"Este país aún tiene rincones muy oscuros"

El Tiempo, Bogotá, 21 de marzo de 2011,

Por Carlos Restrepo

Juan Gabriel Vázquez

Una metáfora sobre los dolores y las cicatrices que dejó en toda una generación colombiana la huella del narcotráfico, es la que trata en El ruido de las cosas al caer el escritor bogotano Juan Gabriel Vásquez (1973), que ganó el Premio Alfaguara de Novela 2011, dotado con una bolsa de 175.000 dólares (cerca de 328 millones de pesos).

El ruido de las cosas al caer inicia con la imagen de la fuga y caza de uno de los hipopótamos del zoológico que tenía el extinto narcotraficante Pablo Escobar en su famosa hacienda Nápoles. A partir de ahí, comienza un viaje por la memoria del protagonista, Antonio Yammara, que a través de la vida de su amigo Ricardo Laverde intenta comprender la generación de sus padres.

Anoche, cuando el reloj marcaba las 12 en Barcelona -mientras celebraba con unos amigos en el restaurante Cal Xim-, Vásquez comenzó esta entrevista con El Tiempo.

 

¿Cómo recibe este premio?

Con mucha satisfacción. Me parece que para alguien que, como yo, tiene una idea tan fija de su literatura, esta es la única manera, más o menos accesible, de llegar a más lectores.

 

¿Cuál es la génesis de la novela?

Tiene dos orígenes. Uno es una escena que presencié cuando estaba estudiando derecho en la Universidad del Rosario, de Bogotá. Acostumbraba ir mucho a la Casa de Poesía Silva a oír poesía. Y uno de esos días, una persona que estaba frente a mí empezó a llorar de una manera que nunca había visto. Durante muchos años, me quedó la espina atravesada de qué era lo que oía esta persona, pues estaba convencido de que no se trataba de un poema. Entonces, una de las líneas de investigación de mi novela es qué estaba oyendo esa persona, que termina siendo la caja negra del vuelo en el que ha muerto alguien.

 

¿Y el segundo origen?

Es la cacería de los hipopótamos de Pablo Escobar, en junio del 2009. Cuando la noticia salió, sentí algo muy raro e impredecible por lo inexplicable. Sentí que, solo en ese momento, yo acababa de cerrar una época de mi vida en Colombia: los 80. Con esa imagen del hipopótamo muerto me volvió el miedo que uno sentía, la época de las bombas y esa sensación de vivir y acostumbrarse al miedo, a los toques de queda, a la bomba en el avión de Avianca. Entonces, experimenté algo muy raro: que algo olvidado se hubiera quedado vivo conmigo, sin que yo lo supiera muy bien. Creo que ahí supe que la novela tenía que ser el examen de lo que fue para nosotros, los nacidos a principios de los 70, vivir en esa época y qué consecuencias tuvo ser la generación que creció al mismo tiempo con el negocio de la droga.

 

¿Por qué regresar al narcotráfico?

Esa es una pregunta muy difícil porque yo nunca consideré que en abstracto el tema fuera interesante o provechoso o que tuviera yo la obligación de tocarlo. Me enfrenté a unos recuerdos y a unas emociones, que me parecían muy complejas y que tenía que explorar en una novela. Todas estaban relacionadas con el miedo y con cómo este contamina nuestras vidas. Esto me llevó a saltar al final de los años 60, cuando comenzaron a salir los primeros aviones con droga hacia Estados Unidos y examinar ese momento.

 

¿Cómo definiría su novela?

Pertenece a la familia de Los informantes. Es una novela muy intimista, reflexiva, que no hace parte de las ‘narconovelas’, donde hay cosas que me gustan y que respeto mucho. Mi novela va por otra parte. Creo que, incluso, el tema no viene siendo el narcotráfico como asunto social, sino el efecto que tiene en nuestras vidas íntimas el haber vivido con miedo. Me gustaría resaltar que en esta novela no hay ni una pistola ni una raya de coca. Es una novela que analiza las consecuencias emocionales -casi me atrevo a decir espirituales, una palabra que no he pronunciado mucho en la vida- de haber atravesado por esa época.

