"El escritor es una lámpara para iluminar rincones oscuros"

El Universo, 5 de junio de 2011

Por Patricia Villarruel

Juan Gabriel Vázquez

Juan Gabriel Vásquez, bogotano de 1973, pertenece a una generación que creció al compás de la violencia narcoterrorista. Del impacto emocional de este fenómeno que atenaza a más de una sociedad, trata su última obra, ganadora del XIV Premio Alfaguara de Novela. El ruido de las cosas al caer se refiere a esa sensación de vulnerabilidad que marcó la vida de una población entera.

Es, para el jurado del galardón, “una lectura conmovedora sobre el amor y la superación del miedo”.

En esta entrevista con EL UNIVERSO, el escritor habla de ese texto que hurga en la memoria para examinar cuán anormal era convivir con tanto temor.

¿Cómo definiría El ruido de las cosas al caer?

Es una novela sobre las personas, intimista, de emociones, de vidas privadas, que explora cómo le afectan las circunstancias del mundo que está allí afuera. Para el lector, la novela representa en un primer momento el ruido de un avión que se cae, pero que se convierte en el ruido de una familia que se cae, y en el de un país al borde del abismo que, también, se cae.

 

¿Como el hipopótamo del zoológico de Pablo Escobar Gaviria que cae muerto y que marca el inicio de la novela?

Fue uno de esos momentos muy raros en los que la realidad le echa una mano al novelista desorientado. Llevaba un año escribiendo la historia de Ricardo Laverde, uno de los protagonistas de la historia, había averiguado algunas cosas sobre él, pero no lograba descubrir cosas importantes. Ese hipopótamo muerto que hizo las delicias de los que identifican a Colombia con el realismo mágico representó para mí una especie de metáfora de lo que fue mi vida en los ochenta en Bogotá, una vida asociada al narcotráfico. Sobre estos hechos que nos han marcado como sociedad hay una constancia periodística en la que se incluye una parte historiográfica y estadística, mas no constan las emociones.

 

¿Eran esas emociones las que buscaba explorar?

Me interesaba recrear cómo nació el negocio del narcotráfico, que no fue como esa gran empresa criminal y mafiosa en la que se degeneró con el paso del tiempo, sino que nació como un contrabando más. No hago distinciones, pero sí pongo en un lado una conspiración de criminales y en otro una sociedad permisiva que tardó en reaccionar, que fue perezosa moralmente y que convivió con estos mafiosos nuevos sin rechazarlos.

 

Vivir con el miedo se volvió una costumbre…

Este era uno de los recuerdos más claros que guardaba de la época. Al igual que le ocurre al narrador, este fue un ejercicio de memoria. Lo que más recordaba era las estrategias que adoptábamos para convivir con la amenaza. No solo era el hecho de vivir con miedo, sino hacerlo acostumbrados a la amenaza y a la vulnerabilidad.

 

¿Por eso salió de Colombia?

Fue la razón por la que me fue fácil irme, pero no fue el motivo por el que salí de Colombia. Mi ida fue más por razones literarias. Para ser el tipo de escritor que quería ser tenía que irme y buscar un ambiente donde serlo sea menos raro y más fácil ganarse la vida con los libros.

 

¿Qué lectura hace de lo que sucede en México?

Es una hipertrofia de lo que ocurre con Colombia. Hace algunos años, los menos despiertos comenzamos a hablar sobre cómo lo que vivimos en los ochenta empezaba a ocurrir en México y cómo iba a peor. Hay gente que lo decía hace más de una década y nadie se despertó. Pero identifico una diferencia y es que Pablo Escobar utilizó el asesinato indiscriminado de civiles como medio de presión para lograr la eliminación de leyes como la de extradición. Eso no pasa en México.

 

¿Cómo cambiar esa mentalidad del poco valor por la vida?

Es muy tarde para eso. No hay solución a corto plazo. Hay que legalizar la droga y quitarle a las mafias el poder que tienen gracias a los elevados márgenes de rentabilidad que da el negocio.

 

Parecería que Colombia lleva unos años transmitiendo una imagen de idilio artificial.

No es completamente artificial. Hay una realidad innegable y es que la guerrilla de las FARC está en horas bajas y eso se debe a la dedicación militar del gobierno de Álvaro Uribe. Lo cierto es que los últimos ocho años, uribistas dejaron un país maltrecho donde hubo una regresión en derechos civiles y libertades individuales. Se ha instalado una ética puritana, del todo vale, del fin justifica los medios que provoca escándalos de corrupción que nunca se han visto.

 

Aunque el libro habla de la problemática colombiana, ¿pudieran extrapolarse a otras realidades?

Es un libro sobre Colombia en los años noventa, que habla los ochenta y recuerda los sesenta. Es una novela contemporánea al mundo que vive el terrorismo global y todo eso tuvo una especie de anticipo curioso en Latinoamérica a finales del siglo XX.

 

¿No cree que es peligroso que se haya instalado un género como el de la narconovela?

Estas etiquetas las ponemos por comodidad, son atajos mentales. Estas novelas tienen una propuesta estilística de mucho diálogo, de frases cortas. La narconovela más interesante roza con la novela negra, que hace un fuerte cuestionamiento a la sociedad, a las relaciones de poder.

 

¿Cómo se puede escribir de Colombia viviendo en el exterior?

Tengo una prehistoria literaria de la que no hablo, son dos novelas que publiqué con 23 y 25 años que no he querido reeditar. Mi primer libro maduro es uno de cuentos que viene después de esos y que se titula Los amantes de todos los santos. Ninguno habla de Colombia. Los escribí porque creí que no tenía autoridad moral para escribir sobre Colombia, me había ido y sentía que era un país que no entendía. No conocía mi país y no podía escribir sobre él.

 

¿Qué le hizo cambiar de idea?

Gracias a algunas lecturas y a la distancia geográfica y del tiempo comprendí que no entender algo, en este caso mi país, es exactamente la mejor razón para escribir sobre él. La novela es una máquina de hacer preguntas y escribir es un acto de averiguación. El escritor es una lámpara para iluminar rincones oscuros de nuestra experiencia. Colombia se volvió una obsesión porque está llena de zonas oscuras que nadie ha explicado bien.