe tan bien pero que a lo peor resulta ser alguien despreciable).

Se me vino un alud de respuestas posibles a la cabeza. No sabía, no supe, explicarle a Juan Gabriel, exactamente, lo que me parecía su gesto. O, mejor dicho, me devuelve la fe en la humanidad que una persona con la que prácticamente no has intercambiado más de quinientas palabras, se tome la molestia de levantarse un día y escribir aunque sólo sea una línea para preguntarte por una desgracia que te sucedió muchos meses atrás y de la que perfectamente se podía haber olvidado por completo. Seamos honestos: en estos tiempos de indolencia, un gesto así –y viniendo además de un escritor, oficio que muchos ejercen con prepotencia– demuestra, como mínimo, grandeza de espíritu.

Tengo claro que los caracteres que le gasté a esta historia los debí administrar explicando por qué me gustan las novelas de Juan Gabriel, o recordándole a los lectores que su novela más reciente, El ruido de las cosas al caer, resultó premiada. Pero no lo hice porque preferí hablar de un hombre noble. Para conocer al escritor basta leer sus novelas. O esta entrevista. Si quieren.

Juan Gabriel, estudiaste Derecho, pero nunca lo alcanzaste a ejercer. Tengo entendido que siendo estudiante estabas ya obsesionado con escribir, con cuentos, con historias. ¿En qué momento te diste cuenta de que eso del derecho no cuadraba contigo y de que sólo te sentías cómodo escribiendo?

Fue a mediados de la carrera. Déjame aclarar algo importante: yo había escrito siempre, desde niño (mi primer cuento se publicó en el anuario del colegio cuando yo tenía ocho años), y desde niño entendí el mundo a través de los relatos. Así que la decisión no consistió, como he leído por ahí, en “convertirme en escritor”, sino más bien en aceptar que siempre lo había sido y que tenía que eliminar de mi vida todo lo que estorbara. Y el punto de inflexión llegó, como digo, a mediados de la carrera, y fue con la escritura de un libro de cuentos. De ese libro recuerdo poco: que tenía cinco cuentos, que eran absolutamente impublicables… y que me hizo darme cuenta de que la literatura era lo único que me interesaba. Era más que un oficio: era una manera de estar en el mundo. Así que reorganicé la vida, por ponerlo en términos poco dramáticos. Dejé la carrera, dejé el país… Hubo otros cambios, pero no son tema de esta entrevista. Total: me eché al agua. Estaba decidido a ser escritor pasara lo que pasara.

 

Escribiste dos novelas (Persona y Alina Suplicante) de las que prefieres no acordarte, seguramente porque las escribiste siendo muy joven. Aun así, me gustaría saber por qué exactamente quieres que sean olvidadas…

Comencé a escribir Persona con 21 años y la terminé con 23. A esa edad un novelista no sabe nada. Un poeta, puede que sí. Rimbaud, por decir algo, ya lo había escrito todo a los 20. Pero la novela se hace de experiencia y de conocimiento del oficio, y yo algo tenía, pero era demasiado poco. Así que decidí meterlo todo, meter absolutamente todo lo que sabía, de la vida y también del oficio, con el resultado de que el libro, una cosita de 120 páginas, sufre terriblemente. Sin embargo, le tengo cariño. A R.H. Moreno–Durán, un lector exigente que no daba nada gratis, le gustó mucho. Eso lo recuerdo con cariño.

Con Alina suplicante la cosa es distinta. Es una novela fallida, fallida más allá de toda tentativa de corrección, y yo creo que es porque aposté por lo contrario: en lugar de decirlo todo, como en Persona, contar sólo las superficies y jugar el juego de la sugerencia, la lectura entre líneas, la teoría del iceberg. Eso, claro, es muy difícil de hacer bien. Yo quería hacer una novela en que una relación incestuosa entre hermanos fuera, entre muchas otras cosas, metáfora de una clase social que vive aislada, encerrada en sí misma y obsesionada con su propio ombligo (ese elitismo sin redención de nuestra sociedad es una de las razones por las que me fui de Colombia). Y bueno, el pastel se quemó en el horno. Poco antes de publicar la novela yo había comenzado a sentirme insatisfecho con ella. Es una de las sensaciones más desagradables que puede tener un escritor, tanto que llegué a cuestionar muy duramente las decisiones que había tomado con mi vida. Me fui de París, donde vivía una vida de estudiante, y me encerré once meses en casa de unos amigos en Bélgica para decidir cosas. Y decidí. Me fui a Barcelona para empezar de nuevo, entré a trabajar en la revista Lateral y al mismo tiempo comencé a traducir, a hacer informes de lectura para editoriales, etcétera. Y mientras tanto escribí Los amantes de Todos los Santos. (Mis días tenían 28 horas, no me preguntes cómo.) Y la cosa, mal que bien, se enderezó.

 

De Los informantes me llama la atención que la novela se detenga en un momento de la historia de Colombia que prácticamente ni siquiera los libros de Historia abordan. ¿Cómo conseguiste o cómo llegó a ti esa historia de inmigrantes alemanes en Colombia?