 

¿De dónde viene el seudónimo con el que participó en el premio?

El falso nombre de la novela (Todos los pilotos muertos) es un cuento de William Faulkner, cuyo título siempre me ha encantado y me ha dado una envidia horrible porque me gustaría que se me hubiera ocurrido a mí, en particular para esta novela, que está llena de pilotos muertos. Y ya puesto a plagiar a Faulkner, lo que tenía que hacer era que el seudónimo fuera un anagrama de su apellido: así nació Raúl K. Fen.

 

Y el título real del libro ¿a qué hace alusión?

El título, al igual que en Los informantes, plantea una cosa bastante literal: el ruido de las cosas al caer es el ruido de la grabación de la caja negra que escucha el personaje. Pero, muy pronto, el título empieza a aceptar otros significados. Y lo que se cae, ya no es literalmente un avión, sino la vida de una persona, de una familia y, en últimas, la caída de un país. Quería explorar el momento en que para mí se cayó Colombia en el abismo del miedo.

 

¿Es también el reflejo de una generación perdida?

Creo que la generación perdida es esa primera generación que empezó a comerciar con droga sin tener mucha conciencia de lo que hacía, y ahí no voy a hacer juicios de valor sobre lo que viene después, porque la gracia de la novela es que presenta ese momento del nacimiento del comercio de la droga sin hacer ningún tipo de crítica moral. En esa generación hay mucha gente que se perdió, y que viene a ser un poco la de los padres del protagonista.

 

¿Qué papel ha jugado el escribir desde el exterior?

He dicho, más de una vez, que no creo que hubiera escrito sobre el país si me hubiera quedado. Mi primer libro más o menos maduro, que es Los amantes de todos los santos, sucede en Bélgica y en Francia, porque sentí que no tenía la autorización para escribir sobre Colombia, pues no entendía al país. Y luego, en algún momento, y estoy seguro de que fue gracias a la distancia y al paso del tiempo, me di cuenta de que precisamente no entender era la mejor justificación y la mejor razón para escribir sobre eso, porque lo que me interesa es la novela de averiguación, de investigación, que se hace preguntas.

 

¿Qué lo obsesiona del país como novelista?

Que sigo sin entender muy bien a Colombia, que aún tiene una cantidad de rincones oscuros; tengo esta idea, un poco terca, de que la novela es el mejor instrumento que hemos inventado para comprendernos como especie.

 

Al llegar a este punto de su trayectoria, ¿qué lectura hace del camino andado?

Me doy cuenta de que tengo pocas obsesiones. La principal es ese cruce de caminos entre los grandes movimientos sociales, los grandes hechos de nuestra historia reciente y la vida privada de los individuos.

Y me voy dando cuenta, poco a poco, de que trabajo con dos máscaras: por un lado, las novelas como esta y Los informantes, que son muy intimistas, psicológicas y más graves de tono; y por otro, novelas como Historia secreta de Costaguana y la siguiente, que estoy comenzando a planear, que son novelas con un escenario más grande, en un tono más libre. Estoy comenzando a entender que trabajo en esas dos modalidades y que soy un autor esquizofrénico.

 

Una vida dedicada a la escritura

Este nuevo escalón en la carrera de Juan Gabriel Vásquez es el reconocimiento a un trabajo literario coherente y disciplinado que, desde muy joven, inició el autor. Comenzó con el libro de relatos Los amantes de todos los santos (2001) y continuó con las novelas Los informantes e Historia secreta de Costaguana, finalistas al Premio Independent Foreign Fiction y muy aplaudidas por la crítica. Vásquez también ha sido traductor al español de John Hersey, John Dos Passos, Victor Hugo y E. M. Forster, entre otros. Sus libros están traducidos a 14 lenguas. Ha ganado el Premio de Periodismo Simón Bolívar y ha sido columnista de varios medios.