La historia salió de una conversación. En 1999 yo conocí a una mujer extraordinaria con una memoria no menos extraordinaria: era alemana, judía, había llegado a Colombia en 1938 y su padre había estado a punto de ser recluido en el campo de concentración para ciudadanos enemigos que el gobierno montó en Fusagasugá. Cuando me contó eso, yo no sabía nada sobre ese momento. De hecho, descubrí que mi ignorancia no era la excepción en Colombia, y éste fue el mayor acicate: la mejor razón para escribir es no saber, ¿no? Me pasé los siguientes tres días haciendo preguntas, y esa es la columna vertebral de Los informantes. Pero me tomó tres años más descubrir cómo contar la novela y dos años más ponerla por escrito.

 

Cuando uno lee la biografía de Conrad que escribiste y cuando lee Historia Secreta de Costaguana, entiende que este autor ejerció una fascinación sobre ti. ¿Qué ha hecho a Conrad un autor tan importante para ti como lector y como escritor?

Las razones por las que un autor se vuelve tan importante para uno son misteriosas y no siempre se pueden analizar, pero lo de Conrad tiene mucho que ver con la sensación de desarraigo que yo siempre he sentido, la sensación de que estoy más cómodo en lugares que no sean los míos. Me siento más cómodo cuando soy extranjero, o “inquilino”, como he dicho en algún artículo. ¿Cómo se puede hacer literatura con una experiencia fragmentaria e incompleta, sin una sensación de pertenencia? Esto me lo enseñó Conrad. También cosas más elementales: ¿para qué se leen novelas, para qué se escriben? ¿Qué hacen las novelas? ¿Qué nos hacen?

 

¿Cuándo lees a Conrad te sientes, como Miguel Altamirano, su alma gemela?

Eso sería una exageración. Más bien siento que su vida incluye varias lecciones para quien quiera aprender, y que además es uno de esos escritores cuyo ejemplo ayuda en momentos de duda o de dificultades.

 

Dijiste que la novela «ilumina lo oscuro» y que «permite hacernos preguntas sofisticadas y entender un poco nuestro tiempo»… Siguiendo esa lógica ¿qué vendrían siendo el cuento y el ensayo?

En otra parte dije que para mí el ensayo es como un relato policial donde lo que se investiga no es un crimen, sino una idea. El cuento… ¿Qué es ese aparato tan raro? Supongamos que sea cierto lo que dice Harold Bloom: que los cuentistas modernos vienen de Kafka o de Chéjov. En la familia de Chéjov, ahí donde están Joyce, Hemingway, Cheever, Alice Munro, el cuento se ha dedicado a rescatar de nuestra experiencia un instante que, sin él, se perdería. Hay cosas que vivimos, emociones que sentimos, revelaciones que sufrimos, que son demasiado pequeñas o concentradas para que una novela se ocupe de ellas, y que se perderían si no las contara el cuento. En ese sentido, le debemos mucho.

 

Hace poco dijiste en una entrevista que «el acto de la escritura es un acto de indagación». En tu caso y después de todo este tiempo escribiendo, de novelas, libros de cuentos y ensayos, ¿sobre qué crees que has estado indagando? ¿Qué te interesa aprender o descubrir en el acto mismo de escribir?

Creo que trato de entender un poco más acerca de nosotros, los seres humanos, y nuestro comportamiento. Eso tiene un lado privado, digamos, y uno público. Entender nuestro pasado colectivo es urgente y necesario e influye mucho más de lo que creemos en nuestra vida presente y privada. Creo también que sigo tratando de entender esto de la literatura. Piglia dice que los escritores escriben para saber qué es la literatura. Yo comienzo a entender a qué se refiere. Llevo 14 años publicando libros y la relación que hay entre los libros y la realidad, entre la imaginación y nuestra experiencia, me sigue pareciendo misteriosa y terriblemente interesante. Yo escribo para descubrir: para descubrir quién soy realmente, para indagar en las zonas de mi conciencia que no puedo confesar, para meterme con mis miedos y con mis deseos y con mis defectos. Pero también para entender más acerca de este mundo que nos tocó y para remediar la sensación de caos que tiene la vida. Para dar orden a la experiencia, mejor dicho.

 

Se ha hablado mucho –y tú mismo lo has admitido– de que El ruido de las cosas al caer es una novela sobre la violencia de Colombia en los años ’80. ¿Crees que de alguna forma la literatura colombiana estará predestinada siempre a hablar sobre la violencia que ha aquejado al país?

Bueno, predestinada no. Seguirá hablando de la violencia mientras la violencia exista. Los momentos de conflicto siempre han generado novelas: las novelas dan forma al caos, permiten entender o por lo menos llegar a buenos términos con la tragedia, la desgracia o la simple ansiedad. Distribuyen el sufrimiento, como me dijo una vez E.L. Doctorow. No hemos terminado de entender nuestra historia de violencia, y mientras eso siga siendo así, seguirán saliendo novelas sobre el tema.